FORMAS DE MATAR AL AMOR
Me asombra cada día que me preguntas cómo estoy, yo, ser minúsculo e inmerecido. Adoro tu mirada, expectante. Y, entonces, exagero. Mucho. Compongo mis respuestas buscando tu atención. Hasta límites que no sospechas. Te manipulo y ni te das cuenta.
Es emocionante cuando vuelves: pareces preocupado, inquieto, conmovido, aunque lo niegues sé que es así. Estoy segura de que me amas, aunque no uses las expresiones concretas, las correctas. Aunque parezca que me odies.
Hoy tampoco has vuelto, hace días que te espero. Anhelo volver a asombrarme, a tenerte ahí, en ese filo al que necesito que te asomes, conmigo. Mi abismo, mi adicción, mi perdición.
Quizás ya no me has creído, quizás ha sido demasiada la bajeza hasta para ser yo, ese yo que evita los espejos, que se embadurna de desesperación y complejos, que se araña y se daña, que grita y llora, y lo hace tan bien que igual ya no lo soportas.
Y aquí estoy, esperando… Si acaso un mensaje o una llamada o tu mirada. Algo que evite que sepas que soy capaz de sonreír. Y de matarme, todo a la vez. En cualquier momento. Quizás, incluso, en este mismo instante.

