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Mi tío Luís daba clases en un internado de Valladolid. Todos los años, durante sus vacaciones navideñas, le gustaba pasar las fiestas en nuestra casa. Llegaba con la cantinela de la lotería y descargaba su Chrysler blanco de dulces navideños, garrapiñadas, roscos y unas inolvidables bolas de coco que les compraba a las monjas. Nuestro sentimiento navideño dependía tanto de su presencia que le llamábamos, familiarmente, Papá Noel.
Durante esos días, me gustaba ayudarle en los cuidados de su flamante coche. Lo lavabamos por dentro y por fuera, revisábamos las presiones y los niveles, y hasta le limpiábamos las bujías con un cepillo metálico.
Lo peor llegaba por la noche. La modestia solo nos permitía cederle la mitad de mi cama para dormir. Mientras me pedía silencio al oído con un silbidito de serpiente, le gustaba meter su mano entre mis piernas para apretarme y restregarse hasta mojar las sábanas.
En su última visita retrasó su llegada hasta Fin de Año. Se marchó la mañana de Reyes dejándonos la salita llena de grandes paquetes de colores. Durante el trayecto de regreso, el reventón de un neumático acabó con su vida.
Aquel año los Reyes Magos cumplieron su parte.
RELATO, POR SUPUESTO, FUERA DE CONCURSO
El enemigo se acercaba por los campos de trigo dorado. Un vigía dijo que nos doblaba en numero, y un general que estábamos perdidos. Les dije “Tienen los elementos en contra”.Calculé la velocidad del viento y ordené que los arqueros dispararan flechas con fuego en los tiempos y lugares que le señalé en el mapa y que nuestro ejército fuera siguiendo al fuego a unos cuarenta metros de él.
Yo desde la colina los miraba. Llegó un momento en el que el humo no me dejaba ver nada:
El general venia gritando.¡ Hemos ganado, hemos ganado¡.. Se acercó y me dijo hemos ganado y no tenemos bajas. El vigía que lo escuchó dijo con lágrimas: ¿Ha mirado los campos de trigo ?
Me acuerdo de aquel día porque olía a tormenta. No había amanecido todavía cuando los caballos comenzaron a relinchar. Se movían inquietos y coceaban contra las tablas. El bosque de coníferas que rodeaba el valle ardía igual que lo hacen las hogueras en la noche de San Juan. El pueblo despertó alborotado, legañoso, en bata y zapatillas. Un sollozo ensordecedor huía entre las llamas. Atónitos, estirábamos la mirada buscando una señal, pero como respuesta solo encontramos aquella nube de ojos vidriosos pidiendo clemencia. Luego, como si se hubiera desbocado la chistera de un mago, empezaron a salir lobos, decenas, cientos. Todos aterrorizados. Lobos desmembrados, dejando a su paso un reguero de vísceras y sangre. Detrás, persiguiéndolos, un ejército de Caperucitas, con su ponchos rojos, sus cestas de mimbre y sus trenzas de oro. Las pequeñas los remataban a machetazos. La gente aplaudía. Entonces empezó a llover. La tormenta amilanó el fuego y aplacó la ira de las pequeñas. Allí quedaron los animales, muertos y disimulados entre el barro. Esa misma tarde enterramos a la abuelita. Me acuerdo de las niñas, todas vestidas de bermellón y, también, del olor a hierba húmeda y magdalenas que expelían. Como lloraban, las pobres.
Fue salvaje, pasional, como un tornado en mi cuerpo y en mi mente, nada importaba ese momento, solo sentir esa pasión que me hacía sentir tan viva. Fue increíble, indescriptible lo que me hizo gozar, era una locura, pero no me importaba nada.
La explosión de placer, me nublo los sentidos y me hizo sentirme en otra dimensión, en un lugar donde solo existía el placer. Parecíamos hechos el uno para el otro, el acoplamiento fue perfecto, como una llave en una cerradura y abrió una puerta que hasta entonces era desconocida para mí. Jamás había sentido algo así y con esa intensidad. Él parecía sentirse igual que yo.
Seguimos besándonos mientras me ayudaba a ponerme mi conjunto morado de lencería fina y una vez hecho me estrechó en sus brazos y me besó llenando de fuego mis entrañas. Después abrió la puerta y salió diciéndome ─Ha sido un placer, madame.
Embobada me intenté recomponer y regresar de aquel mundo al que me había lanzado con tanta fuerza que me costaba volver, no me apetecía volver.
