56. El nido del cuco
No reconoció a aquellos que le comentaron que su devoción a una tal Virgen del Carmen le había salvado la vida. Le aseguraron que ella misma completaría el milagro devolviéndole la memoria perdida tras ese más que incierto accidente.
Por si le ayudaba, le hicieron saber que su vida eran sus deberes parroquiales y su extraordinaria afición ornitológica.
Ahora, en su anodina cotidianidad, lo único que hace es bajar al parque cuando bulle la chiquillería. De tan habitual, y sabiendo quién es, muchos padres le encomiendan la vigilancia de los pequeños.
Impulsivamente se levanta del banco y habla con una criatura que se aferra a su mano para emprender camino. Nadie se extraña.
Durante el trayecto, por primera vez, reconoce un ave. Es un mirlo, pero algo le dice que debería saber si es macho o hembra.
Un tirón en el brazo le saca de su largo ensimismamiento. Ahí está la niña mirándole a los ojos. No recuerda dónde iban y la devuelve a los columpios.
Mientras observa fijamente sus faldillas al vuelo, le parece escuchar un carbonero garrapinos y un herrerillo capuchino, pero no está seguro de querer que sea cierto.


No sé qué pensar. Mejor dicho, no quiero pensar porque lo que se me ocurre me produce, más que incertidumbre, desasosiego. Y ese título… ayuda bastante a pensar mal.
Hola, Edita
No sabía si dar más pistas y menos elipsis. Ya veo que no hacia falta
Gracias y abrazos.
Este cura amnésico parece estar recuperando recuerdos de sus dos grandes aficiones. Podría ser que la segunda (siendo la ornitología la primera) consistiera en aprovechar la fe ciega de sus feligreses para asaltar confiadamente sus nidos. Puedo imaginarlo, un tiempo antes, trepando a lo alto del campanario para observar un nido de lechuzas, mientras una mano justiciera lo empujaba al vacío. Por ejemplo.
Me ha gustado mucho. Enhorabuena y suerte con él, Javier.
Un abrazo.
Hola, Enrique
Me ha encantado tu comentario con relato propio incluido. Me sacaste una sonrisa.
Abrazotes.