73. EL CLUB DE LAS DESDICHADAS
Cerca de cumplir los cincuenta, tres amigas que nunca habían dejado de verse sintieron la necesidad de reencontrarse con sus excompañeras de escuela. Empezaron a salir a cenar una vez por mes, después sumaron los cumpleaños y algún viaje a lugares cercanos. La consigna tácita era comentar, por turnos, sus desgracias para ver cuál lo pasaba peor. Varias se habían divorciado y lidiaban con hijos rebeldes; otras seguían casadas a duras penas. Algunas, tras haber descartado novios impresentables, no se habían atrevido a formar nueva pareja.
A Juanita, la última en obtener la membresía —con ciertas dudas porque era del otro curso—, le venían tolerando que nunca ofreciera su casa para los encuentros, que tampoco fuera generosa a la hora de contar detalles y que no aportara críticas lo suficientemente feroces al sexo opuesto.
Hasta entonces le habían perdonado todo, pero decidieron expulsarla por unanimidad el día en que se sintió feliz y no tuvo reparos en confesarlo.


Para pertenecer a un grupo hay que compartir afinidades, cuando no es así, antes o después, todo estalla. La felicidad ajena es difícil de admitir cuando reina la desdicha propia, como ha quedado claro, negro sobre blanco, en tu relato
Un saludo y suerte, Mónica