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El concurso de comedores de Donuts de Albacete reunia a los grandes especialistas mundiales de la disciplina. Superé con paso firme las primeras rondas hasta encontrarme en la final con la gran favorita. Se llamaba Lucrecia Smith. Era una americana monumental que ocupaba tres sillas y se derramaba al sentarse como un crepp en la sartén. Se decía que había ganado un concurso de comedores de hamburguesas en Reno con una marca de 127 completas con extra de queso. Tras el primer día los Donuts empezaron a parecerme infames ruedas de carretilla azucaradas. Mi rival los consumía con irritante delectación, acompañados de galones de Coca-Cola. Cuando empezaron las arcadas pensé en el camino recorrido. En las largas tardes en el sofá iniciándome en el exigente mundo de los comedores profesionales, y en el apoyo incondicional de mis padres que siempre creyeron en mí. Tenía que seguir, no quería ser un looser, un don nadie.
-Oh my God – dijo la Smith alarmada cuando empecé a convulsionar. Pasé varias semanas en el hospital pero valió la pena. Mi foto en la camilla con un hilo de aceite de palma en la comisura de los labios obtuvo más de 5000 «me gusta».

