56. Adopción
En la protectora, nada más verlo, supo que sería el suyo. Le miraba con ojillos vivarachos y, al acercarse, le regaló tres lametones, como si lo hubiese reconocido.
Una vez en casa, le impuso algunas normas. Duraron poco. Los llantos atravesaban las paredes y despertaban a los vecinos, así que terminó instalándolo junto a su cama.
Rompió el sofá, devoró las zapatillas y convirtió las cortinas en jirones. El coche empezó a oler a él. También los jerséis. Pronto tuvo que adaptar su vida a la del perro. Madrugaba para sacarlo a pasear, buscaba hoteles que lo aceptasen, terrazas en las que pudiese tumbarse a sus pies y playas donde correr libremente. Se inquietaba si no comía o si no salía a recibirlo. Y si llevaba mucho tiempo solo, siempre regresaba a casa antes de lo previsto.
Una tarde se le escapó en el parque. Lo buscó durante horas, llamándolo hasta quedarse afónico. Al anochecer, apareció un hombre con el perro.
-¿Es suyo?
Tardó un rato en contestar. Luego le ajustó la correa y volvieron a casa juntos, sin saber si era él quien había adoptado al perro o el perro quien había terminado adoptándolo a él.


Muy simpático tu micro, querido Ernesto y, muchas veces, también bastante habitual. Ciertos perros y ciertos dueños parecen intercambiar sus roles en no pocas convivencias, y no parece ser una buena idea, a la larga, para ninguno de los dos. Suerte y un abrazo, guapo.
Ja ja ja. Tal cual lo cuentas. Cuántas veces he pensado yo eso, pero no he sabido plasmarlo tan bien.
Ernesto, no tengo perro pero me consta que es así, y también con los gatos, aunque éstos más que adoptarte te convierten en su siervo.
Por no hablar de sacar a pasear a un perraco de 50 kilos, que nunca sabes quién pasea a quién. Una ONG para ayudar a esa gente flaquita con perros grandes, porfa.
Un abrazo y suerte.
Hay decisiones que cambian una vida, o dos. Mascotas y dueños, en cuanto a pertenencia, es cierto que a menudo se confunden.
Original y como la vida misma.
Siempre encantado de leerte.
Un abrazo y suerte, Ernesto.
Casi todos hemos pasado o pasamos por esa experiencia iniciática.
Es una convivencia y hay que adaptarse, pero no se nos puede ir la olla!
Te explicas muy bien.
Te ha faltado decir: ¿quién cambia su rostro para parecerse al otro, el perro o el dueño? Porque yo tengo un par de perrillas y cada vez me parezco más a ellas 🤦
Me alegra leerte, Ernesto.
Un abrazo grande
Ser adoptado por un perro es una de las mejores cosas que te pueden ocurrir en la vida. Llegan, ponen la casa patas arriba, se apropian del sofá, de nuestros horarios y de nuestros planes… y, sin darnos cuenta, también de un pedacito enorme del corazón. Gracias Ernesto por ponerlo por escrito de una forma tan tierna.
No tengo perro ni lo he tenido nunca pero reconozco la compañía y la simbiosis que se establece entre las personas que tienen uno y me consta que son un miembro más de la familia. He sido testigo de la tristeza que han sentido personas cercanas cuando los han perdido.
Tu relato lo describe muy bien.
Un abrazo.
Simpático y encantador este cuento del hombre adoptado. El amor es así de caprichoso. Enhorabuena, Ernesto.