Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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CONCURSO «10 AÑOS ENTC»

Con motivo de celebrar 10 años de ENTC,

queremos hacerlo con una convocatoria de eso que nos da sentido cada día:

invitaros a la lectura y la escritura en el género más pequeñito.

 

Hemos estado generando y guardando en el blog más de 1000 relatos cada año y vamos a utilizar a los que consiguieron ser “GANADORES ANUALES ENTC” para, a través de ellos, hacer un homenaje a estas 13000 historias atesoradas, a estos 10 años de competir y compartir al mismo tiempo.

Además, haciendo un guiño a aquella prime convocatoria de 2012 dedicada a «El Bosque» usaremos seudónimo. Nos gustaría reunir en esta convocatoria a los autores habituales en la actualidad y además, recuperar a alguno de los que no leemos desde hace tiempo, para que la fiesta sea lo más grande posible. Vamos a intentarlo.

 

LOS RELATOS

Usaremos los 21 vídeos de los GANADORES ANUALES ENTC para invitaros  a participar hasta en 21 ocasiones, desde el inicio del concurso hasta su finalización a mediados de febrero.

Cada una de las 21 entradas publicadas en +ENTC tendrán un enlace a un formulario mediante el que nos haréis llegar el relato con un seudónimo. Solamente los textos recibidos por este medio serán válidos para el concurso.

Los relatos tendrán una extensión máxima de 15O palabras y tendrán que ajustarse a las condiciones que se establecerán en cada caso.

Cada participante podrá presentar un relato por cada una de las entradas, sin ser obligatorio hacerlo en todas.

 

PARTICIPANTES

Será un concurso exclusivo para todos los autores y autoras que han participado alguna vez en el concurso y para aquellos que aunque no lo han hecho, tengan un usuario disponible en ENTC.

Cada participante lo hará, como homenaje a nuestra primera convocatoria, bajo un seudónimo. Tras el fallo del concurso se publicará la lista de todos los participantes con sus respectivos seudónimos.

Los autores de los cuentos GANADORES ANUALES ENTC podrán participar en todas las otras propuestas que no sean de sus propios relatos.

 

EL PREMIO

El premio para los dos relatos ganadores consistirá en un trofeo diseñado por nuestro enteciano Juan Fuente Tejeluz y la edición en formato video del relato a lo largo de 2022.

 

EL PROGRAMA DE PARTICIPACIÓN

28 de noviembre

Se publicarán 21 entradas en + ENTC. Cada una de ellas estará dedicada a uno de los relatos ganadores del concurso ENTC en estos 10 años de concurso. Allí se explicarán las condiciones para participar en el concurso, que básicamente, consistirá en usar los relatos ganadores como inspiración para una propuesta nueva… y alguna cosilla más.

El plazo de de presentación finalizará el domingo 23 de enero de 2022

 

Entre el 23 y el 30 de enero

Cada uno de los autores de los relatos GANADORES ANUALES ENTC elegirá un relato de los inspirados por su video. Si los GANADORES ENTC renunciaran a este proceso, la organización asumirá la responsabilidad de esa selección.

 

Del 5 al 20 de febrero

Se presentarán los relatos elegidos en cada una de las 21 propuestas, seleccionados por los GANADORES ENTC o la organización.

Tendrán lugar tres votaciones:

  • votación entre los GANADORES ANUALES ENTC.
  • votación de un jurado específico para el concurso.
  • votación del Jurado Popular.

Del resultado de cada uno de ellos se valorarán los 5 mejores resultados, valorados de 1 a 5 puntos según el orden que ocupen: desde 5 puntos al primero a 1 punto al 5º.

Se considerarán ganadores del concurso a los dos relatos que obtengan una mejor puntuación de la suma de estos tres jurados.

En casos de empate prevalecerá la votación del Jurado Popular.

 

5 de marzo. 11 ENTCUENTRO EN ARZÚA

El fallo del concurso se hará público en la entrega de los Premios de ENTC 2021 que tendrá lugar en Arzúa el 5 de marzo de 2022. En caso de la no asistencia de los ganadores se abrirá la plica para conocer el nombre de los autores.

