47. CUENTO DE INVIERNO (Rafa Olivares)
Por aquel entonces aún no existían las ecografías. Tampoco las casas de apuestas, lo que no era óbice para que en Stratford, una aldea al noroeste de Londres, sus habitantes se jugaran el dinero prediciendo el sexo del futuro bebé de cualquier moza con vientre prominente.
A falta de métodos más científicos, había quien se guiaba para su envite por la forma de la barriga: niño si baja y puntiaguda, niña si alta y redondeada. O bien por el tipo de antojos de la gestante: hembra si le apetecía mucho el dulce, varón si prefería las viandas saladas.
También hubo alegres comadres foráneas que apostaron sus peniques preguntando por las náuseas matutinas: muchacha si intensas, muchacho si leves. Y no faltó mercader veneciano que confió más en los movimientos de un péndulo sobre la panza: manzana si circular, plátano si lineal.
En el caso que nos ocupa, las apuestas estaban muy divididas; tanto, que sus importes subían conforme se aproximaba la fecha del parto hasta alcanzar cifras nunca antes conocidas.
Aún hoy, más de cuatrocientos años después, se comenta entre risas aquello que se convirtió en una comedia de errores.
Fueron bautizados en febrero como Judith y Hamnet.


Además de diversión con la lectura y sorpresa con el estupendo final, me tocó estudiar. Qué interesante esta nueva historia de los hijos mellizos del gran dramaturgo (y dramático) inglés. El que sabe sabe…