Adopción
En la protectora, nada más verlo, supo que sería el suyo. Le miraba con ojillos vivarachos y, al acercarse, le regaló tres lametones, como si lo hubiese reconocido.
Una vez en casa, le impuso algunas normas. Duraron poco. Los llantos atravesaban las paredes y despertaban a los vecinos, así que terminó instalándolo junto a su cama.
Rompió el sofá, devoró las zapatillas y convirtió las cortinas en jirones. El coche empezó a oler a él. También los jerséis. Pronto tuvo que adaptar su vida a la del perro. Madrugaba para sacarlo a pasear, buscaba hoteles que lo aceptasen, terrazas en las que pudiese tumbarse a sus pies y playas donde correr libremente. Se inquietaba si no comía o si no salía a recibirlo. Y si llevaba mucho tiempo solo, siempre regresaba a casa antes de lo previsto.
Una tarde se le escapó en el parque. Lo buscó durante horas, llamándolo hasta quedarse afónico. Al anochecer, apareció un hombre con el perro.
-¿Es suyo?
Tardó un rato en contestar. Luego le ajustó la correa y volvieron a casa juntos, sin saber si era él quien había adoptado al perro o el perro quien había terminado adoptándolo a él.

