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GIANI STUPARICH. La isla.
Si mi cabello fuera azul lo dejaría crecer y crecer, y parecerían sus ondas las olas plácidas que preceden a las mareas.
Si mi cabello fuera azul los peces nadarían en él y tendría un mapa del firmamento dibujado por las estrellas.
¡Cuánto daría por tener un cabello azul como el océano y romper en las rocas mil puñados de espuma!. Me mirarían con simpatía los barquitos del puerto, y un albatro confundido me seguiría tierra adentro. Si mi cabello fuera azul no tendría esta nostalgia de mar que se me ha quedado en la garganta.
Cada mañana miro el espejo por si mi cabello se hubiera vuelto azul. Nunca es azul. Nunca volverá a serlo.
Oigo en el mar, a lo lejos, los gritos de mis hermanas. Cierro los ojos y suspiro. Saboreo con una sonrisa la sal de mis lágrimas.
Si mi cabello fuera azul…
Nubarrones, lluvia. Gris y húmedo el cabello despeinado. Caminaba despacio dejando que el agua empape su traje. No le importó perder su perfume caro en la calle embarrada. No le importó el frío que lo entumecía. Miró su caro reloj y apuró el paso. Llegaría puntual, como siempre. Dobló la esquina y alzó la vista. Allí estaba ella. Su impermeable azul marino realzaba la rubia belleza. Y sus ojos… ¡Dios! Sus ojos eran el mar en el que siempre deseaba sumergirse, el mar que alguna vez perdió y ahora rencontraba. La dulce mirada de la que amó. Atrapado por ese abismo azul marino, escuchó su propia voz susurrar el breve saludo:-¡Hola, hija!- Y tiernamente la abrazó.
La observo desde lejos. No quiero romper la magia de este primer encuentro. Veo cómo se acerca poco a poco, con pasos temblorosos. Sigue con los ojos el rítmico movimiento de las olas y calcula para detenerse en el punto exacto. La espuma del mar llega hasta apenas unos milímetros de sus pies. Me preguntó en qué estará pensando. No se mueve. Mira hacia el horizonte y, aunque desde mi posición no puedo verle la cara, imagino una leve sonrisa que viene y va con cada ola. Saco el móvil de la bolsa de la playa para inmortalizar el momento. Hago la foto. Todo azul. El cielo y el mar unidos por el horizonte. Una línea de arena y ella. Subo la imagen a facebook.
– Mi abuela y el mar.
Querida Araceli:
Todo lo que veo es mar. Siempre que el piélago cambia de color, su aroma alterna con la temperatura, con el viento, con el sol, mientras juega con el agua. Es como la paleta de un pintor al mezclar los colores: azul claro, azul azulete, azul verdoso, azul plata…Y es el azul marino el que se queda en mi retina, fijo como si estuviera pintado en mi mirada. Lo guardo porque en ella, estás tú.
Confinado en el faro, Pedro envía una postal a Araceli cada día, diciéndole: todo lo que veo es mar.
Hace años sentados bajo el emparrado, a la salida de su casa, se veía el mar. Por las noches después de la faena, él fumaba en silencio y ella tejía a ritmo lento.
A lo lejos parpadeaba la luz del faro al ritmo del sonido entrecortado del motor de las barcas de pesca.
De vez en cuando una brisa les traía el olor de la higuera, él decía alguna frase y ella asentía en silencio.
Hoy la casita resiste entre varios edificios de apartamentos, pero ya no se ve el mar, sólo algunas noches tranquilas se escucha el motor de las barcas de pesca. Él viene en invierno cuando está tranquilo, para recordarla en los ecos de otros tiempos. Se sienta bajo el emparrado, enciende su pipa y observa las luces de los edificios vecinos que como son de la tierra y no del mar, ni se mueven, ni parpadean.
¿Qué prefieres? ¿El traje azul o el gris?
No hace falta que me respondas, el azul marino era el que elegías las mañanas de domingo en las que corrías a su encuentro y también en las noches de verano en las que, con la excusa de sacar al perro, volvías después oliendo a ella.
Está decidido: el traje gris y como broche la corbata de nubes, si, ya sé que nunca te gustó, pero por una vez la vas a llevar sin rechistar.
Estás algo pálido pero muy guapo, este momento se merece una foto de nosotros dos muy juntos para mandársela a ella y, de una vez por todas, se dé cuenta que solo me quieres a mí.
No te muevas, pongo la cámara en automático y corro a pegar tu cara a la mía, con la mejor de mis sonrisas.
¡Que frio estás! Espero que la zorra de tu amiga no note tu rigor mortis.
