01. LO NUESTRO
En Casares jamás hemos dudado de la existencia de Dios. Además de asistirle en bodas y bautizos, cuando éramos unos chavales ayudábamos a don Basilio a sacar los lagartos muertos de la iglesia durante los veranos y pintábamos los bancos para evitar que la madera, con su escandaloso crujir, interrumpiera las pocas misas posibles.
Si bebía de más y perdía la calderilla jugando a la brisca en el mesón, nuestro párroco volvía a la rectoría dando voces, blasfemando y proclamando, a voces, la vida como nuestra maldición local.
Poco ha cambiado. Yo me marché a los dieciocho, y he regresado esporádicamente por esa necesidad física por retornar. Y allí encontraba las mismas caras en la plaza. Más arrugadas, más encorvadas, pero las mismas.
Una tarde pregunté por Martina a las mujeres que poblaban la sombra de la iglesia en sus asientos de enea.
—¿Cuál de ellas? —dijo mi madre.
Entonces señalé a la anciana que cosía bajo el olmo del otro lado de la plaza.
—La vieja.
Mi madre soltó una carcajada.
—Esa es la niña.
La anciana levantó la vista, me reconoció y me saludó con la misma sonrisa pícara de cuando teníamos doce años.

