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Yo probaba de tu fruto maduro todos los días y, aun así, me veo obligado a visitar al Doctor Amor, que me tortura con una ristra de boleros nada más llegar a su consulta. Siempre es igual. Yo me tumbo, él se sienta, y mientras transito de nuevo los mismos caminos, conecta su equipo de música. Cuénteme más, dice, y entonces todo se mezcla.
—Recuerda Guillermo, te lo dejé caer, no te enamores de mí.
—No puedes pedirme eso, Evita —gimoteaba, mientras dos adolescentes desfilaban acaramelados compartiendo su iPod por el parque.
Bajaste la mirada, y tu indiferencia me golpeó con una fuerza de doscientos newton, tantos como palabras nos quedaban por decir antes de que acabara Septiembre, y menos de la mitad de los besos que nos dimos bajo aquellos almendros meses atrás.
—Cielo, yo… —balbucía.
—No digas más, por favor.
Esa fue la última vez que nos vimos. Justo a tres manzanas de donde empezamos a pecar.
¿Mitirgarlo? Por el momento, sólo aspiro a que calle ese maldito aparato.
«… te faltó valor de que un día hablaras, decirle a tu gente que todo tu amor le pertenecía a un loco inconsciente…«
—Eh, oiga… ¿se encuentra bien?
Sobre el suelo de la cocina se amontonaban las hojas del calendario que Soledad habia ido retirando paulatinamente mes tras mes dejandolas caer como fruta madura.
Siempre que pasaba a su lado la leve brisa que levantaban sus pies las iba desplazando, lo que hacia que su radio de acción fuese cada vez mayor. Habian pasado doce meses y aquella tarde asombrada por el espectaculo que este hecho le producia decidió ser valiente, cogió una al azar y leyó con voz tenue las anotaciones que figuraban escritas en el reverso.
«Tengo que elejarlo de mi vida«
Impulsada por una fuerza desconocida fué leyendo una tras otra pero esta vez en voz alta:
«No puedo permitir mas humillaciones«
«No lo soporto mas»
«No puedo seguir así»
«Tengo que ser fuerte y marcharme de su lado»
«Así no puedo vivir»
«Mi vida es un infierno«
Cuando hubo leído todas las metió en una maleta y sin pensarlo salio de la casa.Al cerrar la puerta pudo oir su voz que a gritos la llamaba:
«¡Soledad traéme la comida!«
El silencio fué su única respuesta.
Blog = dulcinea-del atlántico
Aguardaban su salida. Insospechadamente, salió por otra puerta. Corrían sus piernas enredadas, ya cansadas, cuando las sintió coserse a la comodidad del calzado. Aún así, resbalaba; pero la querencia lo alzaba de nuevo, más crecido si cabe. Su camarada le esperaba al amanecer.
Abstraído por la carrera, paro de pensar, casi de ver, y oler. Ausente, solo escuchaba gritos; recordaban la proporción de su esfuerzo, aligerándolo.
Cuando la noche, sin luna, se echo encima del rayo de su trote; exhausto, roto, y desnortado cayó sobre algo blando y viscoso, de olor familiar. Sintió jugos húmedos y espesos, pegados en sus piernas y brazos desnudos. Receloso los probó, era… ¡fruta madura! Marchaba… perdido por el Jertes. Necesitaba orientarse; salir inminente hacia la carretera.
Cerca, florecían voces y ruidos de motor. La marea del griterío lo turbaba y situó. El cielo, generoso, clareaba y las manecillas del reloj revelaron la hora. Tropezó y rodó con la fruta aguada. Se incorporó, de nuevo, sobre el boscaje. Alcanzó el arcén. La silueta del compañero ¡esperaba en el Kilometro acordado!
Un último esfuerzo lo arrojó, al galope, hacia su destino. Aceleraba vertiendo los ojos en su única mano; atenazaba la Antorcha Olímpica que continuaba encendida.