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Si todos lo tenemos claro podemos comenzar la celebración de estos 10 años.

Aquí tenéis 21 puertas para entrar a la fiesta:

 

 

18 Respuestas

  1. CALAMANDA NEVADO CERRO

    Jams puedes publicar los 21 relatos para leerlos. El sonido del video no me va bien.
    Si no puede ser, dime dónde los encuentro.
    Graciasss y abrazosss.

    1. JAMS

      Aquí los tienes Cala!!! Creo que están todos…

      LA ANJANA, de Paloma Casado

      El abuelo Juan nos contaba muchas historias, pero nuestra favorita era, sin duda, la historia de la Anjana.
      «Un día, cuando era joven, el abuelo se perdió en el bosque. Anduvo varias horas sin encontrar el camino de regreso y decidió sentarse a descansar a la orilla de un riachuelo. Estaba inclinado tratando de beber, cuando vio, reflejado en las aguas, un rostro de mujer. Rápidamente giró la cabeza para encontrar a una joven bellísima con el cabello del color de las hojas en otoño y los ojos verdes como el bosque en primavera.
      -¿Quién eres?-preguntó
      -Soy una anjana del bosque y voy a conducirte a tu hogar-contestó, y su voz recordaba el susurro del viento.
      El abuelo tomó la mano que la anjana le tendía y caminó a su lado hasta que divisaron las luces del pueblo. Tras recorrer el camino, los dos supieron que no podrían separarse sin ser desdichados para siempre.
      Sin embargo, las anjanas deben pagar un caro tributo por abandonar el bosque: perder la inmortalidad y dejar allí su voz.”
      En ese momento del relato, todos mirábamos a la abuela, que sonreía muda, contemplándonos con sus ojos verdes como el bosque en primavera.

      EL BOSQUE SOBRE LAS OLAS, de Nacho Rubio

      Una vez, el rey de Suecia mandó construir una armada para dominar el Báltico. Cien escuadrones partieron a talar los bosques cercanos a Estocolmo. Las hachas asolaron la región. Como guerreros exangües caían los árboles, uno tras otro, profiriendo alaridos milenarios.
      – ¡Nos vengaremos!– gritaban al desplomarse.
      Allí mismo los serruchos desgajaban los troncos. Inmensos tablones viajaban hasta los astilleros en carretas de bueyes.
      Al retirarse los hielos, zarparon a la guerra. A la semana el vigía observó unas yemas que despuntaban del mástil, unos brotes en la proa. Poco después empezó a menguar el ritmo, los navíos no avanzaban. En vano exhortaba el contramaestre a sus remeros que bogasen más rápido. Estaban en alta mar, encallados sin remedio.
      Días después las naves se llenaron de ramas. Al poco los barcos se elevaron y quedaron suspendidos en el aire, cada vez más alto. La madera crujía bajo los pies. Las quillas estallaron en pedazos. Perforando lo que se interpusiera en su camino, se abrían paso los troncos. Finalmente, libres de sus carcasas, los renacidos árboles se agitaron, arrojando a los soldados al vacío, y despegaron sus raíces partiendo de vuelta a casa, dando grandes zancadas sobre las olas.

      LA PRUEBA DEL ARQUERO, de Ana Fúster
      La ondulante arena de la Media Luna Vacía trababa los pies de los jóvenes aspirantes, que sentían cómo la inquietud transformaba sus manos en agua: aquella noche iban a ser sometidos a la prueba de agudeza visual que determinaría su ingreso en el real cuerpo de arqueros.
      Pronto el capitán detuvo la marcha y ordenó que formasen. Después fue aproximándose a los jóvenes de uno en uno y susurrándoles algo al oído. Shafik veía cómo sus compañeros miraban al cielo y murmuraban una palabra. Cuando llegó su turno, el capitán le pidió que fijase la vista en un punto de la constelación del Féretro, aquella que otros pueblos llaman el Carro, y le dijese cuántas estrellas veía. “Tres”, respondió sin dudarlo.
      Shafik jamás fue admitido en los arqueros reales, y hasta la misma noche de su muerte Mizar y Alcor, las dos estrellas que le habían arrebatado su destino de gloria, parecían mofarse de él desde su dualidad incontestable.
      Cuando cientos de años más tarde el astrónomo Liebknecht descubrió una estrella que llamó Sidus Ludoviciana entre Mizar y Alcor, los huesos pulverizados de Shafik danzaron con el viento sobre las dunas de su tumba de arena.