Contaba mi abuela, con la persistencia de la memoria lejana típica de los ancianos, que a mi abuelo le habían tomado aquella fotografía apenas unos días después de regresar de Dominica, de donde había vuelto con un loro, mucha agua en los ojos y unas fiebres tropicales intermitentes. Aquello había sucedido hacía mucho tiempo, un tiempo cuando en los atardeceres de agosto los dos se sentaban bajo la umbrosa parra del patio y compartían una jarra de limonada recién hecha entre los juegos de los niños, un tiempo… Y ahí, invariablemente, callaba y acariciaba con las yemas de los dedos al joven apuesto en su uniforme azul de marino que la miraba desde el sepia de la foto y de sus propias manos arrugadas, el mismo hombre que ahora me mira a mí desde la misma foto, enmarcada sobre la mesa de mi estudio, mientras mis dedos dan forma sobre el teclado a la frase que mi abuela siempre calló: un tiempo feliz, antes de que la guerra, el penal militar y el fusilamiento lo arrancasen de ella, dejándole tan sólo la imagen, para siempre congelada en sepia, de aquel joven apuesto en su uniforme azul de marino.
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Yo, Haakon el viejo; séptimo vástago del procurador Kärl de Helsingborg; navegante y cursado en el achaque de aventuras, he de testificar esta cosa de brujería acaecida el diez de agosto de 1628, porque las generaciones venideras guardaren constancia del infelice suceso.
Estando junto al puerto de Estocolmo, a obra de las tres del día, vi de venir a lo lejos una recua de soldados en guisa de acometer altos menesteres a nombre de nuestro rey y señor Gustavo II Adolfo, a juzgar par sus emblemas.
Acuitábame la idea de ser descubierto par ellos y me oculté tras de unas peñas. Vilos aproximándose a un buque desaforado, fermosísimo, con esculturas en toda su popa. ¡Sesenta y cuatro cañones portaba aquel navío, sin duda el más grande jamás contemplado en estas tierras de Suecia!
Y en encomendándose a nuestro Altísimo Señor, zarparon a hacerles batalla a esos bellacos de la alongada Polonia. Estaba la mar azul… marina, cuan los ojos de Freya, diosa de los vikingos.
Mas en desgracia deben tener los cielos a la estirpe de los Vasa: de industria hundieron el barco frente a las mesmas costas, sin dejar marino alguno con vida. Engulléronlos las olas, oh, cruel destino.
Mi color preferido es el azul marino, todos se extrañan. ¿Porqué azul y no negro?.
Pero que importa, si no puedo moverme de esta silla que lleva ya unos cuantos años torturando mi vida.
Lo que realmente importa es el tiempo que ha pasado. Tan deprisa, tan silencioso, dejando huella en cada uno de los poros de mi piel.
La soledad deforma mis huesos, los recuerdos se alejan de mi, como se alejó mi juventud y las lágrimas corretean por mis mejillas, recorriendo las arrugas incrustadas en mi ser.
Lo que si recuerdo es su sonrisa, la mirada azul marino de sus ojos, el semblante tranquilo de su cara, el amor que me dio durante tantos años maravillosos. Esos recuerdos los he grabado en mi cabeza y pienso en ellos cada día hasta el día que me muera. En ese momento, me encontraré con él. Me mirará con sus ojos azules que harán juego con el azul de mi vestido y nos besaremos como antes.
Todavía se extrañan. ¿Porqué azul marino y no negro?
Estiró su cuello para que la mirada se llenase del mar al golpear en su costa adorada. Imaginaría la luz juguetona penetrando hacia las algas, al fondo; donde se fue casi todo. Lanza a la brisa ungida de luz el reproche de la tragedia, al aroma cercano de mejillones, y al Azul. Quizá por última vez el piloto contemplaba solemne aquellos azules marinos hasta la lejanía, donde comienza la línea del horizonte y el matiz blanco adquiere protagonismo. Allí, en el cielo otros azules distintos, una hipérbole azul.
Nunca le abandonó el momento en que la tormenta impuso su poderío, cuando en forma de lametazo le dejó el salitre en las entrañas. Instante, que el destino decidió salvarlo a él, para que lo pudiera contar. Loco, desde entonces, y sin echarse a la mar. Y desde tierra, en esa hora mágica en la que los dibujos de la arena se convierten en jeroglíficos, y el sol sumerge su disco antes de que las estrellas acribillen el otro azul. Él, se había ahogado en alcohol.
Ya era marinero antes de nacer.
El salón está a oscuras. En la calle, el sol vespertino de julio es implacable. Andrea parece una estatua de sombra sentada en el sofá: inerte, abismada en su vacío azul acerado y profundo.
La falta de Catalina le duele. Echa de menos sus alegres recibimientos al llegar a casa, sus miradas comprensivas, su cuerpo suave acomodado en su regazo.
Ella le procuraba la compañía afectuosa que su único hijo Lorenzo, al que tuvo que sacar adelante sola y como pudo, no supo o no quiso ofrecerle; quizá por ello su muerte le afligió menos. Incluso, si ha de ser sincera consigo misma, la deseó a veces.
Lorenzo solo tuvo para ella rechazo, silencios, gestos displicentes… Jamás le gritó. Golpes no le propinó nunca: “Pegar a una madre -decía- es de descastados”. Únicamente Catalina, la perra, recibió algún que otro revés, de los que ella, reconoce con vergüenza, en ocasiones sintió envidia.
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