40. Crimen inocente
El tipo de la fila anterior me tenía desquiciado con la luz de su móvil. Más que una sala de cine, parecía que estábamos en Las Vegas. Le chisté una vez, pero seguía dale que te pego. Ese dedo cotilla hurgando en la pantalla. Volví a sisearle. Nada. Si hasta me vi obligado a sacar las gafas de sol para protegerme de los fogonazos. Entonces le grité. Y sucedió lo inesperado: varios espectadores la tomaron conmigo. Que me callara. Incluso me invitaron a marcharme. Como si fuera yo el culpable de la situación. No tuve otra salida. Salté al cuello de aquel majadero con la clara intención de doblárselo. En las películas, todos mueren al instante. Sin embargo, me falta robustez en los brazos y se pasó un buen rato agonizando. Tanto que solo pude disfrutar de los créditos finales.


La película debía de ser interesantísima para que solo molestase el chistar del protagonista, y para que nadie se percatara de la larga agonía de uno de los espectadores. Por si no quedara clara la catadura de un personaje que no sabe lo que es la culpa, el título lo remacha a las mil maravillas
Un abrazo y suerte, María