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Cuenta la leyenda que hay un ente supremo al cual se le adjudica el diseño de lo que hoy conocemos como universo. Sin saber si tenía otro fin que el de hacer más llevadera su propia identidad, comenzó a regurgitar una mezcla de buenos deseos y malos pensamientos.
Creó mundos perfectos, donde todo era sano, no tuvo en cuenta que para un equilibrio energético, era necesario compensar con la destrucción y el caos, dejando siempre algo abierto para su propia seguridad.
Les dio vida. Pero al poco tiempo, reconoció que se generaba descontrol: elementos inteligentes autónomos reseteaban el sistema, algo con lo que tenía que contar.
Decidió clasificarlos, de manera que a modo de estrellas, les daría vida y luz propia, pero también periodo de caducidad. De tantas que hizo en alguna que otra, quedó de cuestionable calidad.
“-Por veinticinco pesetas: personajes que hayan marcado un momento importante en la historia de la humanidad, por ejemplo: Napoleón…
-Napoleón, Rajoy…”
Hoy, que ya solo le quedan tres estrellas en el escaparate, indeciso y sin ideas, usa el comodín del público.
Sabe que queda la esperanza, la avaricia y el último jinete del apocalipsis aún están por llegar.
Ayer papá fue a buscarme al parque antes de lo habitual. Caminamos en silencio por la alameda desierta. Me sentía mal, tenía los pies helados. Empezaba a atardecer y a ambos lados los árboles alzaban al cielo sus brazos desnudos en muda oración.
Al llegar a casa mamá tenía la cena preparada.
– Chicos – musitó – comed vosotros, yo me siento incapaz.
Se dirigió a la repisa, cogió la caja de costura y se encerró en su habitación dando un portazo.
Quise seguirla pero la mirada de mi padre me disuadió.
Desde mi cuarto oía a mamá llorar y a papá intentando calmarla. Su voz sonaba extrañamente dócil:
– Ruth, tenemos que llevarlas, no hay elección.
Apenas he dormido, no sé qué ocurre, no sé porqué no me cuentan nada, no sé por qué de repente este frío, este temblor en los huesos.
Los tres hemos desayunado poco, antes de salir cogemos los abrigos. Acabo de darme cuenta de que cada uno de nosotros lleva en la solapa un parche con una estrella de David en su interior.
Papá abre la puerta. Sí. Parece que el invierno se ha adelantado aquí, en Düsseldorf.
Tengo que hacerlo, no atino a encontrar alternativa, debo abandonar la casa y encontrar alivio. La merma cotidiana e inevitable ha deshilachado nuestras palabras hasta relegarlas al más feroz de los silencios, azuzando la recreación de una vida en la indigencia emocional más absoluta. Tú me sonríes. Yo te sonrío. Nosotros, no logramos miramos…
Es tanta la carga de lo diario que, el cansancio ha perfilado nuestros rostros en una quimera perpetua y hoy, hoy necesito detenerme y reflexionar sobre mi hambre de vida.
Nuestros caminos han llegado a un callejón ciego, mudo y sordo en el que poder esconder en cada pliegue de nuestros sentimientos lo más auténtico.
Ya no puedo seguir mintiéndome con delicadeza, sangrando lentamente; siento la necesidad de alzar la mirada y carearme con la coherencia más íntima, solicito a mi mediocridad dejar de sentirme como un hotel de tres estrellas: discreto, funcional, accesible y sin demasiadas pretensiones. Codicio autonomía para apasionarme, pretendo recuperar las riendas de mi conciencia y dejarte ir, al tiempo que, quiero irme, hilvanar mis soledades en un vaivén de honestidad. La cuenta de nuestro matrimonio, está saldada
Cada mediodía y desde hacía muchos años, la Señora Mercedes limpiaba el despacho de un reconocido novelista. Con esmero repasaba el polvo de las estanterías, llenas de diminutos cajones donde tenía muy bien clasificadas y ordenadas todas las palabras, pequeños tesoros ya olvidados. Aquella mañana, repasó con mucho cuidado cada rincón de la habitación. Castillo, luna, tres estrellas, caballeros, escudo, espada, trono . Muy nerviosa, cogió cada una de las palabras y se las guardó en el bolsillo de la bata. Era su cumpleaños. Cinco añitos y nunca había tenido un cuento.
Me encanta el riesgo.
Llámadme loco, Acusadme de no tener apego a la vida, de ser un inconsciente. Pero, la sensación de dejarte caer desde arriba del puente atado a un simple cable elástico… esa…esa no la cambio por nada.
¡Menuda descarga de adrenalina!
¡Menudo subidón!
¡Uh, uh, uh, uh ,uuuuuh!
Bueno, si acaso… hasta ayer.
La primera estrella la vi cuando, tras arrojarme al vacío, me percaté de que el novato de la expedición era el que había medido mi cuerda. El muy inútil había puesto tres metros más de lo que debía de acuerdo a mi peso. La vi cuando di con mis dientes contra las piedras del río.
El primer y descontrolado impulso hacia arriba me hizo ver la segunda estrella, cuando, desequilibrado como subía, di con la cabeza en un pilar del puente.
Y cuando la cuerda que me sujetaba friccionó contra una esquina de hormigón y se cortó, dejándome caer desde lo alto, entonces vi la tercera y definitiva estrella.
