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¿Por qué llegará tan tarde? ─piensa mientras se retuerce las manos con impaciencia─ Tiene que cumplir el contrato. Debe venir. Le pagué todo lo que tenía. ¿Acaso es un delito desear la muerte suave y repentina, y no la que me espera después de enterarme que tengo Alzheimer?
¡Quizás se arrepintió! ¡Es imposible! Fue un verdadero “caballero” que comprometió su palabra en el empeño.
¡Dios mío…! ¡Espero que llegase a contratarlo de verdad…!
Se adelantó con su cayado de plata, por el que subía sibilinamente una serpiente de cascabel. Su gran capa de seda azul marino, con estrellas doradas y medias lunas grabadas en ella. Su porte era imponente y siniestro. Subió al ara y extendió los brazos. Declamó dos conjuros en alta voz, el diestro y el siniestro y, ante el público expectante, lanzó la moneda al aire. El horror estremecía a las masas. Él siempre jugaba con ventaja. Con la boca abierta, la moneda cayó dentro y atascó la garganta del brujo. Nunca más aterrorizó.
Un bosque tupido e inmenso puede resultar siniestro. Pero indiscutiblemente será espeluznante, si lo sumergimos en la oscuridad de una noche sin luna.
Éste lo es…
El viento arrastra gritos desgarradores que rasguñan las cortezas de los árboles, buscando paz en alguna garganta vagabunda. Los escasos y sinuosos caminos llevan hacia la puerta derruida de una aislada cabaña, donde los espectros de los aventureros caídos empañan las ventanas con sus miradas perdidas.
El horizonte se agazapa tras la negrura impenetrable, dejando que todo flote o se hunda a su antojo. El follaje desprotegido llora lamentos secos que embrujan el ambiente, suplicando un amanecer precoz de rayos extensos y tibios.
La desolación es insostenible para la tierra desnuda, que surca su piel para abrir tumbas y decantar voces, miradas y caricias perdidas a metros de profundidad.
La noche parece eterna bajo el cielo calcinado, que derramó su tinta sobre todo lo que no veo. O no distingo, pero está.
Sólo la gravedad y el tacto me mantienen firme a los pies de este gran roble, mientras le imploramos juntos al dios de la claridad.
El firmamento está adquiriendo un esperanzador tono azul marino. O eso creo…
He albergado a familias, a amigos, a amantes. Unos me han entendido y otros me han despreciado. Con unos, mis velas blancas se henchían de viento, surcando el azul del mar, como la blanca cabellera de estrellas de Berenice resplandece en el azul marino del cielo todas las noches y con otros se movían sin unidad ninguna, confundiéndose con los mástiles, como la piel de un perro mojado, como las guedejas de la medusa.
Soy Omega y después de muchas horas de navegación, estoy en tierra, sometido a tratamiento cosmético marino para blanquear la piel de mi casco y peinar la lona de mis velas. A mi lado está reluciente, espléndido como un gato feliz, el catamarán favorito de la escuela del puerto que, a pesar de su juventud, ya sabe lo que a mí me ha llevado tantos años descubrir; le gusta tener este aspecto porque el agua del mar es transparente, por eso le gusta tener la piel de su casco brillante y la lona de sus velas resplandeciente.
(Concursa CAN)
Era perfecta en su quietud y palidez translúcida. Vestida de blanco con un ramillete de nomeolvides, la única mancha de color la ponía su hermosa melena negra tan oscura como el azul marino, como la noche que se extendía sobre nosotros como un manto. ¡La deseaba! Su belleza marmórea solo parecía un espejismo. Era de carne y hueso y, para no dañarla ni que otro la deleitase, empezó a engullirla lentamente por la cabeza, mirando a los lados con ojos amarillos triangulados en negro.
Se entrenaban para estar muertos, día a día invertían su tiempo en aulas llenas de conocimientos y vacías de afectos, día a día construyen un futuro, entrenando sus mentes, para rendir en hipotético trabajo que les quitaría lo que quedaba de vida, autómatas consagrados a un reloj azul marino, a un horario a una causa inexistente.
Uno a uno, con cartón en mano desfilaban semi autómatas rumbo a una vida, ya entrenados, ya engrasados, ya muertos.
Imaginó que el cuerpo que abrazaba no era el de su marido, sino el del extraño con el que hizo el amor en una vieja callejuela. Él llevaba una máscara azul que refulgía oscura mientras la luna iluminaba los canales y las máscaras aparecían y desaparecían entre risas, rumor de sedas y brillos de lentejuelas.
El tacto de su mujer le trajo a la memoria otro cuerpo bajo la noche de Venecia. Lucía una hermosa peluca azul, llevaba un antifaz de encaje y había un vaivén marino en su cadencia.
