30. Antropía
Cansado de cabalgar la noche de garito en garito, destrozando mi vida entre copas y peleas, decidí dar el paso de la rectitud y la introspección ingresando en una orden monacal de lo más reputada.
Allí el caos me atacó de nuevo, descubriendo que la mayor parte de los hermanos dudaban de la existencia de un dios vigilante y organizador. Solo estaban metidos en aquello como modus vivendi, esquivando cuando podían las estrictas normas de la orden.
Comprendí así que el propio desorden es el motor de todo lo humano, agradecí la acogida de los monjes y me despedí de ellos para montar un puticlub en Barcelona y dedicarme al menudeo de drogas.
Desde entonces, mi vida va como la seda. Voy y vengo sin plan, tomo decisiones según el humor con el que me levante y meto mierda en todas las relaciones que puedo.
Gracias a esto recibo grandes halagos y soy fruto de admiración y respeto, lo cual me anima cada vez más a meterme en política.


Tu protagonista, por experiencia propia, ha llegado a la conclusión de que vive mejor en desorden. Quizá no reconoce que incluso en su vida más o menos improvisada, así como en su decisión, hay algo parecido a poner algún tipo de orden y no otro. La falta de escrúpulos le hace candidato para esa actividad pública que le tienta.
Saludos y suerte, Óscar
¡Gracias!
El relato, perfectamente armado, es una apología del descontrol, un claudicar ante el desorden mundial inevitable. Y por si esto fuera poco, llega el final: sangrante. Porque es la parte menos ficticia.
Siempre amable en tus comentarios. Gracias 😉
No por Dios! Otro más no lo aguanta el país!
Aunque algunos políticos o no, d se le pudieran parecer. Este pícaro moderno siempre triunfa.
Vaya salto, de la noche a la orden monacal y de ahí a la trata y el tráfico de estupefacientes. Lo de la política le va como anillo al dedo, sin duda es su destino.
Un abrazo y suerte.
Un muy buen relato (nada desordenado). Si no puedes vencer al desorden, únete a él. Me maravillan los pasos del protagonista. Suerte y abrazo, Óscar.
Maravilloso, Óscar. Qué vida más caótica y desordenada, qué volantazos, qué locura destila tu personaje… lo veo de presidente, incluso del país de las barras y estrellas. Mejorando lo presente, claro está. Un abrazo