EL GRAN HACEDOR (Belén Sáenz)
Era hábil modelando el barro y rápidamente escaló hasta la cima de la cadena de producción. La imaginación le aguijoneaba, así que empezó a dotar a las figuras de apéndices asombrosos y colores sobrenaturales. Al Instructor le cayeron en gracia sus ocurrencias y, pese a la prohibición, decidió insuflar un hálito de vida en alguno de sus proyectos. Se autorizó al operario el acceso a otros materiales. Aunque seguía fabricando homúnculos estándar, patentó otros de mazapán que se vendían con un margen de beneficio astronómico. Las vacas con triple cuerno de oro y los jazmines pensantes se agotaron. El director de marketing le dijo que sería bueno que se especializara en esas mercaderías maravillosas. Fue entonces cuando diseñó la luna diurna, las aguas de bolsillo y su creación estrella, la Mujer. Lunes, martes, miércoles… llegaba extenuado, pero con el pecho henchido, a la pequeña buhardilla que habitaba, lo más cercano a la Vía Láctea que pudo costearse. Jueves, viernes, sábado… le aterraba el gentío que se agolpaba en su calle demandando, exigiendo. Más y mejor. El séptimo día no descansó. Huyó en una nave interestelar de segunda mano hacia un anodino planeta azul al otro lado de la galaxia.

