El justiciero de la piruleta
Se oyó hablar del justiciero cuando el cochazo de don Ramón, el prestamista que se creía intocable, apareció cubierto por un espray de serpentinas de colores. Estaba aparcado en la zona de minusválidos y no era la primera vez. Una piruleta colocada en el parabrisas dio lugar al apodo. No hubo denuncia.
La segunda vez fue en la tienda del carnicero. Se sabía que tenía trucado el peso, pero nadie se atrevía a denunciarlo. El día en que apareció la fachada de su tienda empapelada con la palabra ladrón, también se encontró una piruleta fijada en la puerta.
Los acosadores al pobre chico de la Herminia vieron sus nombres ridiculizados en el muro del patio del colegio: Nachito el llorón, Javi el pañales y Marquitos el bollito. Junto a los nombres en color rosa chicle la firma, una enorme piruleta.
Un chico se acerca a una señora mayor y le arrebata el bolso. El coraje me sube por las venas, empiezan a sudarme las manos, aprieto los dientes…
En un gesto parecido a un tic nervioso acaricio el palito de plástico que está en mi bolsillo. Lo hago con tanta presión que pulverizo el caramelo.


Un justiciero de leyenda, ‘El Zorro’, dejaba una «Z» dibujada con su espada después de ayudar a los desvalidos y enfrentarse a la injusticia. Tu protagonista es más pacífico, le basta con acciones simbólicas, pero vergonzantes y merecidas para marcar sus víctimas, para después dejar una pacífica piruleta como autoría. En el caso del atraco puede que necesite algo más que simbolismo para recuperar el bolso de esa anciana, tampoco podrá dejar la firma de su piruleta, que ha quedado hecha añicos. Valor tiene de sobra, otra cosa es que modifique su proceder si las circunstancias lo requieren.
Un relato muy simpático, aunque con el trasfondo profundo de si está justificado o no el uso de la violencia en alguna ocasión, o cuando no queda más remedio.
Un abrazo y suerte, Pilar