67. Comodín infalible (Rosy Val)
Yo no creo tener culpa alguna, al menos no la siento como tal. Que yo recuerde, claro, porque a mis años…
Ya me lo decía mi pobre marido: «Me tienes muy preocupado, estás empezando a chochear». Lo decía, sobre todo, cuando le preguntaba acerca de mis gustos: mis bombones favoritos, mi fragancia preferida, mi música, los poetas que me inspiraban. También, cada vez que me quejaba de que no notara mis cambios de peinado, si lloraba, si perdía kilos. Cuando no tenía ganas.
Pero mi Rogelio estaba en lo cierto. Ya no pensaba con claridad y empecé a desorientarme. A olvidarme del sitio donde él dejaba sus gafas, el Marca, su móvil, las llaves de casa, de su coche. De mantener fresquitas sus cervezas. Me liaba con el color de sus calcetines, con el horario de sus comidas. Llegué a sazonarle varias veces la sopa, a echarle azúcar en el café. Y por primera vez me aturullé con sus pastillas. Aquellas chiquititas azules y ovaladas para la diabetes, con las verdes redonditas, las de la hipertensión. Y esas blancas triangulares para el reúma, con las ocres aplanadas y ranuradas, para las arritmias del corazón.

