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-Ya huele a higos maduros –dice el ciego–. Pronto vendrán las primeras tormentas.
Sentado en el banco de granito junto a la iglesia, nadie le responde, porque no hay nadie para responderle. Aun con la boina encasquetada, su piel busca las primeras sombras aliviadoras de la mañana. Dos gorriones, acostumbrados a sus horas, le picotean restos de comida en los zapatos.
–Ayer no llegó ningún tren… –especula el viejo con los gorriones.
Las nubes, cada vez más grises, se buscan para agruparse de cara a la tarde, cuando tienen previsto descargar. El ciego las escucha, huele el aire, mira al norte y pregunta a la inexistente concurrencia:
–¿Quién va a recoger los higos este año?
Arriba, en la vieja estación abandonada, un golpe de aire parte la última higuera marchita que quedaba en pie.
Cada tarde, a las cinco en punto, se repite la misma historia. Papá se detiene frente a la cerca de la casa, sin decidirse nunca a cruzarla. Se queda varios minutos así, inmóvil, con la mirada perdida, como si se negara a aceptar que ahora las cosas son diferentes. Los ojos de mamá se llenan de lágrimas. Sé, que en el fondo, todavía le quiere y lo que desearía es correr a abrazarle. Sin embargo, se limita a llevarse el índice a los labios, para indicarnos que guardemos silencio. Todo es cuestión de tiempo, si no hacemos ruido, papá siempre termina por cansarse. Es entonces cuando mamá nos llama con un gesto de la mano y vemos a papá, con su carne desprendiéndose como fruta madura, alejarse hacia el resto de los zombis.
Nuestras amigas de Santander proponen un café para conocer a los seguidores de ETC de la zona norte y a todos aquellos que se aventuren a presentarse por allí…
…Eeeeeh… Pero no iba a ser tan fácil. Una propuesta libre para los que asistáis: si os da tiempo a prepararlo hasta entonces, os porponemos que llevéis un relato de menos de 200 palabras impreso en una hoja sin más datos ni marcas, y que desarrolle el tema “cita a ciegas”. Durante el encuentro, los leeremos y jugaremos a intentar adjudicarle un autor a cada texto… ¿Os apetece?
Mi padre era payaso, yo niño prodigio y salíamos a la pista juntos. Él sacaba cosas con colores y me preguntaba «¿de que color es esto?»:“Verde” y el publico se reía. Sacaba otra cosa y si acertaba decía: “este niño está perdiendo facultades”, y así en ese juego entre padre e hijo el público se divertía.
Eran tiempos de higos y a mi me encantaban los “negros”. Una vez en una función sacó un higo “negro” y me preguntó “¿de que color ves este higo negro?» yo dudé unos segundos y le contesté: azul. Aquel día fue esplendido, el público lloraba de risa.
Cuando acabó la función vino un señor y le increpó a mi padre “¡No ve que el muchacho va a tener problemas¡” Mi padre sin inmutarse cogió una bandeja de higos negros y le contestó:” mi hijo cuando sea mayor tendrá problemas pero les dará su solución”. Y cogiendo un higo le preguntó: “¿de qué color ve este higo negro?, y él sin pensar respondió: “azul”, y mi padre le contestó: “igual que yo”. El hombre le tendió la mano y dijo:” tiene razón su hijo no tendrá mis problemas gracias a usted.
Cuando la fruta está madura, es más fácil de masticar, de digerir y sabe más dulce. Aun así, Rosario deja la manzana sobre la bandeja y se estremece, como el rumor de las olas que en ese momento agita el mar de ideas que sobrevuela su cabeza. El dolor no se marcha. En ocasiones, la diarrea es tan fuerte que nota decenas de cuchillas incrustándose en su estómago. Es un sensación atroz, irracional, que no entiende de armisticios ni treguas. Comenzó con una pérdida de peso inexplicable. Luego llegó la fiebre, los vómitos y el cansancio. Su marido le confesó que era algo normal. Un día, en el trabajo, le empezaron a temblar las rodillas y sus ojos se nublaron igual que los de un miope cuando se desprende de las gafas. Conforme transcurrieron las semanas, su risa se apagó y su cuerpo se redujo a huesos y piel.
—¿Ha terminado? —le pregunta la mujer embutida en una bata blanca.
Asiente con la cabeza y cuando vuelve a estar sola, se quita el pañuelo de seda que viste su cráneo, se acaricia la calva que luce desde hace meses y se pregunta en silencio, si alguna vez terminará esa pesadilla.
Siempre me gusta tender la colada al atardecer en la cuerda que hay entre los dos manzanos del huerto. Así, no se ahorca, como decía mi madre, que no soportaba que las sábanas le quedaran tiesas como muertos cuando el sol las achicharraba. Después me siento en la mecedora del porche y espero a que él asome por el sendero, con su andar lento, tras acabar su jornada. Cuando me ve, levanta la mano a modo de saludo, y, yo, siento entonces que las entrañas se me hacen espuma. Hoy no subirá por el camino, como todos los días, pero de todas formas me he sentado a observar con deleite su ropa recién lavada ondear al viento: su camisa, sus pantalones, sus calcetines, su pañuelo, él… ¡Lo que me ha costado colgarlo! Lo veo balancearse, ya sin gracia, y me parece que está a punto de caer de un momento a otro, como fruta madura, aunque algo podrido. No como las manzanas de la cesta que, desde hacía unas semanas, le llevaba a la Encarna cuando se iba trabajar un poco más temprano que de costumbre.