Poco antes había viajado por negocios y nunca le confesaría a su mujer que tuvo una aventura con otra a la que ni siquiera vio el rostro.
Ella seguía sorprendida por la renovada pasión de su marido. Se prometió que nunca le confesaría que, en una escapada imprevista para romper su soledad, se había sentido otra vez viva, en los brazos de un atractivo enmascarado.
Después de todo, nunca volvería a verlo.
Ella vestía de rojo y era la puta más cotizada de la zona portuaria. Él, Bobby McDonalds, lucía un impecable y condecorado uniforme azul marino del que, cada vez que tenía oportunidad, se deshacía.
Ambos formaban la pareja perfecta porque, en aquellos encuentros casuales, ella tenía prisa por acabar y sabía que él se iría antes de llegar. Siempre se iba pronto, quisiera o no. También cabizbajo.
Lola, mientras guardaba en su escote un puñado de billetes, dedicaba una sonrisa complaciente a su esporádico, pero fiel y buen pagador, mal amante. Luego, Bobby, tan cumplidor en su puesto de trabajo pero tan poco en sus ratos de ocio, se vestía con lentitud -ya no había prisa- y se empequeñecía hasta hacerse transparente.
A duras penas le convencí para que saliera del agua. La tarde se nos venía encima, y aún, nos quedaban muchos kilómetros hasta el hospital. Pero aquella parada improvisada merecía la pena. A sus dieciocho años, hoy cumplidos, era su primera experiencia con el mar. Cuando, finalmente, alcancé convencerle, y dejó de chapotear como un niño, nos abandonamos, ausentes, a la orilla de la playa. A ponerle traspiés a la brisa… e inventariar las olas. Yo, las contaba según llegaban…él, por el sonido, por el que hacían al romper sobre nuestros cuerpos. La curiosidad no cupo en mí, y rompí el silencio. Le pregunté por su experiencia, sensaciones, emociones… Me inquietaba saber: ¿Cómo sería el mar en su mundo oscuro? Calló unos minutos…Después, fue tanteando mi ausencia, hasta dar conmigo,con mi brazo, lo apretó fuertemente, y,emocionado, me dijo:
-Es azul, azul…marino.
Don Carmelo acarició su casulla nueva. Era azul marino, como cielo profundo, bordada con la misma seda del manto de la virgen. Ambos estrenarían indumentaria. Ambos irradiarían santidad. Tantas almas recuperadas justificaban el gasto.
Mientras se vestía para la misa, recordó su particular cruzada: sin mujeres jóvenes disponibles, los hombres, desesperados, acondicionaron la cuadra del Pancracio como burdel. Inmediatamente él se impuso la tarea de enmendar a aquellas ovejas estridentes y descaradas. Recordaba cómo los hombres intentaban huir cuando él penetraba en ese zarzal infecto; recordaba su dedo acusador, su ira, ¡cómo disfrutaba amedrentando con su labia, doblegando voluntades! Y vaya si celebraron bodas, ¡como Dios manda! El afecto vendría con el roce. Puso las cosas y las vacas en su sitio.
Alisó sus vestiduras, salió y observó a los presentes: miradas culpables y ningún hombre soltero. Los casados estaban, agarrados, pero estaban. Miró al monaguillo de reojo, «trajeron mujeres nuevas, padre, para las fiestas». “¡Ya empezamos!”, y echó cuentas de los solteros disponibles en la comarca. «Señor, ¿por qué me utilizas de casamentero?”, pensó, pero vio el púlpito y con júbilo y ansiedad sintió afilarse su lengua, su dedo acusador. Y comenzó: ¡En el nombre del Padreeeeee, del Hijooooooo….!
La pareja de barqueros levantaron los remos para descansar un momento en su viaje sobre las aguas opacas y lisas del caudal turbio. Los fresnos que flanqueaban las dos orillas mostraban una gama de hojas de color marrón pálido. La niña observó el cielo tórrido y gris mientras abría el orificio de su máscara protectora para descubrir sus labios rosáceos. Entonces miró el rostro encapuchado de su compañero navegante.
– Papá, ¿recuerdas cómo era el sol?
– Como el disco de un semáforo, brillante. Redondo, igual que una moneda resplandeciente de plata. De un amarillo más intenso que las últimas espigas del trigo que desapareció hace unos años.
– ¿De color amarillo, no era verde?
El padre rió imperceptiblemente.
– No, verde era la hierba, los frutos tempranos y las copas de los árboles.
– ¿Y el azul, cómo era el azul?
Una débil ráfaga de viento los distrajo de su conversación. El hombre hundió su remo en el agua otra vez.
– Sigamos el curso del río y lo veremos.
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