      SOPAS DE PAN, de Mercedes Jiménez
      El pez se revuelve en la barca buscando un resquicio de vida. Vasili Vasilievich se inclina sobre él con gesto pensativo.
      Está cayendo la noche y el lago parece una escama morada. Después de días sin pesca, hoy, por fin, Vasili ha conseguido hacerse con un ejemplar que hará las delicias de su mujer.
      Pero la memoria del anciano, siempre caprichosa, retrocede a su antojo a otro tiempo, a otro lugar, a otra agonía.
      De pronto, se ve llegando a la cabaña de su infancia, allá en los Urales. Lleva horas caminando sobre la nieve con la medicina para su hermana en el bolsillo y al entrar en la habitación observa impotente cómo la pequeña Sasha abre sus grandes ojos para no abrirlos más.
      Y ahora estos mismos ojos que se agarran a los suyos, estas mismas ganas de seguir respirando…
      Vasili se agacha con un gruñido, libera al pez y lo deposita suavemente sobre el agua.
      Mientras rema hacia la orilla piensa en lo que le dirá su esposa cuando lo vea:
      “¿Otra vez nada? ¡Qué se le va a hacer! Te estás haciendo viejo, Vasili Vasilievich. Anda, entra, volveremos a comer sopas de pan”.

      PALABRA DE HONOR, de Mónica Sempere
      Se atusó los restos del bigote, ajustó su eterna pajarita y disimuló la camisa mal zurcida bajo la vieja chaqueta de lana con dignidad. Enredado en sus propios pasos llegó tarde al taller de manualidades. Discutió con dos compañeros por los últimos trozos de cartulina plateada. Le llevó horas recortar tres estrellas con las tijeras escolares que temblaban sin remedio entre sus dedos arrugados. Perdió su orgullo y su estilográfica suplicando al celador una última visita. En la capilla del asilo se consumían las velas mientras prendía las estrellas en el pelo de su amada. Era un hombre de palabra. Se conocieron hacía un mes, en la cola de las pastillas azules. Justo ayer, le había prometido un paseo bajo las estrellas.

      LA VEJEZ ES UNA ISLA RODEADA DE MUERTE, de Modes Lobato
      Ayer murió mi abuelo.
      Hoy, la yaya, desde su silla de ruedas, me pide que le alcance el matarratas.
      Pero está en una repisa, y no llego.
      Y lloramos los dos.

      DESPEDIDA, de Asun Garate
      Cuando entraron en la cocina lo hallaron balanceándose de la viga. A la luz de los relámpagos sus ojos tan abiertos brillaban desesperados, como si aún no hubiesen alcanzado la calma, y bajo el bigote gris asomaba la lengua derrotada.
      La mujer y el muchacho permanecieron quietos, sin darse siquiera la mano, escuchando entre trueno y trueno cómo el crujir de la madera iba acallándose hasta que el cuerpo detuvo su desconsolado vaivén.
      Entonces ella se acercó, le quitó los zapatos y se los tendió al hijo: «Póntelos. Ahora eres tú el hombre de la casa». Él obedeció, sintiendo un escalofrío al meter los pies en los zapatos calientes.