Hoy estoy triste, amada mía. Las cerezas siguen sin madurar, el arroyo está seco y tú no estás aquí.
Estoy palpando este futuro gris que empieza a despuntar. Habrá un tiempo en que la fruta madurará sin olor que perfume el ambiente, habrá un tiempo que engullirá el tacto aterciopelado de los melocotones y los sabores solo serán esencias, mínimas y escasas. Habrá un tiempo en que el verde se convierta en adorno y la piedra en disfraz del asfalto. Las frutas que antaño alegraban veredas en los parques envejecerán sin madurar, los árboles frutales, las flores y tú encerrados entre paredes de cristales dejarán de reír y los colores perderán los matices; entonces intentamos enterrar la conciencia junto a una semillita, en botes reciclados. De la misma manera que ya los muertos no alimentan amapolas, de la misma manera que se ha enlatado el canto de los gallos, así, casi sin darnos cuenta, de la misma manera, amada mía, que he dejado de cargar la pluma para escribirte cartas, que ya no necesito bolígrafo y papel, de la misma manera que te dejo un te quiero entre las ondas y puedes aplastarlo con un dedo sobre una tecla ambigua.
Tras varios meses el libro ha madurado. Con suma delicadeza lo desprende del tallo y corre hasta el atril. Una a una pasa sus páginas y, al llegar a la última, blasfema como un desquiciado. Luego se hunde en un largo silencio del que emerge con un murmullo:
―Hice todo correctamente: planté la semilla bendecida por las brujas en una maceta con tierra de camposanto, recité el conjuro en latín y derramé la sangre nutricia de aquella muchacha que iba a casarse.
Entonces, desde algún lugar recóndito de la memoria, le habla Simone de Beauvoir:
―La gente feliz no tiene historia.
Y el principiante comprende el porqué de las páginas en blanco.
Érase una vez una verde doncella…Así empezaba siempre el cuento a su nietecita Clara, sin palabras rebuscadas; sí con muchos giros y vericuetos inesperados que hacían que la niña abriese los ojos con gran admiración hacia el abuelo. Tenía el arte de contagiar entusiasmo, él conocía bien la narración oral. ¿Y cómo sigue?.. Espera, espera que todavía no hemos llegado al final. Con su voz temblorosa, pero templada, lo hacía largo, lento y con muchos detalles. Clara expectante nunca dejaba de sorprenderse. Sabía que él lo agradecía. Boquiabierta prestaba atención hasta la frase mágica…Y aquella verde doncella, sólo le faltaban unos días de sol para adquirir el brillo y la mácula sonrojada por los rayos, para dejar de serlo. Abuelo, esa soy yo. Él siempre le respondía lo mismo: sí, tú algún día serás como la fruta madura.
Pasaron los años y Clara supo que “Verde doncella” era aquella manzana que el abuelo, después de sacarle brillo, frotándola sobre sus pantalones le daba del huerto. Ahora que él ya no está, ella lleva la producción. Cuando las envasan en cajas, repasa el calibre, el brillo y la maduración. Se acuerda de las noches de cuento del abuelo.
He abierto el álbum al azar y mis ojos se encuentran con la primera foto. En un día claro, sentadas en el suelo del patio, estabais las tres hermanas, niñas aun, sonriendo. La mayor tendría siete años, la pequeña gateaba, y la mediana miraba curiosa sus sandalias rojas. Erais mi trocito de cielo,” las tres de todos mis cuentos”.
De la noche a la mañana crecisteis y comenzó la primavera. Y trajo amores y fracasos, exámenes, fiestas, gritos y llantos, renuncias, engaños. La vida fue bailando con mis tres niñas su música de reveses y entereza.
Cierro el álbum y miro por la ventana, como si desde allí pudiera ver todo lo que se fue. Tuve miedo alguna vez, lo admito, pero se quedará callado en lo más hondo del olvido. Porque el tiempo pasó, sanaron heridas, se abrieron caminos, volvieron las risas.
Hoy estáis en la treintena, y llegáis a mi casa hablando de libros, repartiendo besos, acunando a vuestros hijos, y os veo otra vez sentadas en mi patio sonriendo, como si nunca os hubierais ido. Sois la fruta madura de este árbol orgulloso, las tres hermanas “como en los libros de cuento”.
Reconozco el inicio del verano porque el patio de mi casa se llena con los aromas y los sonidos del proceso de preparación de la tortilla de patata, el reiterado sonido de los tenedores batiendo contra el fondo de los platos. Por fin empieza el calor y los vecinos dejan abiertas las ventanas de sus cocinas.
Por eso todos los septiembres son especiales para mí. Terminado el calor, se amortiguan los sonidos de la tortilla de patatas, la oscuridad vuelve a hacerse con el atardecer y el silencio de mi patio me hace sentirme triste y vacía.
Sin embargo, este septiembre es el más especial de todos. Pasada la barrera de los cuarenta me siento como fruta madura.
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