Ojos que no ven
El ciego llegó a la costa. Una bocanada salitre lo recibió y él regaló una sonrisa al aire. Allí donde yacían las estructuras desmigajadas de la ciudad, los cascotes, los escombros y los añicos de hormigón, intuía él, cuando palpaba con su bastón, perfiles escarpados, peinados por las tormentas y rocas porosas enharinadas de flor de sal, repletas de cangrejos, lapas, caracoles, anémonas y estrellitas de mar extraviadas. Oyó el chillido de las gaviotas hambrientas mientras removían la basura de la playa en busca de comida; pensó que el graznido era música celestial de aves que gritaban al viento un himno de libertad. El hombre avanzó hacia el agua; rugía el mar, poblado de animales domésticos descompuestos, víctimas de los obuses. A él le hacía feliz la resaca de las olas en su baqueteo feroz contra los riscos y dibujó en su mente un paraje marítimo hermoso. Percibía pestilencia, que atribuía a los sargazos. Llevaba días buscando un rincón para descansar. Se aposentó encima de un montículo de arena fina. Algunos pasos más allá de unos cuerpos varados, inertes, soldados con las armas aún en bandolera. Respiró pletórico, contento de la quietud del lugar.


«Ojos que no ven», pero otros sentidos sí perciben y disfrutan de la quietud de un lugar, la que queda después de la peor de las tormentas, la que desatan los hombres con sus malditas guerras. Cuando la realidad es terrible resulta mejor no verla e imaginar otra más amable.
Un abrazo y suerte, Mei