¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


«Me gustas cuando te mueves lentamente y susurras con la paz de caricias calmadas, pero también me gustas cuando ruges, te elevas, golpeas, revientas, mueres y vuelves a nacer con furias renovadas.
Me gustas cuando callas y también cuando gritas. Me gustas cuando llegas y cuando te vas y cuando vuelves. Siempre me gustas
Me gustan tus colores cambiantes, todos ellos, pero me gusta, sobre todo, ese color oscuro de lejanía imperfecta, el mismo con que visten los amaneceres, los atardeceres y las noches. Azul marino, azul de mar, azul de soledad y eternidad
Me gustas desde siempre, pero hoy me gustas más«..
Sobre el malecón, frente a un mar calmo y transparente, levantó la cabeza saludando a una luna recién descubierta, la que mueve los mares; luego levantó un brazo, haciendo a una señal a quien tenía que empujar su silla de ruedas.
Mientras se alejaba, sus pensamientos seguían flotando en aquel mar azul.
«Ya ves que hoy he venido a verte y no te he regalado ni un poquito de sal de mis entrañas. Hoy por fin descubrí en qué nos parecemos: tú también necesitas quien te arrastre«.
¿Por qué llegará tan tarde? ─piensa mientras se retuerce las manos con impaciencia─ Tiene que cumplir el contrato. Debe venir. Le pagué todo lo que tenía. ¿Acaso es un delito desear la muerte suave y repentina, y no la que me espera después de enterarme que tengo Alzheimer?
¡Quizás se arrepintió! ¡Es imposible! Fue un verdadero “caballero” que comprometió su palabra en el empeño.
¡Dios mío…! ¡Espero que llegase a contratarlo de verdad…!
Se adelantó con su cayado de plata, por el que subía sibilinamente una serpiente de cascabel. Su gran capa de seda azul marino, con estrellas doradas y medias lunas grabadas en ella. Su porte era imponente y siniestro. Subió al ara y extendió los brazos. Declamó dos conjuros en alta voz, el diestro y el siniestro y, ante el público expectante, lanzó la moneda al aire. El horror estremecía a las masas. Él siempre jugaba con ventaja. Con la boca abierta, la moneda cayó dentro y atascó la garganta del brujo. Nunca más aterrorizó.
Un bosque tupido e inmenso puede resultar siniestro. Pero indiscutiblemente será espeluznante, si lo sumergimos en la oscuridad de una noche sin luna.
Éste lo es…
El viento arrastra gritos desgarradores que rasguñan las cortezas de los árboles, buscando paz en alguna garganta vagabunda. Los escasos y sinuosos caminos llevan hacia la puerta derruida de una aislada cabaña, donde los espectros de los aventureros caídos empañan las ventanas con sus miradas perdidas.
El horizonte se agazapa tras la negrura impenetrable, dejando que todo flote o se hunda a su antojo. El follaje desprotegido llora lamentos secos que embrujan el ambiente, suplicando un amanecer precoz de rayos extensos y tibios.
La desolación es insostenible para la tierra desnuda, que surca su piel para abrir tumbas y decantar voces, miradas y caricias perdidas a metros de profundidad.
La noche parece eterna bajo el cielo calcinado, que derramó su tinta sobre todo lo que no veo. O no distingo, pero está.
Sólo la gravedad y el tacto me mantienen firme a los pies de este gran roble, mientras le imploramos juntos al dios de la claridad.
El firmamento está adquiriendo un esperanzador tono azul marino. O eso creo…
He albergado a familias, a amigos, a amantes. Unos me han entendido y otros me han despreciado. Con unos, mis velas blancas se henchían de viento, surcando el azul del mar, como la blanca cabellera de estrellas de Berenice resplandece en el azul marino del cielo todas las noches y con otros se movían sin unidad ninguna, confundiéndose con los mástiles, como la piel de un perro mojado, como las guedejas de la medusa.
