Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

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97. LA HOZ Y EL ANTIDIO (Toribios)

Se ponía rojo por todo. “Niño, sal y di al cobrador que no estamos”. Abría la puerta y el cobrador se iba diciendo “ya, ya…” y haciendo muecas. En clase tenía fama de acusica. Le gustaba una niña, y se pasaba los recreos como un semáforo. Era un desastre. Sobre todo porque a Antidio lo que más le gustaba en el mundo era ser espía. Le subyugaban esos agentes de las películas con sus mini cámaras y sus microfilms y sus zapatos con teléfono. Pero Antidio nunca podría ir por la plaza Roja disfrazado de uzbeko. Jamás podría mentir a la KGB sin que su cara hiciese palidecer a las banderas. Lo sabía y sufría. Le hablaron del autocontrol y se puso a ello con denuedo. Estuvo años practicando hasta conseguir el objetivo. Por fin podía decir “no hay nadie en casa” sin delatarse. Corrió al ministerio de Defensa. “Quiero ser espía”, dijo al centinela. “Pero ya no hay muro”, le contestaron. “Vino la glasnost, la perestroika, Gorbachov, Yeltsin, Putin”. No entendía nada. Pero lo peor fue cuando le dijeron aquello de si no era ya muy mayor para andar con esas cosas. Se puso rojo como un tomate.

6 Respuestas

  1. Jajaja, muy bueno Antonio. Hasta bien entrada la veintena no se me pasó los de las ruborizaciones repentinas. No descarto que, como a tu personaje, me vuelvan. Debemos andar por la misma edad.
    Suerte y abrazo.

  2. Ángel Saiz Mora

    Pobre Antidio, nadie le puede negar la constancia y la vocación, pero haga lo que haga está condenado a arrastrar su estigma. Igual que Pinocho no puede evitar que le crezca la nariz con los embustes, la cara de Antidio se ruboriza sin control. A su problemilla se une que el mundo corre demasiado deprisa para él. Es mejor no empeñarse en aquello que nos está vedado, aunque contradiga el espíritu de superación. Por ejemplo, a mí no me hubiera importado ser cantante, pero por el bien de la humanidad mejor que ni lo intente.
    Un relato muy divertido y simpático, con un perdedor compulsivo que inspira mucha ternura.
    Un abrazo y suerte, Antonio

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