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Sentado a la sombra de un fresno de Lincolnshire, Newton anda releyendo el drama del paraíso y sobre el versículo 2.23 o 2.24 el sueño lo vence poco a poco y se le nubla la vista.
Lo justo para soñar con Eva desnuda y la manzanita que le tiende al bárbaro toda redondita, asadita con caramelo de ese que emboba la lengua y embadurna la glotis, para entonces el bestia abrasado ya se le abalanza.
Entonces Newton percibe las masas de los dos cuerpos que se atraen entre sí, la escasa distancia entre ambos, percibe incluso el vector unitario que indica la dirección del movimiento, todo de carne palpitante.
Y entre sueños se percata de que la fuerza que ejerce una masa Adán sobre otra masa Eva es directamente proporcional al producto de las masas, e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa.
Siendo G el punto de ella que es constante y desconocido.
Ellos se dormirán, se despertarán, se aburrirán y se alejarán finalmente del árbol de la ciencia indocumentados, ignorados, comerciantes, oficinistas, diputados.
La verdad es que Newton quedóse dormido y a la ensoñación llamaron luego observación.
Como fruta madura, decía el muy tunante.
Primero fue el Alzheimer, después, llegó el olvido. Hoy ha caído.
Sólo grillos. Se desnuda la calma placentera de la noche y se desprende la mañana con lamentos, con suspiros y con violencia.
Primero vienen los camiones, luego los murmullos. Tras los murmullos vienen las prisas, los temores, el juego del escondite.
Le secundan los matones, los golpes, comienza la violencia. Es tiempo para lamentos, para la sangre.
Todos en fila, uno a uno son desprendidos de sus casas. Las madres suspiran, se aferran a una realidad perdida. Los niños se miran, no saben qué pasa, el miedo entra en escena.
Por un sendero de armas y hombres desfilan aquellos críos, expectantes, somnolientos, atemorizados.
Son apilados en un camión rumbo a la guerra, a la sangre, a la muerte. Nadie puede impedirlo.
En el horizonte aquel enorme camión se aleja dejando remolinos de polvo en el camino. No más risas, ni juegos. Sólo grillos.
Mientras como fruta madura, recogida bajo la sombra del frutal, me curto en combate con las avispas que enardecidas zumban, se paran, liban y levantan de nuevo el vuelo. Revolotean entre la calima, yuxtapuestas a mis recuerdos, y me depositan, ora niño, sobre un carro colmado de manzanas rojas que perfuman de “mañanas” la naciente oscuridad. En ese no tiempo, feliz e indiferente en la magia del claroscuro, cierro mis ojos fuertemente rastreándome en el futuro… No veo nada.
De nuevo aquí, abro los ojos, miro arriba y veo caer un fruto maduro que ciega mi visión.
Aquella tarde estaba muy irritada, había quedado con Mario para comer y a última hora, se excusó con un motivo muy peregrino. “Habían regresado sus padres de vacaciones y debía comer con ellos”.
En ese mismo instante desapareció mi apetito. Un mensaje de móvil, con un mísero mensaje de móvil me dio un plantón del quince… No era la primera vez que ocurría, lo hablamos en su momento de forma civilizada y acordamos cuidarnos más.
Sé que tiene el criterio anulado por sus padres, sé que el deseo de agradarles es infinito y el sentido de la deuda inagotable. Hijo único, cuarentón y con demasiadas sombras en su vida.
Yo, divorciada con dos niñas, no muy pequeñas pero cansinas, cuarenta y cuatro para cuarenta y cinco y con una mochila a la espalda que me quiebra el espinazo.
Hace una semana que no sé nada de él, en esta ocasión, se me antojó una majadería su actitud y he tenido que atarme los dedos y el alma para no marcar su número.
Creo que esta historia se ha caído de nuestros corazones como fruta madura en la estación adecuada.
Hoy, con el ánimo enervado, he tomado una decisión.
El sueño era llegar.
Cada día lo intentaba, el ímpetu de su juventud no se conformaba, quería más.
Primero fue un concurso de aficionados, donde con su guitarra se animó, todos lo aplaudieron, se sintió importante, su voz era cautivadora, los amigos lo felicitaron.
Luego lo intento en un canal de televisión, allí lo acompañó un grupo muy afiatado. Este triunfo aumentó su ego, ella estaba allí en primera fila, fue un flechazo, canto como nunca.
Luego llegó la fama, los recitales, la locura desbordada de los fans, ella disfrutaba su fama, se sintió estrella a su lado, luego llegó “ella”, tan blanca, con su mundo fantasmal, todo lo transformo, la visión, la salud. Los momentos dejaron de ser lo que fueron para dar paso a la paranoia, ya no dormía, todo era exceso, su voz dejó de ser lo que lo llevó a éxito.
El apareció con más fama, más dinero, he incluso más atractivo, ella no lo pensó, se fue.
Y llegó el temido final, su cerebro ya no respondía, su voz cada vez se fue perdiendo, con el ego por el piso cayó cual fruta madura, hasta que el olvido le gano la partida.
Yo probaba de tu fruto maduro todos los días y, aun así, me veo obligado a visitar al Doctor Amor, que me tortura con una ristra de boleros nada más llegar a su consulta. Siempre es igual. Yo me tumbo, él se sienta, y mientras transito de nuevo los mismos caminos, conecta su equipo de música. Cuénteme más, dice, y entonces todo se mezcla.
—Recuerda Guillermo, te lo dejé caer, no te enamores de mí.
—No puedes pedirme eso, Evita —gimoteaba, mientras dos adolescentes desfilaban acaramelados compartiendo su iPod por el parque.
