LOS TRASTOLILLOS
Virtudes siempre ha sido amante del orden y así lo dispone en su casa. Cuando sale, tiene la costumbre de volver sobre sus pasos para comprobar que no quede ninguna luz encendida o que haya desenchufado la plancha o apagado los fuegos de la cocina, así puede marchar tranquila. Pero, a pesar de su esmero por tener cada cosa en su sitio, los trastolillos esconden sus gafas de leer, sacan libros de la estantería o guardan su labor de ganchillo en la nevera -le cuenta al doctor, que la escucha con una sonrisa. Virtudes se pregunta de qué forma las pastillas que le ha recetado consiguen hacer desaparecer a los trastolillos ¿Quién comprende los misterios de la ciencia? El caso es que se había acostumbrado a esos pícaros duendes que parecían querer jugar con ella, a ese desorden mínimo que la obligaba a buscar por los rincones como cuando era niña. Así que ha decidido dejar la medicación y colocar a la vista una caja de bombones para atraerlos de nuevo. Ya se han comido tres.


Ja ja ja. Esta historia tiene duende. Virtudes me cae simpática. Ahora ya sé a quién le echaré la culpa de los bombones evaporados: a un trasgo goloso.
Resulta que esos duendes existen como personaje de leyenda y en la Cantabria que tú tan bien conoces, como también en la imaginación de tu protagonista, que los utiliza como juego para entretenerse, como también para justificar su propia adicción al dulce.
Un relato tan tierno como divertido.
Un abrazo y suerte, Paloma