Pero era preciso, me vestí, salí del probador y fui a pagar mi vestido recién comprado. Jamás una prenda me había gustado tanto.
Llegué a la casa rural un sábado de otoño ya entrada la noche. Llovía y hacia frio aunque el viento estaba en calma. Reserva individual en habitación doble con vistas al valle. Buscaba refugio, soledad y respuestas. Huía de tu recuerdo, de la tristeza que provocaba tu ausencia, de la impotencia de no tener lo anhelado. Llevaba días sin apetito, con la cabeza ida. Sólo recordaba tu sonrisa, tus ojos, nuestros cuerpos entrelazados dando rienda suelta a la pasión y lujuria. Vida, alegría, fuerza, ilusión, deseo, placer, entrega, sueños. Sólo una regla: amarnos sin límite hasta consumirnos. Por esas noches en tu compañía vendí mi alma al diablo. No me arrepiento.
Entre en la habitación, acogedora, cálida, el fuego de la chimenea iluminaba tenuemente la estancia. Dejé apagada la luz. Miré por la ventana enfocando a la nada. Seguías en mi corazón, inundabas mi alma, mi cuerpo te añoraba desde el deseo más ingenuo hasta el pensamiento más turbio. Volví la cabeza y encima de la mesa encontré unos relatos cortos. Comencé a leerlos con desgana. Terminaron enganchandóme. Durante su lectura tu recuerdo se ausentó. Fueron lo mejor del día, cómo antaño también lo fuiste tú.
Las sombras del quejigo y de la encina, provocadas por la luz de la hoguera, bailan espectrales en la desapacible y oscura noche montañesa. El pastor exhausto por el esfuerzo realizado, resiste estimulado por el vino, de producción propia, ingerido. Alimenta la fogata con la leña recolectada el pasado verano. Poco a poco aproxima los enseres de su compañero, los que le hubiera gustado llevarse con él, que cuidadosamente introduce en el zurrón que el mismo ha confeccionado con la piel curtida de una de sus cabras. Ni siquiera recuerda cómo han empezado a discutir, pudo el alcohol ser el causante, aunque siempre bebían, les ayudaba a conciliar el sueño en las duras noche de la sierra. Observado por los perros arrastra el jergón de paja, criminalmente manchado, para alimentar la lumbre. Las llamas avivadas por el viento parecen pedir más y en pleno frenesí , el zurrón de su amigo y el cayado de boj que éste le hiciera, aún manchado de sangre fresca, son devorados sin remedio por un fuego exculpatorio.
No muy lejos, en el fondo de la Sima del Galayo, un cuerpo inerte favorece las condiciones de vida de sus moradores.
Sucedió unos diez mil años atrás cuando los días desembocaban en largas noches. Eran tiempos oscuros, de frío intenso y de cavernas. El primer hombre consiguió domesticar el fuego. No hubo fiesta. Y sí mucho miedo. La recompensa de su pueblo por temor a que fuera un mensajero del diablo fue ser castigado a la hoguera.
Quizá fue el destino o la casualidad, nunca lo sabremos, o a lo mejor fue solo la lluvia lo que hizo que aquella pareja tuviera que detenerse en una casa rural situada a escasos kilómetros del mar. Lo cierto es que llegaron malhumorados, cansados, aburridos, y después de cenar, casi en silencio, se retiraron a su habitación, se pusieron el pijama, y cuando estaban acostados llamó su atención un librito dispuesto sobre sus respectivas mesillas de noche que parecía invitarles a soñar.
La cebolla tiene que quedar muy fina, para que apenas se note. Con la carne va a ser más difícil. Me lo voy a tomar con calma para no dejar ni una mota en los huesos, bien limpios se van a quedar. Seguro que salen unos cuantos paquetes, para preparar varios pucheros, menos mal que tengo un buen congelador. El más grande lo usaré el domingo para la comida con mi suegra. Es que me estoy imaginando su cara cuando pruebe el estofado, seguro que repite, la muy zorra. Intentará averiguar de donde he sacado esta carne tan buena, insistirá con esa machaconería que me pone enferma, pero se va a quedar con la ganas, sí. ¡Qué calor hace en esta cocina! ¡No importa! Hay que seguir hasta que el agua coja el gusto de las verduras y después le voy a poner este trozo de espalda, ¡la tenía grande, el cabrón! Pedazos muy pequeños, así la voy a cortar, para que quede mejor y luego a hervir muy lentamente. No hay nada como el fuego lento para ablandar cualquier carne. Y a lo decía mi madre: mejor a fuego lento, muy lento.
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