Bajaste la mirada, y tu indiferencia me golpeó con una fuerza de doscientos newton, tantos como palabras nos quedaban por decir antes de que acabara Septiembre, y menos de la mitad de los besos que nos dimos bajo aquellos almendros meses atrás.
—Cielo, yo… —balbucía.
—No digas más, por favor.
Esa fue la última vez que nos vimos. Justo a tres manzanas de donde empezamos a pecar.
¿Mitirgarlo? Por el momento, sólo aspiro a que calle ese maldito aparato.
«… te faltó valor de que un día hablaras, decirle a tu gente que todo tu amor le pertenecía a un loco inconsciente…«
—Eh, oiga… ¿se encuentra bien?
Sobre el suelo de la cocina se amontonaban las hojas del calendario que Soledad habia ido retirando paulatinamente mes tras mes dejandolas caer como fruta madura.
Siempre que pasaba a su lado la leve brisa que levantaban sus pies las iba desplazando, lo que hacia que su radio de acción fuese cada vez mayor. Habian pasado doce meses y aquella tarde asombrada por el espectaculo que este hecho le producia decidió ser valiente, cogió una al azar y leyó con voz tenue las anotaciones que figuraban escritas en el reverso.
«Tengo que elejarlo de mi vida«
Impulsada por una fuerza desconocida fué leyendo una tras otra pero esta vez en voz alta:
«No puedo permitir mas humillaciones«
«No lo soporto mas»
«No puedo seguir así»
«Tengo que ser fuerte y marcharme de su lado»
«Así no puedo vivir»
«Mi vida es un infierno«
Cuando hubo leído todas las metió en una maleta y sin pensarlo salio de la casa.Al cerrar la puerta pudo oir su voz que a gritos la llamaba:
«¡Soledad traéme la comida!«
El silencio fué su única respuesta.
Blog = dulcinea-del atlántico
Aguardaban su salida. Insospechadamente, salió por otra puerta. Corrían sus piernas enredadas, ya cansadas, cuando las sintió coserse a la comodidad del calzado. Aún así, resbalaba; pero la querencia lo alzaba de nuevo, más crecido si cabe. Su camarada le esperaba al amanecer.
Abstraído por la carrera, paro de pensar, casi de ver, y oler. Ausente, solo escuchaba gritos; recordaban la proporción de su esfuerzo, aligerándolo.
Cuando la noche, sin luna, se echo encima del rayo de su trote; exhausto, roto, y desnortado cayó sobre algo blando y viscoso, de olor familiar. Sintió jugos húmedos y espesos, pegados en sus piernas y brazos desnudos. Receloso los probó, era… ¡fruta madura! Marchaba… perdido por el Jertes. Necesitaba orientarse; salir inminente hacia la carretera.
Cerca, florecían voces y ruidos de motor. La marea del griterío lo turbaba y situó. El cielo, generoso, clareaba y las manecillas del reloj revelaron la hora. Tropezó y rodó con la fruta aguada. Se incorporó, de nuevo, sobre el boscaje. Alcanzó el arcén. La silueta del compañero ¡esperaba en el Kilometro acordado!
Un último esfuerzo lo arrojó, al galope, hacia su destino. Aceleraba vertiendo los ojos en su única mano; atenazaba la Antorcha Olímpica que continuaba encendida.
El joven que atendía la fotocopiadora, tenía los ojos más tiernos que Elena, jamás había visto. Hacía dos meses, desde que se había mudado al barrio, concurría casi diariamente al lugar.
Conforme con sus escasos recursos, se acomodaba para disponer de las fotocopias que le permitirían, salir del paso en el estudio. Era un cotidiano placer reflejarse en la mirada de Juan. Comenzaron hablando de sus pueblos de origen y terminaron entonando juntos un canción rockera y popular, alentados por una cerveza escondida. Sin embargo, un mostrador siempre los separaba. Aquel sábado al mediodía, sin clientes en la librería, Elena asistió igualmente por sus copias. Esperó que se fuera el personal, pagó a Juan el trabajo y comenzó la conversación, esta vez sobre los árboles frutales de la quinta del abuelo del joven. Entre risas y relatos, un movimiento oportuno, motivó la cadenciosa caída de las fotocopias. Se apresuraron a recogerlas y, a pocos centímetros del suelo, sus alientos y miradas se encontraron. Entonces, el entorno desapareció y Juan solo vio la boca húmeda de Elena, la que entreabierta, le recordó esa fruta madura rebosante de miel y aroma que gustaba cortar del duraznero en verano. El beso fue atrapante.
Blog = No te duermas sin un cuento
En el jardín de la casa de campo de mis abuelos había plantado con mi padre la semilla de lo que años después debía ser un árbol. Varios años han pasado desde entonces y el árbol está en la flor de su vida, como lo estoy yo; de mi padre no puedo decir lo mismo, aunque creo que desde algún sitio debe estar gozando escuchando la música de arpa de sirenas aladas, tomando exóticos elixires, probablemente corriendo tras alguna de ellas.
Hijo, -recuerdo que me decía cuando escondíamos la semilla bajo tierra-, cuando este árbol dé los primeras hojas en sus ramas significará que tu papá empezará a pensar en el más allá; cuando esas ramas sean lo suficientemente gruesas en la primavera observarás como unas bonitas flores irán dando paso en el verano a redondeadas frutas, que al madurar te sabrán a gloria.
Papi, -interrumpiendo su espontánea narrativa-, ¿y podré hacer zumo con mamá para merendar?.
Todavía me acuerdo como si fuese ayer, sintiéndome como fruta madura, como la que también disfruto cada verano recogiéndola directamente del árbol. Mis hijos disfrutan la merienda mientras, a lo lejos, adivino a escuchar la música que mi padre baila con los suyos.
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