94. La Última Visita
Desde pequeño, Tomás hablaba con personas que nadie más veía.
Sus padres lo llamaban imaginación.
A los seis años jugaba con piratas en el salón.
A los nueve discutía con filósofos en el parque.
A los doce recibía consejos de una anciana que aparecía sentada en el borde de su cama.
Con el tiempo aprendió a ocultarlo. Los adultos parecían incómodos cuando alguien seguía viendo lo invisible.
Creció, estudió, trabajó y olvidó aquellos encuentros.
Una noche, ya anciano, sintió que alguien se sentaba junto a él.
Levantó la vista.
Era la misma mujer que había visitado su habitación décadas atrás.
— Has tardado mucho en volver a hablarme — dijo ella.
Tomás sonrió.
— Pensé que eras producto de mi imaginación.
La anciana negó con la cabeza.
— No. Tu imaginación eras tú. Yo siempre fui real.
Entonces le tendió la mano y, por primera vez desde la infancia, Tomás decidió seguirla.

