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1955, Septiembre.
En nuestra casa de Lezama, con 6 años cumplidos, jugaba con la “plastilina” de harina que hacía mi madre para entretenerme, cuando llegó el “cablegrama”. Mi madre rompió a llorar. Había muerto en Orejo el abuelo Victoriano.
Pasado el trance, todos los hermanos estaban en pie entorno a la mesa. Hablaban en voz baja. Nueras y yernos silenciosos, en un segundo plano.
Fonso, que sin ser el mayor era reconocido como el más cabal de los hermanos, mostraba sobre un gran plano las particiones. 2.000 “carros de tierra” de pasto en la margen derecha de la rectilínea zanja del arroyo del “Cerizo”, entre 10 hermanos, salían a 200 carros por familia. Que yo sepa todos quedaron o contentos o resignados. Nunca oí reproches ni se rompió la familia por aquel hecho.
Todo se repartió; excepto los frutales que bordeaban el camino a la poza de los “cuetes”, en el lugar llamado el Bastón. Eran unos pocos manzanos y perales en hilera. Quedó entendido que cualquier Lavín, de los de Victoriano, podría coger fruta de los mismos.
Aunque las peras eran duras y las manzanas ácidas, cada verano, yo, ejercía con orgullo, mi derecho como miembro del clan.
HOY ADULTO,Y MIS LAGRIMAS A VECES…
CORREN POR MI ROSTRO,CON NUMEROSAS ARRUGAS,ESTO ES LO DE MENOS,ES PARTE DE MI TRAYECTORIA.
COMPARANDO A MI NIÑEZ,DONDE A VECES LOS HOMBRSS GENERALIZANDO NO SE PUEDAN ENTENDER,COMO SI FUERAMOS ETERNOS. SIENTO AHORA LA NOSTALGIA,DE LA TRISTEZA,CUANDO LA CRISIS DE 1.930,MI
ESTOMAGO,TENIA SONIDOS DE NOTAS MUSICALES,PODRIA HABER HECHO UNA MUSICA POR LA HAMBRUNA.
NO TENIA UNA FUERZA PARA ENFRENTAR A MI CORTA EDAD,YA QUE MI PADRE,HABIA QUEDADO SIN TRABAJO,POR ESTA CRISIS.
¡YO NO ENTENDIA ESA PALABRA CRISIS!…
ERA UN NIÑO,YO ESCUCHABA SOLAMENTE.MI SUEÑO ERA JUGAR Y SER UN BUEN MEDICO, PERO MIS DOLORCITOS Y SONIDOS EN MI
ESTOMAGO,LA IDEA QUE TENIA EN ESE MOMENTO,ERA ESPERAR VER PASAR EL CARRO QUE LO MANEJABA UN ITALIANO,Y GRITANDO
¡CON FUERTE VOZ!…Y OFRECIENDO SUS FRUTAS.¡YO LE DECIA!… BASTANTE COSAS DESAGRADABLES,PARA QUE EL ME ARROJARA LAS FRUTAS,¡Y YO!… LAS COMIA.Y ASI POR MOMENTOS CALMABA MIS SONIDOS DEESTOMAGO.ASI LO HICE,POR UN TIEMPO. MIS PADRES FALLECIERON,CRECI,ESTUDIE Y SALI DE LA OSCURIDAD,QUE NO ME DEJABA TENER UN PORTE DE HOMBRE.VAGAMENTE… RECUERDO…COMO FRUTA MADURA,QUE LLEVABA ESCRITO EN SU CARRO,
¡QUE FUE!…UN SELLO PARA MI VIDA.
Se había plantado en mi hombro y luego la noté reposar sobre mi cabeza. Era una mariposa dorada con manchas oscuras en el extremo de las alas. No tuve más remedio que acordarme de mi hermano fallecido, Fran, y su afición por la entomología. Al principio expliqué su insistencia por un probable gusto por la fruta madura que yo recogía en el jardín, pero en los días siguientes volvió con el mismo interés por mí.
Una tarde encendí el ordenador de Fran para consultar su catálogo y saber más de ese ejemplar. Era un programa de datos multientrada con una búsqueda compleja. Conseguí ver varias galerías de imágenes sin ningún éxito.
Fue entonces cuando encontré un archivo histórico y comprobé que la última entrada correspondía a unos días antes de su muerte. Cliqué sobre el último día y allí encontré una perfecta foto de la mariposa que buscaba con este apunte:
“ La Argynnis Adipe o mariposa dorada es una especie poco común aquí. Según los alquimistas el polvo de sus alas provoca la muerte, así que me deben de quedar pocos días, porque el ejemplar de la foto me sigue desde hace días, empeñada en posarse sobre mí constantemente.”
