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Después de unos años creando el poema destinado a declarar su amor a la joven viuda —ahora ya madura—, por fin lo tenía acabado, quedándole tan solo decidir si en el verso mil seiscientos treinta era mejor poner una u otra palabra, cuestión esta a la que se consagraba durante las tres últimas semanas.
Se sentía muy gozoso de haber hallado las locuciones precisas para sus cabellos sedosos, las cejas escarzanas, la recoleta mirada, el fulgor de su sonrisa, la constelación de lunares del cuello, su exuberante castidad, los gestos de gala y así hasta las uñas de los pies: de nácar irisado. Dudó mucho con los pechos, pero se dijo que debía ser decidido y los adjetivó como melíferos. Sin embargo, estaba dubitativo hasta la extenuación para escoger la palabra adecuada al sentir de su propio corazón.
Una mañana que paseaba por el parque reflexionando sobre las pasiones que se abrirían o cerrarían por la decisión, le avisaron de que su casa estaba ardiendo. Al llegar a la devastada vivienda y ver los manuscritos calcinados, continuó preguntándose —ahora ya sin sentido alguno— si era más preciso decir que había sido el fuego o la llama.
La silueta del caminante se recortó contra el cielo rojizo y a Alma le dio un vuelco el corazón; por fin algo rompía la calma asfixiante del pueblo. El abrigo negro, raído y el sombrero de fieltro le daban a aquel hombre un aire misterioso.
El padre de Alma le sacó un plato de comida y le ofreció el pajar para descansar. Al caer la noche cargó la escopeta y trancó la puerta.
Los despertó, antes del amanecer, el estruendo del pajar al desplomarse envuelto en llamas. No había rastro del cuerpo entre las cenizas, sólo el sombrero calcinado. La falta de restos les confirmó el origen sobrenatural del vagabundo y la leyenda creció al mismo ritmo que la barriga de Alma.
Nueve lunas después, Alma parió un niño con el pelo rojo como el fuego y ya nadie dudó de que el mismo demonio los había visitado.
Alma, al recordar la noche en que le quitó al caminante el cigarrillo de los labios para besarlo, sonrió ante la imagen de sus dedos entre el vello rojizo de aquel pecho.
Poco después, tomó al bebé, lo envolvió contra su regazo y se fue lejos con él.
Ella sabrá lo que hace. Si viene o si va. Es consciente de lo que me molestan las cosquillas en los pies, su aliento helado en la nuca, el nuevo horario de visita… Y nada, le da igual. Cuándo más a gusto estoy en la cama, más disfruta. De sexo ¡ni hablar! Imposible. Me enciende como el fuego con sus jueguecitos de amante nocturna y luego, ni se deja tocar ni amanece a mi lado. Por no hablar de lo caprichosa que es, ahora me escondo, ahora aparezco. No gano para sobresaltos. Sinceramente, me tiene hasta las narices con tanto misterio. Con esa voz de ultratumba, qué no hay quien la entienda. Mira que yo quiero a mi difunta esposa, pero se lo repetiré hasta la saciedad… Cariño, ¡las relaciones a distancia no funcionan!
Cogí mi chaqueta y supe que el momento había llegado. Miré a mi alrededor sabiendo que siempre recordaría aquel dormitorio, tan familiar y tan seguro. Maldije la realidad de la vida por obligarme a irme tan lejos a buscar aquel trabajo. Entré en el salón y vi a mis padres de pie esperándome. Abracé a mi madre muy fuerte, quería impregnarme de su olor y llevarlo conmigo. Con la voz apagada me dijo: “ abrígate que allí donde vas hace frío. Te quiero mucho”. Después igual con mi padre: “ estamos orgullosos de ti. Ya sabes que esta siempre será tu casa”. Yo temblaba: “ mamá, papá, os quiero”. Nos abrazamos llorando, las lágrimas ahogaron las palabras y nadie dijo nada más.
Comencé a nadar hacia la puerta mientras sentía que un calor me recorría por dentro como el fuego, las piernas me temblaban, tenía las manos sudadas, la maleta me pesaba demasiado y la cabeza me daba vueltas.
En la calle el aire frío me abofeteó, respiré y me dije: “ Ánimo, sigue adelante. El momento más difícil de éste viaje ya ha pasado”.
“Tarde o temprano os lo demostraré”- añadió. Y Simplissimus cerró la portezuela.
Aunque tenue, un hálito de luna se había colado por entre las rendijas de la contraventana y aquellos preciados frascos, alineados en el desorden crónico que acompañaba siempre su scriptorium, debían preservarse celosamente de la luz: eran fotones.
Aquella noche se disponía a iniciar el último capítulo de un libro al que había titulado escuetamente: “Conclusión”.
Buscaba hacía tiempo el origen de su perseverancia; su insobornable afán por devorar geografías; la altivez de su rumbo. En algún lugar había escrito: “….el fuego es insolente, persevera, irregular se impone, acecha, arrasa, se extingue y luego muere, pero nunca se olvida y el temor que genera es su victoria”.