El joven que atendía la fotocopiadora, tenía los ojos más tiernos que Elena, jamás había visto. Hacía dos meses, desde que se había mudado al barrio, concurría casi diariamente al lugar.
Conforme con sus escasos recursos, se acomodaba para disponer de las fotocopias que le permitirían, salir del paso en el estudio. Era un cotidiano placer reflejarse en la mirada de Juan. Comenzaron hablando de sus pueblos de origen y terminaron entonando juntos un canción rockera y popular, alentados por una cerveza escondida. Sin embargo, un mostrador siempre los separaba. Aquel sábado al mediodía, sin clientes en la librería, Elena asistió igualmente por sus copias. Esperó que se fuera el personal, pagó a Juan el trabajo y comenzó la conversación, esta vez sobre los árboles frutales de la quinta del abuelo del joven. Entre risas y relatos, un movimiento oportuno, motivó la cadenciosa caída de las fotocopias. Se apresuraron a recogerlas y, a pocos centímetros del suelo, sus alientos y miradas se encontraron. Entonces, el entorno desapareció y Juan solo vio la boca húmeda de Elena, la que entreabierta, le recordó esa fruta madura rebosante de miel y aroma que gustaba cortar del duraznero en verano. El beso fue atrapante.
Blog = No te duermas sin un cuento
En el jardín de la casa de campo de mis abuelos había plantado con mi padre la semilla de lo que años después debía ser un árbol. Varios años han pasado desde entonces y el árbol está en la flor de su vida, como lo estoy yo; de mi padre no puedo decir lo mismo, aunque creo que desde algún sitio debe estar gozando escuchando la música de arpa de sirenas aladas, tomando exóticos elixires, probablemente corriendo tras alguna de ellas.
Hijo, -recuerdo que me decía cuando escondíamos la semilla bajo tierra-, cuando este árbol dé los primeras hojas en sus ramas significará que tu papá empezará a pensar en el más allá; cuando esas ramas sean lo suficientemente gruesas en la primavera observarás como unas bonitas flores irán dando paso en el verano a redondeadas frutas, que al madurar te sabrán a gloria.
Papi, -interrumpiendo su espontánea narrativa-, ¿y podré hacer zumo con mamá para merendar?.
Todavía me acuerdo como si fuese ayer, sintiéndome como fruta madura, como la que también disfruto cada verano recogiéndola directamente del árbol. Mis hijos disfrutan la merienda mientras, a lo lejos, adivino a escuchar la música que mi padre baila con los suyos.
¿Quién soy? Un genio, por supuesto. Un genio desconocido. Un número ínfimo de personas (los más importantes del mundo) saben mi identidad. Solo dos conocen mi obra. Al cabo de larguísimas tratativas estuve de acuerdo a exponer una primera y última creación. El Louvre la pretendió. El Vaticano se opuso vehemente. Expuesta en el Louvre, hubiera adquirido carácter laico. Nadie pudiera parar las consecuencias. Opté por el Vaticano. Puse condiciones.
La manzana es una escultura viva. Es una manzana verde, auténtica, hecha de células vivas. Yo mismo la creé, en mi laboratorio. Mide un metro y flota suspendida en el aire, parada en un presente eterno. Nunca marchitará como fruta madura. Detrás de su corteja verde claro respira su blanca translúcida carne. Su fragancia embriaga el olfato. Será expuesta en una rotonda de mármol blanco, entre las finas columnas de un Templo del Amor Inmaculado. Mi Manzana es vulnerable, requiere medidas de seguridad excepcionales…
No quiero brevetar mi invención. No quiero crear duplicados. No quiero venderla. Tampoco quiero firmarla. Volveré a mi labor secreta. Ya empezaron a excavar una nueva galería en las catacumbas del Vaticano para mis futuras esculturas vivas: pienso en la Loba Capitolina, el David… el Jesucristo Crucificado…
El aviador recorrió el desierto en busca de su joven amigo. Al mediodía tuvo que volver al agua del pozo, a la sombra del árbol y al muro con su serpiente.
