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Observo al cielo y reflejo su oscuridad, mientras mi corazón se apaga, «poquito a poco» como dice la canción.
Muero.
Tumbada en la terraza de casa, me arropa la noche con su manto estrellado. Escucho los pasos de la muerte pero me asustaría más la posibilidad de no poder localizarlos en el firmamento por última vez. Tiembla mi mirada al esforzarse por encontrarlos. El dolor me provoca unos segundos de ceguera. Al abrir mis ojos, veo el triángulo de fantasía que siempre han formado, aunque desaparecieran en fechas distintas. Me sacan una última sonrisa, mientras los recuerdo uno a uno: A la izquierda, el Italiano de los porqués, de las fábulas imposibles, de las canciones y de los cuentos por teléfono, el genio capaz de crear una gramática de la fantasía. En lo más alto, el Alemán interminable, el inventor de los hombres grises que nos roban el tiempo, el de los 13 salvajes, Lucas el Maquinista y Jim Botón. A la derecha, el Británico que hizo de su vida una serie de relatos inesperados y oscuros, capaz de imaginar una tableta de chocolate única, un melocotón gigante y una niña eternamente recordada como Matilda. Y…
desaparezco
en ellos.
No quiere irse a la cama, esta noche no, se ha sentado en la puerta de casa para contemplar el cielo. Le tiemblan las comisuras de los labios que no se sostienen por el peso de las penas. Sus ojos vidriosos están clavados en esas tres estrellas que brillan por encima de las otras. Han vuelto.
La primera vez se llevaron a Andresillo, el más pequeño, que se ahogó en el pozo.
La segunda, no quiso mirarlas para ver si así pasaban de largo sin cobrar ningún tributo, pero Adela las vio, cogió la maleta y voló tras ellas. Aún, cada mañana, sale a otear el horizonte para ver si algún día la ve regresar entre las brumas y la niebla.
Sabe a qué han venido esta vez y está preparado. Se acurruca en su primer beso; en el olor de los prados recién segados; en los pajares, cómplices de tanta pasión furtiva; en la lumbre solitaria del hogar… Las mira un último instante y cierra los ojos. El cárabo entona un réquiem, las luciérnagas apagan sus luces y el viejo bastón descansa a los pies de su memoria.
Tres distancias descubro escritas en la noche. La primera se esconde oculta entre las nubes. Como tu boca, escapa. Ella es altiva y frágil y sabe que la espero. Mis sábanas la cubren y cantan una nana hasta que cae dormida, enamorada. Embarazada de mis besos, se entrega al fin y pide que la envuelva el celofán del sueño.
La segunda tus ojos, cosidos a la noche, se adhieren a la piel y la desangran. Como un ave dormida le roban a la aurora la luz de una guirnalda en el jardín del cielo.
Son tus manos la otra, que me rozan y trepan con la avidez del trueno. Puedo verlas. Las miro. Las miro y las aprendo: sus firmes geometrías, la callada liturgia que en sus dedos se enreda. He de rozar los bordes de su cara secreta y sus nudillos suaves y…..(……)…….Presiento que me llevan y que será esta noche. Te dejo mis palabras colgadas de este verso. Tal vez hoy sea yo quien clave en este cielo tres luces con mi nombre donde puedas mirarme, cada noche. Y entonces viviremos (Agosto,1936 )
Señorita Maricarme, no pude estudiar para este examen de cono. Ayer mi madre estaba triste y cuando ella está triste se le escapan las fuerzas, se queda sin palabras y sus ojos sólo miran al suelo. Entonces yo la cuido. Por eso, ayer nos pasamos la tarde viendo fotos, porque ella dice que es como acariciar a los que ya no están. Por eso no me sé los nombres de los planetas, pero como se trata del espacio, si sirve, yo le puedo decir el nombre de las tres estrellas que veo cada noche desde mi balcón: una es mi abuela y se llama Matilde, la otra es mi tía y se llama Carmela y la más grande, la que billa más, es mi papá y se llama Tomás.
No se preocupe si me suspende. Cuando tenga tiempo yo me aprendo los nombres de todos los planetas.
Las veces que estoy lucido regreso a casa para que mi padre no esté solo, como ayer. Lo hallé en la terraza, como era de suponer, contemplando la noche estrellada, aunque esta vez noté en él una euforia que no me quiso descubrir sin antes volverme a relatar la historia de su vida.
Una existencia maltratada por la desgracia que se resumía en la muerte de mi abuela en tierna infancia, la pérdida de mi madre y de mi hermana en un accidente, y luego yo…
Me anticipé a su final y le señalé las tres estrellas del cielo. Él entusiasmado por mi acierto gritó:—¡Ahí están las tres Marías! —y me abrazó como cuando era niño. Lloré. Juro que fue eso lo que provocó mi ansiedad y los sudores fríos. Sentí que mi cuerpo no me pertenecía y él se percató. Para calmarme me reveló su buena nueva: —¡Soy millonario! —exclamó mientras me enseñaba el cupón premiado. Desde ese momento no recuerdo nada más, todo son imágenes borrosas que quisiera olvidar, por lo menos hasta que cobre el premio, me lo inyecte y marche a reencontrarme con los míos allá en el cielo.
