VISITA A DOMICILIO (Ana María Abad)
El médico me ha diagnosticado dislexia. Dice que por eso confundo la izquierda con la derecha, hago cócteles extraños con las palabras, y se me escurre el tiempo entre los dedos. Sin embargo, no encuentra explicación para las violentas palpitaciones que me acometen en cuanto traspongo el umbral de su consulta, ni para los sudores fríos, los temblores de manos, la respiración agitada o los balbuceos incoherentes.
Está empeñado en derivarme al cadiólogo pero yo me niego: sé de sobra que no es un marcapasos lo que mi corazón necesita y, mientras observo arrobada cómo sus dedos largos y elegantes garabatean el nombre de un calmante cualquiera en una receta, me pregunto si rogarle que me ausculte más a fondo o si es mejor que le invite a tomar una copa fuera de la clínica. Cuando alza los ojos y veo que naufragan en los míos, las dudas salen volando por la ventana y empiezo a desabrocharme la blusa.


Con ese «naufragio en los ojos» tan hermoso todas las incertidumbres se disipan, hasta la frontera entre lo profesional y lo personal. Además, lo que pasa en casa, se queda en casa.
Un abrazo y suerte, Ana María