CUANDO BROTAN LAS HEBRAS
Al vestirme descubrí que tenía un hilo. Tiré de él y sentí un pellizco en el pecho. Entonces observé que salía de mi corazón. Lo ignoré y me fui a trabajar. Por la tarde ya tenía varios metros. Lo corté al ras. Al momento aparecieron otros tres hilos al lado.
Había quedado con una amiga en mi casa. Se lo conté. Sin darle importancia me pidió «la caja de los hilos». Encontró una aguja de ganchillo y comenzó a tejerlos con tanta suavidad que me hizo sentir una paz desconocida.
Me explicó que eran hilos de estrés, una adaptación evolutiva, cuando el cuerpo no puede más. Pueden llegar a convertirte en un árbol hilado, sin posibilidad de caminar.
Incrédula, se me escapó una risa nerviosa.
Ella también sonrió y me acarició el pelo, del que ya asomaban algunas hebras. Luego me besó en los labios con una dulzura desconocida para mí. La física y la química que ya tenía olvidadas se activaron en mi interior y continué besándola con pasión.
Al intentar separarnos, con nuestras lenguas pobladas de hebras enredadas, terminamos cayendo al suelo, con un ataque de risa.

