01. LO NUESTRO
En Casares jamás hemos dudado de la existencia de Dios. Además de asistirle en bodas y bautizos, cuando éramos unos chavales ayudábamos a don Basilio a sacar los lagartos muertos de la iglesia durante los veranos y pintábamos los bancos para evitar que la madera, con su escandaloso crujir, interrumpiera las pocas misas posibles.
Si bebía de más y perdía la calderilla jugando a la brisca en el mesón, nuestro párroco volvía a la rectoría dando voces, blasfemando y proclamando, a voces, la vida como nuestra maldición local.
Poco ha cambiado. Yo me marché a los dieciocho, y he regresado esporádicamente por esa necesidad física por retornar. Y allí encontraba las mismas caras en la plaza. Más arrugadas, más encorvadas, pero las mismas.
Una tarde pregunté por Martina a las mujeres que poblaban la sombra de la iglesia en sus asientos de enea.
—¿Cuál de ellas? —dijo mi madre.
Entonces señalé a la anciana que cosía bajo el olmo del otro lado de la plaza.
—La vieja.
Mi madre soltó una carcajada.
—Esa es la niña.
La anciana levantó la vista, me reconoció y me saludó con la misma sonrisa pícara de cuando teníamos doce años.


Las circunstancias cambian, el tiempo modela y, sobre todo, erosiona, pero algunas cosas permanecen, como las relaciones y los afectos, que nos conforman como seres sociales que somos, identificándonos con las vivencias y lugares compartidos. «Necesidad física de retornar», y también mental y espiritual para revivir lo que nunca se fue del todo.
Gracias, Juan, por este relato, y por otra edición o convocatoria más de «lo nuestro»: ENTC.
Un abrazo.
Me encanta lo de poblar la sombra de la iglesia. Y el resto del micro también.
En ese pueblo enseguida te camuflas con el resto de habitantes, hasta el punto de parecer, a primera vista, intercambiables. Suerte quite la mirada permanece inalterable.
Un abrazo fuerte.
Este relato es una crónica de muchas vidas parecidas a la del protagonista. Me ha gustado doblemente. Por el relato en sí y porque, en parte, me he reconocido en él.
Volver a los orígenes para encontrarte con tu pasado. Qué hermosos recuerdos y qué bien contados. Me gusta porque ese tipo de experiencia la he vivido alguna vez. Enhorabuena Hans