86. El sendero del fin del mundo (Pablo Cavero)
El viajero llegó a un punto del bosque donde el sendero moría en una triple encrucijada, un lugar maldito para los lugareños.
El camino de la izquierda estaba cubierto de niebla densa; el del centro, oculto por la maleza con zarzas inquietantes; el de la derecha descendía hacia una rampa de piedra que se hundía en un abismo de oscuridad.
Una asfixiante atmósfera de inseguridad y desasosiego lo cubría todo: ningún mapa revelaba qué destino aguardaba tras cada opción.
El viajero, aterrado por errar, se sentó a esperar que la niebla se disipara o que alguien regresara para guiarlo.
Pasaron las horas, los días y los años, sepultando su juventud en aquella eterna duda.
Su inmovilidad lo convirtió en leyenda. Viajeros perdidos acudían a él confundiéndolo con un sabio oráculo. Una tarde, un joven tembloroso le suplicó: «Anciano, ¡dime cuál es el camino correcto!».
El viejo intentó incorporarse, pero sus piernas crujieron. Descubrió con horror que las raíces vivas del bosque habían perforado sus botas y sus pies, encadenando sus huesos a la tierra.
Con amargura, susurró: «Cualquiera de los tres habría sido mejor que morir en este suelo atrapado por miedo a equivocarme».


Lección de filosofía y reflexión. Lástima que en muchas ocasiones, como es el caso, el saber llega tarde.
Una estupenda fábula con moraleja. Es mejor afrontar la incertidumbre que la parálisis de la indecisión y el miedo a equivocarse.
Un abrazo