      La madre cogió del aparador dos platos, dos cucharas, dos vasos. Sin un gesto de cansancio ni un suspiro. «Lo descolgaremos mañana temprano. Luego yo iré a avisar al cura y tú, a la escuela, a despedirte del maestro y los compañeros».
      Cenaron envueltos en ese silencio oscuro que dejan las tormentas tras de sí. Aunque el chico apenas probó bocado. No porque le asustara la sombra descalza de la muerte bailando sobre la sopa, sino porque le dolía ya la nostalgia por Anita, sus coletas rubias y sus tímidos besos.

      FIN DE LA PROPIEDAD CONMUTATIVA, de Ana Fúster
      Era la fiesta de la espuma en la discoteca del puerto. Me tomé siete tequilas. Perdí una sandalia. Encontré un mocasín. Perdí la cabeza. Encontré un hombre. Quizá no en ese orden, pero no altera el producto. Cuando acabó la fiesta me fui a casa. Con un pie en un mocasín (ajeno) y el otro en una sandalia (mía). Con una mano (ajena) en la cintura (mía). Con una lengua (que no parecía mía) en la boca de un hombre (entonces ajeno).
      Al día siguiente volví a la discoteca. Encontré la sandalia. Dejé el mocasín. No encontré la cabeza. No dejé al hombre. Hasta dos años después. Tras mil novecientas trece copas, ochocientas mentiras, cuatro pares de cuernos y veinticinco decepciones. Quizá no en ese orden, pero no altera el producto.
      Ahora la discoteca es un salón recreativo. Hoy lo he recorrido entero. Me han preguntado si quería cambio. He dicho que ya tenía. Al salir me he sentado en un noray. El viento partía las olas contra el cantil. La espuma me ha salpicado la cabeza recién recuperada aún en equilibrio sobre los hombros. Voy a dejar de beber. Voy a estabilizarla. Voy a ser yo. En ese orden.

      MUTANTES, de Paloma Casado
      Gabrielito nació el año siguiente de que comenzaran las lluvias. Las llamamos así, “las lluvias” como si tuvieran algo que ver con ese regalo líquido que recibíamos oportunamente del cielo. Comenzaron, y apenas han dejado de golpear la tierra y gorgotear contra el empedrado. Mirábamos hacia arriba esperando una tregua, hasta que nos resignamos a no ver más allá de nosotros mismos. Todo es gris, y solo el resplandor de algún rayo nos devuelve por unos instantes, los colores casi olvidados del mundo.
      Los campos se han convertido en lagos improductivos y las calles han sido tomadas por diferentes anfibios. Nuestra civilización se resquebraja.
      A Gabrielito lo queremos a pesar de su piel lampiña y fría, quizá por ser el único niño nacido en el pueblo desde los aguaceros. Solo él disfruta fuera empapándose y boqueando hacia el cielo como si no quisiera perderse ni una de las gotas que caen.
      Han comenzado a llegar, desde otros pueblos, niños similares a él. Juegan juntos en el fango y devoran los insectos, renacuajos y pececillos que encuentran. Los contemplamos hambrientos desde las ventanas, ahora que se han acabado nuestras provisiones.

      LA MUERTE ES UN PERRO FLACO, de Mar Horno
      La muerte es un perro flaco que deambula por los caminos. Hace unas semanas llegó al vertedero. Desde entonces se rasca las pulgas y observa a la fauna del lugar con ojos cansados. Sobre todo al hombre que siempre tararea canciones de Frank Sinatra mientras toma el sol en el tejado de su chabola. Es el psicópata que mata mujeres sólo los martes de luna llena. Ayer le regaló una muñeca casi nueva a la niña que recoge las latas en la zona norte del basurero. Esa que a veces acompaña al viejo tuerto a ejercer de limosnero. La que estuvo a punto de morir el año pasado cuando le mordió una rata. La que mejor se hubiera muerto porque detrás de una niña siempre va una mujer, y detrás de un lunes nunca va un miércoles. Al perro flaco le gusta lamer las manos de la niña pero no puede evitar gruñir cuando oye «My way» a lo lejos. Y, aunque él nunca tuvo ningún reparo para cumplir con su trabajo, piensa que hay maneras y maneras.

