63. Euritmia
Quince minutos exactos después de que abra las puertas el Supermercado, el hombre sin nombre aparece cada mañana por el pasillo de los lácteos justo enfrente de la caja en donde Charo, espera impaciente.
Ella atiende a otros clientes con destreza experta. Pasa los códigos por el lector, mete el cambio en la caja y expresa un “que tenga buen día” como un autómata, porque desde que el hombre sin nombre pasea por el súper, ella no puede pensar en nada que no sea él.
Él es una oda a la geometría. Coloca los productos sobre la cinta con precisión quirúrgica. El código de barras hacia arriba y el peso distribuido por centros de gravedad que sólo él conoce.
Charo observa su forma de guardar el cambio en el monedero, respetando el orden decreciente de las monedas, mientras imagina cómo será dormir en su cama: sábanas alineadas en un ángulo de noventa grados, aire fresco y una piel que conjetura pulcra.
Él, sin embargo, observa la anarquía de ella mezclando productos en una bolsa donde el pan aplasta a los yogures y desea que algún día, ella lo rescate de su jaula y le devuelva la libertad.