Soy Omega y después de muchas horas de navegación, estoy en tierra, sometido a tratamiento cosmético marino para blanquear la piel de mi casco y peinar la lona de mis velas. A mi lado está reluciente, espléndido como un gato feliz, el catamarán favorito de la escuela del puerto que, a pesar de su juventud, ya sabe lo que a mí me ha llevado tantos años descubrir; le gusta tener este aspecto porque el agua del mar es transparente, por eso le gusta tener la piel de su casco brillante y la lona de sus velas resplandeciente.
(Concursa CAN)
Era perfecta en su quietud y palidez translúcida. Vestida de blanco con un ramillete de nomeolvides, la única mancha de color la ponía su hermosa melena negra tan oscura como el azul marino, como la noche que se extendía sobre nosotros como un manto. ¡La deseaba! Su belleza marmórea solo parecía un espejismo. Era de carne y hueso y, para no dañarla ni que otro la deleitase, empezó a engullirla lentamente por la cabeza, mirando a los lados con ojos amarillos triangulados en negro.
Se entrenaban para estar muertos, día a día invertían su tiempo en aulas llenas de conocimientos y vacías de afectos, día a día construyen un futuro, entrenando sus mentes, para rendir en hipotético trabajo que les quitaría lo que quedaba de vida, autómatas consagrados a un reloj azul marino, a un horario a una causa inexistente.
Uno a uno, con cartón en mano desfilaban semi autómatas rumbo a una vida, ya entrenados, ya engrasados, ya muertos.
Imaginó que el cuerpo que abrazaba no era el de su marido, sino el del extraño con el que hizo el amor en una vieja callejuela. Él llevaba una máscara azul que refulgía oscura mientras la luna iluminaba los canales y las máscaras aparecían y desaparecían entre risas, rumor de sedas y brillos de lentejuelas.
El tacto de su mujer le trajo a la memoria otro cuerpo bajo la noche de Venecia. Lucía una hermosa peluca azul, llevaba un antifaz de encaje y había un vaivén marino en su cadencia.
Poco antes había viajado por negocios y nunca le confesaría a su mujer que tuvo una aventura con otra a la que ni siquiera vio el rostro.
Ella seguía sorprendida por la renovada pasión de su marido. Se prometió que nunca le confesaría que, en una escapada imprevista para romper su soledad, se había sentido otra vez viva, en los brazos de un atractivo enmascarado.
Después de todo, nunca volvería a verlo.
Ella vestía de rojo y era la puta más cotizada de la zona portuaria. Él, Bobby McDonalds, lucía un impecable y condecorado uniforme azul marino del que, cada vez que tenía oportunidad, se deshacía.
Ambos formaban la pareja perfecta porque, en aquellos encuentros casuales, ella tenía prisa por acabar y sabía que él se iría antes de llegar. Siempre se iba pronto, quisiera o no. También cabizbajo.
Lola, mientras guardaba en su escote un puñado de billetes, dedicaba una sonrisa complaciente a su esporádico, pero fiel y buen pagador, mal amante. Luego, Bobby, tan cumplidor en su puesto de trabajo pero tan poco en sus ratos de ocio, se vestía con lentitud -ya no había prisa- y se empequeñecía hasta hacerse transparente.
A duras penas le convencí para que saliera del agua. La tarde se nos venía encima, y aún, nos quedaban muchos kilómetros hasta el hospital. Pero aquella parada improvisada merecía la pena. A sus dieciocho años, hoy cumplidos, era su primera experiencia con el mar. Cuando, finalmente, alcancé convencerle, y dejó de chapotear como un niño, nos abandonamos, ausentes, a la orilla de la playa. A ponerle traspiés a la brisa… e inventariar las olas. Yo, las contaba según llegaban…él, por el sonido, por el que hacían al romper sobre nuestros cuerpos. La curiosidad no cupo en mí, y rompí el silencio. Le pregunté por su experiencia, sensaciones, emociones… Me inquietaba saber: ¿Cómo sería el mar en su mundo oscuro? Calló unos minutos…Después, fue tanteando mi ausencia, hasta dar conmigo,con mi brazo, lo apretó fuertemente, y,emocionado, me dijo:
-Es azul, azul…marino.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









