83. Emergente
Comenzó como un síntoma de su vacilación. El párrafo, reposado sobre la mesa, amaneció desdibujado, como si la tinta rehusara acomodarse al folio. Las frases conservaban su longitud, pero los verbos habían permutado las posiciones, alterando levemente el sentido.
Con los días, la deriva se acentuó. Bastaba un parpadeo o el gesto de acercar la taza a los labios; la estructura del texto se había reordenado. No había magia ni destellos, solo una mutación orgánica, similar a la expansión de una mancha de aceite sobre la superficie de un charco.
Rescató la máquina de escribir, tratando de forzar la rigidez del metal, pero el rodillo no evitó que las palabras abandonaran su ficción para describir, con detalle, el espacio circundante: la luz de la lámpara, la humedad del techo o el crujido de la tarima.
La inquietud se tornó en demencia. Encerrado en el despacho, pasó horas sin levantar la vista de la página, conteniendo el aliento. Apretó la pluma, decidido a clavar una sola palabra al papel antes de volver a ser traicionado. La punta rasgó la hoja. Bajo la hendidura, la tinta había dejado escrita la caída de la gota que acababa de brotar de su propio dedo.


Todo el que escribe sabe que, una vez plasmadas, las palabras dejan de pertenecer a su autor, que adquieren vida propia, y no digamos ya los personajes, como hijos que se independizan. La demencia de tu protagonista parte de su fijación en creer que es dueño de lo que sale de su pluma, mejor sería que aceptase la realidad, pero eso lo sabemos nosotros, no él, cuya inquietud y angustia has sabido transmitir.
Un saludo y suerte, Sergio