—“Regresó a su planeta, a su estrella, a su flor”– fue la respuesta al no encontrar el cuerpo del niño. Arriba, encima de él, entre las hojas, la serpiente realizaba la digestión con el vientre distendido como fruta madura.
Hoy ha sido su cumpleaños: trece años. Se ha pasado el día entero delante del espejo, probándose ropa de su hermana mayor. Quiere ser como ella, tener un montón de novios y dinero para comprar cosas.
Cuando empiezan a oírse por el patio los ruidos de las cenas en las casas de los vecinos sale a buscar a su hermana.
Cruza varias calles hasta llegar a una plazoleta, de arcos oscuros, donde la encuentra fumando y charlando con otras chicas.
No se acerca a ellas, no quiere molestarlas, y se refugia en la sombra de los arcos.
Las ve cuchichear y teme que la echen de allí, pero su hermana se encoge de hombros y dejan de mirarla.
Se apoya en la pared fría. Mientras espera piensa que mañana se comprará un perfume.
De pronto, sin que lo haya visto venir, hay un hombre delante de ella. La niña se pone firme sobre los tacones y le sonríe con su primera sonrisa. El hombre le mira los pechos, que apenas asoman por el escote de la blusa demasiado grande, y dice con voz ronca: «Lo siento, putita, pero yo sólo como fruta madura». Y se aleja hacia las otras mujeres.
Le pide un cartucho de cerezas, granates como besos. Y ella, con la visión de la fruta acurrucada en la cárcel de sus dedos grandes, oye por dentro claramente un clic. Un cortocircuito que le hace parpadear seguido, y abrir de nuevo el abanico. Algo más, señora, le dice él. Y a ella, que quisiera decirle qué más querría, sólo le sale por la boca, un par de limones y la cuenta.
En la penumbra fresca del hostal, imagina que son ahora dos puñados de cerezas sus pechos, apresados entre esas manos morenas; que es cautiva, ella entera, de los brazos y piernas del frutero. Y el techo se le cubre de frutos encarnados que maduran, que revientan a un tiempo, que la inundan sin prisa con su jugo. Rojo que le va y le vuelve de dentro a fuera.
Cuando llega el fin del soliloquio de sus dedos, con los mismos abre la ventana. Él está enfrente, ante la puerta de su tienda, mirándola, jugando en su boca con lo que, está segura, es un hueso de cereza.
Cayó como la fruta madura. Sin apenas tiempo para pensar. Sin apenas tiempo para olvidar. Tres años eran demasiados para vivirlos en soledad, acompañado de recuerdos que solo conseguían transmitirle una sensación de falsa felicidad. Y allí, en la terraza donde contaban las estrellas y sus labios hablaban sin mediar palabra, la brisa del mar le acarició el rostro susurrándole con olor a salitre y espuma su nombre. María. Y pensó que era la hora ya. Y que antes de que los años y el bastón que le aferraba a su perdida juventud le impidieran hacerlo aspiró una vez más el aroma de la rosa que su mano derecha portaba, roja como a ella le gustaban, se encaramó a la barandilla… y cayó. Cayó como la fruta madura cae del árbol cuando alcanza el punto perfecto de madurez y dulzor. Sin miedo. Sabía que María le esperaba al final del recorrido y hoy, por primera vez en tres años, se sintió feliz.
Eva prefirió degustar un trozo de sandía y derramar sensualidad en su mirada mientras tentaba a Adán con su sonrisa salpicada de almíbar.
Blancanieves desdeñó a la ancianita con su cesta cargada de deseos y se fue a coger setas.
Newton contemplaba un ejército hormigas que acreditarían su teoría de la velocidad.
Mientras tanto, las manzanas maduras festejaban su liberación.
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