En algún lugar de Oriente
Estaba el orden y dentro de ese orden giraba un disco. Lo surcaba una aguja que reproducía el Lacrimosa, del Réquiem en re menor de Mozart.
Entonces llegaron los aviones, vaciaron su vientre y terminó la música. Un momento después del estruendo miró a través de la ventana vacía y la pared rota. Percibió el terror que recorría la ciudad como en un Dies irae. Se llevó la mano a la cabeza y miró sus dedos. Vio la sangre y observó su alrededor. El disco de vinilo estaba extrañamente ileso sobre el diván, entre polvo y cascotes de la pared. Pensó en limpiarlo con cuidado. Las alarmas de los coches aullaban, parecían maquinales grillos urbanos. Los gritos salpicaban las aceras como arterias rotas.
Un paréntesis se acomodó en su cabeza durante un minuto. Cuando reaccionó, pensó en buscar a Fátima y los niños. El mundo estaba roto, retorcido, quejumbroso. El desconcierto anidaba en él como un ser extraño. Empezó a correr hacia donde antes hubo una puerta, pero se detuvo por una leve molestia en el vientre. Miró al suelo y después un poco más allá, descubrió sus entrañas desordenadas. Y dejó de pensar en ello.