      INERCIAS, de Antonio Javier Álvarez
      Mientras pasa la fregona, Soledad, la limpiadora, pinta de forma caprichosa siluetas en el suelo que, entre hilos, se desvanecen para siempre. Ensimismada en el quehacer mecánico, da vueltas en su cabeza a preguntas sobre si llegará a fin de mes, si podrá comprar a sus niños los libros de la escuela, o si podrá retomar – ya tarde- aquellos estudios que abandonó a los diecisiete. Se ha dejado llevar por una sutil ley de la inercia, la misma que empuja, a miles de kilómetros, la nave “Kubrik III” de la Agencia Espacial, cruzando el cielo y pilotada por la experimentada astronauta Ludmila Tokov, quien se interroga si llegará a enlazar con la órbita adecuada, antes de la entrada en la atmósfera. Tras varias tentativas fallidas planeadas desde la base, indaga entre las lógicas del azar si volverá de nuevo a ver a su familia, a sentir la gravedad del suelo, a recobrar la brisa húmeda del agua, o a sorprenderse por las estelas tenues de otras naves, de otros destinos.
      Un minúsculo punto de espuma gravita en el universo del cubo de la limpieza. Una estela nueva se dibuja errante y leve. En un lapso indecible, desaparece para siempre.

      PULSIONES, de Modes Lobato
      Esa tarde, dentro del campo de trigo, la piel de mi hija olía a pan.
      Y el patrón tuvo hambre.
      Y mi hoz, sed.

      MALOS TIEMPOS PARA LAS HADAS, de Ernesto Ortega
      Cuando estalló la crisis, papá ya no pudo comprarnos más libros y las brujas y las hadas se vieron obligadas a emigrar a Alemania, en busca de trabajo. Los lobos, en cambio, se disfrazaron de corderos y huyeron a Wall Street, donde la realidad cotiza al alza y la magia consiste básicamente en multiplicar por dos el valor de las acciones. Los gnomos no pudieron hacer frente a los préstamos hipotecarios. Ni encadenados a sus setas lograron evitar que los desahuciasen. La casita de chocolate también se la ha quedado el banco. Con el calentamiento global acabará por derretirse. El lago donde otrora chapoteábamos felices está casi vacío. Los sapos agonizan al sol, mientras esperan a que alguien los bese, y hasta los patitos más feos han perdido toda esperanza de convertirse en cisnes. Como no tenían papeles, los duendes y los elfos fueron expulsados. Los ogros perdieron el apetito y las perdices están en peligro de extinción. Dicen que habíamos imaginado por encima de nuestras posibilidades, pero a papá no le importa. Cada noche, antes de dormir, entra en nuestro cuarto y se inventa un cuento. Y así vamos llegando a fin de mes.

      PESADILLA
      Eres un niño feliz, estás en la cama a punto de dormirte, notas el confortable calor bajo el edredón con el que te arropas, tu gato se ovilla junto a ti ronroneando, vienen tus padres a decirte lo contentos que están porque has dejado de mojar las sábanas, apagan la luz de la habitación, no tienes ningún miedo con el pijama nuevo de superhéroes, rezas en silencio tus oraciones creyendo que va a ser una noche de sueños agradables, y entonces alguien te da una patada en las costillas y te despiertas sobre el suelo del recinto de un cajero automático y sientes frío al haber desaparecido los cartones que utilizas para taparte y ves huir aullando al perro que siempre te acompaña y oyes los insultos de dos hombres desconocidos y te orinas encima cuando iluminan con sus mecheros tu refugio improvisado y no dejas de temblar mientras acercan las llamas a los harapos que vistes y empiezas a maldecir a gritos porque sabes que esta noche no es una pesadilla del niño feliz con el que estabas soñando.

