67. El sol ocultándose entre las nubes
El joven que le entregó el certificado deslizó un suave acento caribeño cuando le pidió su número de identidad, instintivamente sus ojos se impregnaron del oceánico azul de los suyos. Rozó su mano al devolverle el bolígrafo con el que había firmado la entrega y su piel amenazó con desprenderse de su cuerpo. Agradeció estar recién depilada, de lo contrario el vello se hubiera convertido en alfileres. Antes de cerrar la puerta se las ingenió para observar con deleite su espalda, gozó de tiempo suficiente para declarar su trasero como Patrimonio de la Humanidad. Hubiera asegurado que la miraba con el rabillo del ojo y que incluso hizo la intención de dar la vuelta. A punto estuvo de que el corazón se le escapara por la manga de la camiseta.
Se quedó pegada a la puerta cerrada como si fuera parte de la madera con la que estaba fabricada. Cerro los ojos en un postrero intento para retenerle en su memoria y de algún modo conseguir que volviera a tocar el timbre.
Pasados varios minutos los abrió y la realidad la golpeo con su desabrida rudeza cotidiana: sus dedos sujetaban una carta del Ministerio de Hacienda.


Todo un orgasmo imaginativo el de tu protagonista que no culmina con un relax entre las sábanas si no con un anticlimax burocratico-economico. ¡Que bajonazo! Jajajaja.
Un saludo
A veces el mensajero nos parece más importante que la misiva, cuando solo es un mero transmisor de contenido. La imaginación es libre, ya vendrá la realidad con su imposición ramplona a despertarnos de la ensoñación, aunque el mazazo que ha recibido tu protagonista es denlos duros.
Un abrazo y suerte, Emilio