Ella aguarda, mientras contempla la luna que levita triste sobre la superficie del agua, derramando gotas de luz gris, luz que es imposible olvidar, que es imposible no amar.
Ella anhela, junto a ese mar oscuro, tan lleno de malos recuerdos, que ya no tiene cabida para los reflejos de las estrellas; tan lleno de sueños postergados, que el rumor de sus olas, se asemeja al sonido de un adiós.
Ella llora, mientras él se detiene a su lado e intenta consolarla acariciándole el cabello. Se acerca a su oído y le dice quedamente que ya no está sola.
Ella calla y sonríe, a pesar de que quisiera responderle, que no basta con saberlo para alejar la soledad.
Quiero agradecerles públicamente su aceptación incondicional a ellos y a todos los que habéis pasado por esa situación y mostraros mi gratitud al resto, porque si todas las invitaciones ofrecidas para ser jurado han sido aceptadas sin dudar ha sido como una muestra del buen estado de confianza y respeto que mantenéis en este concurso, y eso es mérito de todos los que visitan este blog.
Miro al firmamento en busca de una luz que sea mi guía. Un hilo plateado surge de tres estrellas, llega hasta mí y celosamente van cociendo las fisuras que hay en mi corazón. En ese momento me doy cuenta que la vida es como un río, unas veces sus aguas están calmadas y otras la lluvia lo desborda. Mi barca, transita por ese río buscando el cauce correcto que le lleve hacia un mar que le de la felicidad, guiada por tres estrellas que desde el cielo le protegen ante cualquier tempestad. Mi barca no tiene velas, porque las tormentas las rajaron y sus remos no los puedo encontrar. Pero sigo navegando por ese río que la lluvia al hacerlo crecer desborda sus aguas, entonces compruebo que con cada gota caída, los terrenos desolados de sus márgenes, van regándose y van haciendo germinar nuevas esperanzas. Busco en el interior de mi barca y observo que me queda un remo, estaba escondido, está un poco castigado por el cauce del río, pero posee la fortaleza y robustez para seguir navegando en busca de ese mar, donde encontraré el par que un día perdí y que me dejó estancada y sin navegar.
Una muchacha por la orilla del mar al atardecer paseaba,
cogiendo piedras marinas y conchas vacías caminaba,
mientras sus pies descalzos en la arena su huella dejaban,
a cada momento una ola de las profundidades marinas salia,
mojando así sus pies desnudos, y hasta su vestido de seda mojaban,
a ella esa humedad le gustaba.
El sol ocultándose en el horizonte…
ya casi no quedaba luz del día,
y la muchacha paseando por la orilla del mar seguía.
De pronto la ola que sus pies mojaba,
en la arena una estrella de mar depositó,
ella sorprendida, en su mano la cogió
¿que significaba aquella estrella marina?
Mientras… al cielo con emoción miraba,
ya la estrella polar en el firmamento con intensidad brillaba,
¿que era aquella casualidad?
¿ que era aquel suceso que a orilla del mar se producía?
Ella paseaba por la orilla, y la estrella en su camino se cruzó,
y en el cielo… la estrella polar su camino alumbraba.
En un momento tres estrellas allí se juntaron,
la estrella polar en el cielo brillaba,
la estrella de mar que en su mano ella tenia…
y otra casualidad era, que la muchacha… de nombre Estrella se llamaba.
Entre la espesura del bosque, soportando la tensa espera, miró al cielo, allí estaban; las lágrimas resbalaron por su cara, intentó recordar cuándo había sido la última vez que se había sentido así y no lo recordó, quizá porque fue en la adolescencia, en la infancia, cuando la vida no podía volverse amenazante ni cruel, cuando no se pensaba en la enfermedad, en el abandono, en el dolor, en las dudas, en la soledad, en el miedo.
Allí estaba él, mirando las tres estrellas, deslumbrado por su brillantez, recordando las historias que su abuelo en noches como esta le contaba sobre el Cazador mientras que agazapados, acechaban en la oscuridad cualquier atisbo de movimiento.
El Contador de Estrellas, encargado de vigilar el cielo cada noche, es elegido por los Sacerdotes siguiendo el rito de una ancestral ceremonia. Si descubre, al realizar sus cálculos mistéricos desde el observatorio, que tres estrellas han desaparecido, sabrá con certeza que una muchacha núbil ha perdido su virginidad. Así ha sido siempre. Deberá acudir al templo para comunicarlo, y allí, sobre el gran mapa cósmico que domina la cúpula, se borrarán las estrellas apagadas y el Cartógrafo Celeste trazará, entre los huecos que ha dejado otra noche de pecado, las líneas invisibles que dibujan el Triángulo. Este será comparado después con los diseños que la Adivina realiza tras cada nacimiento, y que son custodiados desde entonces por el Guardián de la Virtud junto con nuestros nombres.
Y la impura es descubierta.
Harán tañer con furia las campanas hasta que sea encerrada en una estrecha celda que no tiene ventanas, donde están prohibidas las antorchas, y allí pasará el resto de su vida sin contacto con ser humano alguno. Yo no sabía que el castigo podría resultar aún más duro. Por eso te lo cuento tantas veces, mi niña, para que cuando nazcas nunca le tengas miedo a la oscuridad.
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