Ahora, desde mi cama del hospital, escayolado e inmóvil desde hace seis meses, apenas atisbo a ver alguna estrella por la ventana, cuando cae la tarde, antes de que esa insensible enfermera me la cierre.
Martes 21
Este bolígrafo verde que papá me ha traído me gusta. Sigue lloviendo. Los del equipo estarán entrenando en el polideportivo. Me duele un poco la cabeza. Hoy empieza la primavera.
Jueves 23
Ayer tocaba quimio, no pude escribir. Hoy está nublado. Han venido a verme los abuelos, el abuelo cada día está más sordo. Están tristes, lo disimulan contándome batallitas. Les quiero mucho.
Viernes 24
Ya tengo compañero de habitación. He perdido el boli verde, pero la doctora me ha dado el suyo esta mañana. Era pelirrojo. Se llama Andrés. A él no le gusta el fútbol, prefiere el baloncesto. He empezado a leer una novela que tiene por protagonista a una rata que se llama Firmin, es diferente, me gusta.
Lunes 27
El sábado tuve muchas visitas. El domingo, papá y mamá con sus mimos y sus besos. Hoy ha venido un hombre divertido. Dice que su cabeza estuvo hace muchos años tan pelona como la nuestra. Ha sacado del bolsillo de su bata tres botones enormes, amarillos, y los ha colgado del techo a diferentes alturas. Parecen estrellas. Cada día va a traer tres botones amarillos, tres estrellas, para que podamos verlas desde la cama.
AGO54. A LA DERIVA, de Joaquín Valls Arnau
AGO135. CUESTIÓN DE IMAGEN, de Belén Molina Moreno
Enhorabuena a los dos.
Ella me preguntó.
-¿Por qué brillan las estrellas, abuelo?
-Porque están felices, ¿ves como titilan? , ese es su corazoncito, que late feliz.
-¿Y porque están felices?
-Porque saben que las queremos, que desde aquí estamos mirándolas, recostados en la hierba y cada una de ellas es un ser a quien amamos.
-¡Huy!, abuelo, mira que grandota es aquella, como brilla.
-Esa, seguro que es tu mamá, orgullosa de verte tan grande, tan buena y tan bonita, y la que está a su lado, es tu hermanito, que se fue con ella.
-¿Y aquella grandota, que esta más allá?, Esta quietita, como mirándonos…
-Esa, es mi mamá, que todavía me cuida.
Nos quedamos en silencio observando aquellas tres estrellas que titilaban en aquel cielo límpido. Pasé mi mano por su cara secando aquella lágrima furtiva y sonreí.
-¡Que lindo tener tres estrellitas que nos cuidan! (Me dijo, abrazándome). Asentí con la cabeza, observando aquellas tres estrellas en que imaginaba a mi madre, mi hija y mi nieto.
-¡Abuelo!, ¿Estas llorando?
Visité cuartos y pasillos atestados de objetos inverosímiles pero no apareció mi paraguas. Esa fue la primera vez que la vi. Volví al día siguiente. Pregunté al encargado por el niño. Me explicó que lo olvidaron en un parque pero que ninguna persona se había interesado nunca por él. Me propuso que, si quería, me lo podía llevar. Que si él me contara. Que esas cosas pasan. Que yo parecía buena persona. Marché sin verla. A la semana regresé. Me enseñó una sala repleta de botes de cristal. Abrió uno y se escaparon tres estrellas. Me reveló algunos secretos: que la gente pierde los sueños en cualquier sitio, que luego ellos los recogen y los guardan en esos frascos. Pero nadie viene a buscarlos. Me volvió a ofrecer al pequeño. Ayer me decidí –no es fácil vivir solo-. Llené la bañera de agua y me puse la corbata. Me entregó al chaval y, cabizbajo, inicié mi marcha. Antes de cruzar el umbral sentí su voz cómplice: “te la puedes llevar, ni siquiera recuerdo desde cuando está aquí”. Llegué a pensar que nunca me lo diría.
Ahora los tres somos felices, una verdadera familia: el niño, la sirena y yo.
Ya es final de verano… La montaña queriendo aprovecharse de los últimos rayos tibios del sol había entreabierto su corpiño y este, rojo de emoción, se deslizo a traición y sus últimos reflejos parecían lamerla con gusto…
Jacques esperaba su ducha cotidiana de estrellas con el corazón oprimido. El cielo cada vez más oscuro parecía una inmensa fragua ya que saltaban ellas tales chispas…
-“Parece este uniforme negro plagado de decoraciones de los caballeros de Saint-Cyr adonde no conseguí entrar…
¿Como explicárselo a mis padres esperando abajo el resultado de mi examen?…
Como explicarles que no anhelo mas que hacer puentes, aeródromos, embalses… ¡y me tienen sin cuidado las decoraciones que sean!…”
A lo lejos vio levantarse la luna, pero un árbol la enjaulaba en su ramaje cuando tanto la habría gustado coger un baño en la vía Láctea…
Así le enjaulaban las tradiciones familiares, tal tapa de baúl de hidalgo, tal tapa de este cielo todo claveteado de plata…
Cuando por fin consiguió la luna escaparse haciéndole un guiño se le hizo evidente:
-“¡Ya sé!… iré a la escuela de Saint-Maixent… seré ingeniero militar y, para darles el gusto, tres estrellitas de graduación… ¿se conformaran ellos?”
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