39. LAS FALTAS (A. BARCELÓ)
La muerte está apremiando y siente la urgencia de saldar sus pecados, por eso, manda llamar a Don José María, su compañero del alma, el colega con el que se junta todos los jueves por la noche en el lugar de las lucecitas de neón, el mismo que le anima a darse golpes de pecho y le absuelve los golpes que propina a su esposa todos los días.
Mañana, muchos de los del pueblo celebrarán su muerte. Que los jodan a todos, él no necesita su perdón, solo precisa la intervención del sacerdote para que le libere de todos sus pecados y enfrentar sin cargos el temido juicio final.
─Que venga el cura de una puta vez, que me muero ─grita con desesperación.
Su mujer le informa de que no va a venir, porque no le ha dado la gana de avisarlo. Es ella quien tiene que hacerle una confesión a él antes de que se marche de este mundo: ninguno de sus cuatro hijos es suyo y cada uno pertenece a un padre distinto. Paquito, en concreto, es hijo de su querido amigo Josemari.


¡Vaya tres patas para un banco! El cura no se queda atrás, el muy… Muy bueno.
La culpa verdadera conlleva arrepentimiento, y no parece haber ninguno en ese trío de personajes, ni siquiera en el moribundo, que solo busca no ser condenado, y al que su reincidencia borra todo sincero cargo de conciencia, tampoco su mujer tiene culpa por otra reincidencia distinta, que mantenía oculta y utiliza como venganza. Don Jose María, además predica lo contrario de lo que hace.
Un guion de apariencias y engaños, en el que la falta de culpa parece un personaje más
Un abrazo y suerte, gran tocayo.