«Me gustas cuando te mueves lentamente y susurras con la paz de caricias calmadas, pero también me gustas cuando ruges, te elevas, golpeas, revientas, mueres y vuelves a nacer con furias renovadas.
Me gustas cuando callas y también cuando gritas. Me gustas cuando llegas y cuando te vas y cuando vuelves. Siempre me gustas
Me gustan tus colores cambiantes, todos ellos, pero me gusta, sobre todo, ese color oscuro de lejanía imperfecta, el mismo con que visten los amaneceres, los atardeceres y las noches. Azul marino, azul de mar, azul de soledad y eternidad
Me gustas desde siempre, pero hoy me gustas más«..
Sobre el malecón, frente a un mar calmo y transparente, levantó la cabeza saludando a una luna recién descubierta, la que mueve los mares; luego levantó un brazo, haciendo a una señal a quien tenía que empujar su silla de ruedas.
Mientras se alejaba, sus pensamientos seguían flotando en aquel mar azul.
«Ya ves que hoy he venido a verte y no te he regalado ni un poquito de sal de mis entrañas. Hoy por fin descubrí en qué nos parecemos: tú también necesitas quien te arrastre«.
¿Por qué llegará tan tarde? ─piensa mientras se retuerce las manos con impaciencia─ Tiene que cumplir el contrato. Debe venir. Le pagué todo lo que tenía. ¿Acaso es un delito desear la muerte suave y repentina, y no la que me espera después de enterarme que tengo Alzheimer?
¡Quizás se arrepintió! ¡Es imposible! Fue un verdadero “caballero” que comprometió su palabra en el empeño.
¡Dios mío…! ¡Espero que llegase a contratarlo de verdad…!
Se adelantó con su cayado de plata, por el que subía sibilinamente una serpiente de cascabel. Su gran capa de seda azul marino, con estrellas doradas y medias lunas grabadas en ella. Su porte era imponente y siniestro. Subió al ara y extendió los brazos. Declamó dos conjuros en alta voz, el diestro y el siniestro y, ante el público expectante, lanzó la moneda al aire. El horror estremecía a las masas. Él siempre jugaba con ventaja. Con la boca abierta, la moneda cayó dentro y atascó la garganta del brujo. Nunca más aterrorizó.
Un bosque tupido e inmenso puede resultar siniestro. Pero indiscutiblemente será espeluznante, si lo sumergimos en la oscuridad de una noche sin luna.
Éste lo es…
El viento arrastra gritos desgarradores que rasguñan las cortezas de los árboles, buscando paz en alguna garganta vagabunda. Los escasos y sinuosos caminos llevan hacia la puerta derruida de una aislada cabaña, donde los espectros de los aventureros caídos empañan las ventanas con sus miradas perdidas.
El horizonte se agazapa tras la negrura impenetrable, dejando que todo flote o se hunda a su antojo. El follaje desprotegido llora lamentos secos que embrujan el ambiente, suplicando un amanecer precoz de rayos extensos y tibios.
La desolación es insostenible para la tierra desnuda, que surca su piel para abrir tumbas y decantar voces, miradas y caricias perdidas a metros de profundidad.
La noche parece eterna bajo el cielo calcinado, que derramó su tinta sobre todo lo que no veo. O no distingo, pero está.
Sólo la gravedad y el tacto me mantienen firme a los pies de este gran roble, mientras le imploramos juntos al dios de la claridad.
El firmamento está adquiriendo un esperanzador tono azul marino. O eso creo…
He albergado a familias, a amigos, a amantes. Unos me han entendido y otros me han despreciado. Con unos, mis velas blancas se henchían de viento, surcando el azul del mar, como la blanca cabellera de estrellas de Berenice resplandece en el azul marino del cielo todas las noches y con otros se movían sin unidad ninguna, confundiéndose con los mástiles, como la piel de un perro mojado, como las guedejas de la medusa.
Soy Omega y después de muchas horas de navegación, estoy en tierra, sometido a tratamiento cosmético marino para blanquear la piel de mi casco y peinar la lona de mis velas. A mi lado está reluciente, espléndido como un gato feliz, el catamarán favorito de la escuela del puerto que, a pesar de su juventud, ya sabe lo que a mí me ha llevado tantos años descubrir; le gusta tener este aspecto porque el agua del mar es transparente, por eso le gusta tener la piel de su casco brillante y la lona de sus velas resplandeciente.
(Concursa CAN)
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