Los había clasificado en largas listas manuscritas: el fatuo, el límbico, el eterno, el del beso huidizo, el que viaja desde el fondo del ojo y te abrasa en silencio; el que duerme en el cráter; el que aguarda en la antorcha los sueños del testigo o el que desciende al árbol abrazándose al rayo…..
Pero hoy iba añadir un fuego nuevo. Y él quiso estar allí para contarlo. Siempre soñó ser punto de ignición.
Hércules se limpió el sudor de la frente al ver la abrumadora fila de personas que tenía delante. ¿Acaso buscaban todas ellas el vellocino de oro? Mientras esperaba su turno, sacó unos documentos de la piel de león que le ceñía el cuerpo. El certificado de vida laboral, expedido en Micenas por su tío Euristeo, comenzaba con su primer trabajo en Nemea y terminaba refiriendo aquel viscoso asunto del can Cerbero en los Infiernos. Le habían aconsejado adjuntar una fotografía al CV, así que se había traído consigo dos lienzos: el que le pintó Pollaiuolo luchando contra la Hidra de Lerna y otro que le hizo Zurbarán, inmortalizado tal y como vino al mundo en pleno acto de asfixiar al felino de Nemea. Si le pedían referencias, Jasón o Atenea no tendrían inconveniente en escribirle una carta de recomendación. Hasta que le saliese algo, su compañero de hazañas Yolao le había ofrecido la vacante que ocupaba Teseo en “Viejas Glorias S.L.”, la empresa de mudanza
s donde trabajaba. Nada muy mítico, claro está, pero suficiente para salir del paso. Como el fuego extinguido por el agua, Hércules sintió que su fuerza se debilitaba al ver su nombre sobre la tarjeta sellada.
Así te sentí yo cuando tras treinta años de vida en común me dijiste, o mejor te arranqué, que me dejabas por otra, sin más. Jamás hubiera imaginado que la convivencia fuera una competición… Pasé a ser tu ex con un simple chasquido de dedos. Me quemaste el corazón y todo nuestro pasado y vida en común quedaron reducidos a cenizas. Ha sido una traición por tu parte. No quiero que seas mi amigo, ni los peores enemigos asestan estos golpes tan bajos. No sé cómo expresarlo, no tengo palabras para el abandono. Necesito que alguien recoja mis cenizas y las esparza en algún lugar que tú no pises nunca.
Despertó, miró en torno aun adormilada, él ya no estaba. Evidencias de la pasada velada se hallaban desperdigadas por doquier: las sabanas revueltas, la calidez en la almohada, el aroma a él, a ellos, a la excitación de ambos que aún flotaba en el aire. No obstante, las mayores pruebas se encontraban en su propio cuerpo: el hormigueo de su piel al rememorar, el enrojecimiento en donde la incipiente barba masculina la había rozado, las marcas de sus besos en el cuello… Sabía que volvería; su chaqueta, con la que la había resguardado del frío, continuaba colgada en la silla de junto. Como el fuego que todo lo arrasaba, así era él. Así arrasó él con su vida en tan solo una noche, reduciéndola a simples cenizas, para hacerla resurgir renovada, completa, más femenina que nunca por la mañana. Ella dejo caer la cabeza sobre la almohada y se arrebujó en las sabanas mientras se desperezaba. Un tintinear de llaves provino desde la puerta y una sensual sonrisa se extendió por los labios de la joven. Sabía que volvería, el fuego los había cambiado a ambos.
Esta tarde de frío invierno he recordado el fuego de tu cuerpo arrimándose a mí mientras te abrazaba, el suave dulzor de tu respiración en mi cuello.
Esta tarde hace un frío intenso y siento más que nunca el fuego de tu cuerpo apretándose con fuerza al mío, sonrío y disfruto de esa agradable sensación mientras la áspera cuerda rompe mi cuello.
Como el fuego me quema tu cuerpo sin tocarme, como el hielo me deja congelada tu mirada, golpean tus palabras, puñetazos en mi alma y esos sentimientos ausentes de los ojos de quien ¿me ama ?. No me engaño, no me engañas, no te engañes, NO ME AMAS. ¡¿Amor este infierno?! ¡NO!. ¡Entérate!. No soy una prolongación de tu mente, de tu imagen. No tengo que pensar como tú. ¡Yo tengo criterio propio!. Fuera de mi boca tus palabras, las escupo. ¡Fuera de mi mente tus ambiciones, tus ideas! ¡Fuera de mi cuerpo tus ropas, tus peinados, tus maquillajes! El amor no te da derecho a colonizarme. Yo me pertenezco. ¡Mírame tal como soy! ¡Así soy yo! ¡Sí, distinta a ti!. ¡¿De qué te sorprendes?!. ¡¿Cuál es el problema?! ¡Sí, mi libertad limita la tuya!! ¡¿ y te da derecho a anularme?! ¡¡Para eso déjame en paz!! Vive tu libertad solo. ¿Qué no soportas ver lo vacío que estás solo?… ¿la mierda que te sientes sin mí?. Levántate si eres persona.
Empieza a recoger tus desechos. Limpia tu dignidad, tu estima. ¡Ten coraje!. ¡Basta con este infierno!
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