      EXTRAÑOS EN UN TREN, de Eduardo Solana
      Viajan solos, aunque les han correspondido asientos contiguos. Él empuja su bolso rojo y gastado hacia el fondo del portaequipajes y hace sitio para la maleta de ella, que se lo agradece con una sonrisa. No hablan en sus asientos, pero por casualidad vuelven a coincidir más tarde en el vagón cafetería y sonríen. Él insiste en invitarla a un café, ella lo acepta. Charlan. Descubren que su estación de destino es la misma. Vuelven a sus asientos (ahora el compartimento ha quedado vacío para ellos dos) y hablan de la ciudad a la que se dirigen, del futuro que esperan, nunca de lo que dejan atrás. Hay miradas sostenidas entre ellos, hay un roce de las manos, hay un gesto de asentimiento casi imperceptible y luego los labios que se juntan.
      Así los encuentran los policías que, minutos más tarde, irrumpen en el compartimento sin llamar. A ellos dos el sobresalto les hace abrazarse más estrechamente. Los agentes murmuran una excusa antes de cerrar la puerta y continuar buscando al criminal por todo el tren. La descripción es demasiado vaga: viaja solo, con un bolso rojo muy gastado, y es capaz de cualquier cosa.

      EL ÚLTIMO PENSAMIENTO DEL SARGENTO JUAN SOLER, de Arantza Portabales
      Noviembre. 1938. Observen a ese sargento que está a punto de ser ajusticiado contra un muro. Con esa dignidad propia de los vencidos, mantiene la mirada fija en el muchacho que va a dispararle. Deja su mente en blanco. En sus ojos, bajo el recuerdo de todos los hombres que mató en la última batalla cuando aún no sabía que sería la última, encuentra una imagen de su infancia: su madre, cantando en la era mientras tiende la colada.
      Giren ahora la vista ciento ochenta grados. El que apunta es un soldado raso de apenas diecisiete años. Fíjense en el temblor anárquico de su mano derecha y en cómo escudriña los ojos del ajusticiado. Ya saben lo que está viendo. Lo que no saben es que el muchacho reconoce en la madre del sargento a la suya propia. La naturaleza siempre, inexorablemente, acaba encontrando nuestro punto más débil. Es por eso que solo cuando esquiva la mirada del hombre, consigue apretar el gatillo.
      Luego se acerca al muerto. Con la misma mano derecha, le cierra los ojos. Aunque sabe que ya nunca dejará de ver esa era. Ese vaivén cadencioso de las sábanas. Nunca dejará de ver a esa madre.

      LA SIEMBRA, de Susana Revuelta
      Toca este año cultivo de maíz, pero como si fuese de patatas o remolacha: el pronóstico dice que no caerá una gota de agua, otra cosecha perdida. Pese a todo ahí sigue Desideria, removiendo la tierra, cavando zanjas, quitando caracoles, arrancando zarzas.
      Budapest, ¡qué preciosidad! Vio una foto del puente en el escaparate de una agencia de viajes un jueves que bajaba al mercado con sus hortalizas. Incluso a Cáceres se hubiese ido ella de luna de miel. Pero su boda se hizo a toda prisa y luego fue la campaña de la fresa, la de la aceituna y entonces llegó Genaro. Sietemesino, repetía la abuela, pese a los cuatro kilos largos que arrojó la balanza. Uno tras otro fueron naciendo Chelo, Rosaura, Juanillo, Tomasa, Chiqui y Nandín. Y, a lo último, aquellos dos pingajos de piel transparente, que hasta se les veían las venas, y que se le escurrieron entre los muslos mientras tendía la colada. Los enterró bajo la tierra amarilla sin contarle a nadie nada.
      Piensa en esto y en acordarse de zurcir unos calcetines mientras se mete en el bolsillo del mandil unos huesecillos que han salido de la tierra con la última palada.

