83. Orden público
Manolo, Alfonso y Alberto son los encargados de que la cuadrilla de los servicios de limpieza de Villagalana trabaje con devoción toda la noche. El día de la patrona, Nuestra Señora del Buen Socorro, todo estará perfecto. El grupo de Manolo abona silbando la pegadiza melodía del himno local los parterres donde la primavera ya asoma los primeros brotes; y el de Alfonso, meticuloso, enjabona las aceras entre chistes hasta devolver al granito un lustre institucional. Alberto sonríe mientras ayuda aquí y allá, feliz por el buen ambiente de trabajo que tienen, bendito sea el Señor, que en otros sitios la cosa está muy mal.
Al alba, todo está listo. Los chicos se retiran con sus familias, cansados y satisfechos, para dormir unas pocas horas antes de salir en procesión.
Villagalana se despereza bien emperifollada, bajo un cielo de una pureza admirable, sin rastro de la docena de indigentes comprimidos en el nuevo contenedor; solo un hilillo oscuro y cálido que serpentea hacia el sumidero.