      OYMYAKON, de Ernesto Ortega
      Vuelve a nevar sobre la nieve de Oymyakon. Un manto blanco cubre todo el pueblo. En Oymyakon, si te paras en mitad de la calle, el frío te entra por los poros de la piel y la sangre se congela. Del corazón te empiezan a crecer carámbanos y te conviertes en estatua de hielo. Por eso, en Oymyakon, la vida nunca se detiene. Abrigados con sus gorros y sus anoraks, los pocos niños que logran sobrevivir al parto se pasan las horas tirando piedras a los manules que corretean por los tejados, bajo el continuo ladrido de los huskies, mientras sus madres recalientan la sopa con la que se desentumecen los huesos. Los viernes todo el mundo hace el amor y el calor que desprenden los cuerpos mantiene caldeados los hogares durante el fin de semana. A veces deja de nevar. Es entonces cuando los habitantes de Oymyakon miran esperanzados al cielo, buscando una gaviota, una golondrina, un mísero pájaro que anuncie la llegada de la primavera, pero solo encuentran la sonrisa maliciosa del niño que agita la bola de cristal de nuevo. Y enseguida vuelve a nevar sobre la nieve de Oymyakon.

      TERCIOPELO AZUL, de Towanda Martín
      Si viera, madre, las mordeduras que me hicieron los zapatos… Tuvo usted tino cuando dijo que eran pequeños, pero me encapriché y no podía dejarlos allí. Qué bien sientan con el vestido azul, el ajustado de terciopelo, que me cosió cuando vino del pueblo. Hasta contorsionismo hago para subirme la cremallera. Cuando termino, tengo las mejillas tan sonrosadas que ni colorete me pongo. Apenas, un poco de rouge en los labios. Con discreción siempre. Como a usted le gusta.
      Hace unos meses, al salir del hospital, me encontré con Pepita, la hija del Antón. Ahora se llama Carla y es rubia. Me ofreció trabajo, pero, tranquila, solo por las noches para poder continuar mis estudios de peluquera. Pagan bien, madre. Muy bien. Así que no necesito que vuelva a enviarme dinero. En cuanto ahorre un poco, lo dejo, corro a buscarla y me la traigo conmigo para montar la peluquería. La extraño cada día. Tanto.
      He dejado crecer mi pelo. Se va a alegrar cuando vea lo bonito y brillante que lo tengo.
      Aunque se lo prometí, todavía sigo fumando. No se disguste. Me da seguridad para afrontar este cambio.
      Sabe, madre, estoy feliz… Ayer me confundieron con una chica.

      CUERPOS ESFÉRICOS, de Paloma Hidalgo
      Escondido en el armario, el primer frasco que encuentra el policía está lleno de canicas. La mayoría son de esas que llamaban de trébol. No sabe que fueron las favoritas de su colección para salir a la calle a buscar con quien jugar cuando su padre llegaba borracho. Tampoco que las de vidrio blanco, las chinas, las usaba para ganarle “al miope” algún bolón con que el paliar los efectos de los castigos por suspender matemáticas, ni que las agüitas y los ojos de gato proceden de un hurto en casa de sus primos. Quizá, en la investigación abierta sobre los tres cadáveres mutilados que le ha llevado hasta allí, le habría servido conocer que las del petróleo, unas rarísimas que le trajo su madre tras salir del hospital de la capital, eran perfectas para sobornar y librarse de ser el monaguillo de Don Paco y de sus manos exploradoras. Y que de todas se aprovechaba para verles las braguitas a esas mujeres que hoy salen en todos los periódicos, entonces niñas, que comían pipas sentadas en los bancos del parque viéndole perder. En el segundo, lo que flota en el formol, le pone la piel de gallina.

      SON SIN FRONTERAS, de Elisa de Armas
      Cada mañana, al verla pasar camino del andén, el saxofonista le dedicaba lo mejor de su repertorio, pero ni el jazz, ni las bulerías, ni el merengue, ni los boleros conseguían que la muchacha acompasara sus pasos al ritmo de la música. Aquella cintura de guitarra y aquellas nalgas, redondas y duras como timbales, ondeaban con un cadencia particular, ensimismada, que él solo comprendió el día en que la vio bajar las escaleras conversando por gestos con una amiga. Desde entonces estudia la lengua de signos, decidido a contarle que está componiendo una sonata para piel y dedos, por si ella quisiera que la interpretasen al alimón.

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