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Yo, Haakon el viejo; séptimo vástago del procurador Kärl de Helsingborg; navegante y cursado en el achaque de aventuras, he de testificar esta cosa de brujería acaecida el diez de agosto de 1628, porque las generaciones venideras guardaren constancia del infelice suceso.
Estando junto al puerto de Estocolmo, a obra de las tres del día, vi de venir a lo lejos una recua de soldados en guisa de acometer altos menesteres a nombre de nuestro rey y señor Gustavo II Adolfo, a juzgar par sus emblemas.
Acuitábame la idea de ser descubierto par ellos y me oculté tras de unas peñas. Vilos aproximándose a un buque desaforado, fermosísimo, con esculturas en toda su popa. ¡Sesenta y cuatro cañones portaba aquel navío, sin duda el más grande jamás contemplado en estas tierras de Suecia!
Y en encomendándose a nuestro Altísimo Señor, zarparon a hacerles batalla a esos bellacos de la alongada Polonia. Estaba la mar azul… marina, cuan los ojos de Freya, diosa de los vikingos.
Mas en desgracia deben tener los cielos a la estirpe de los Vasa: de industria hundieron el barco frente a las mesmas costas, sin dejar marino alguno con vida. Engulléronlos las olas, oh, cruel destino.
Mi color preferido es el azul marino, todos se extrañan. ¿Porqué azul y no negro?.
Pero que importa, si no puedo moverme de esta silla que lleva ya unos cuantos años torturando mi vida.
Lo que realmente importa es el tiempo que ha pasado. Tan deprisa, tan silencioso, dejando huella en cada uno de los poros de mi piel.
La soledad deforma mis huesos, los recuerdos se alejan de mi, como se alejó mi juventud y las lágrimas corretean por mis mejillas, recorriendo las arrugas incrustadas en mi ser.
Lo que si recuerdo es su sonrisa, la mirada azul marino de sus ojos, el semblante tranquilo de su cara, el amor que me dio durante tantos años maravillosos. Esos recuerdos los he grabado en mi cabeza y pienso en ellos cada día hasta el día que me muera. En ese momento, me encontraré con él. Me mirará con sus ojos azules que harán juego con el azul de mi vestido y nos besaremos como antes.
Todavía se extrañan. ¿Porqué azul marino y no negro?
Estiró su cuello para que la mirada se llenase del mar al golpear en su costa adorada. Imaginaría la luz juguetona penetrando hacia las algas, al fondo; donde se fue casi todo. Lanza a la brisa ungida de luz el reproche de la tragedia, al aroma cercano de mejillones, y al Azul. Quizá por última vez el piloto contemplaba solemne aquellos azules marinos hasta la lejanía, donde comienza la línea del horizonte y el matiz blanco adquiere protagonismo. Allí, en el cielo otros azules distintos, una hipérbole azul.
Nunca le abandonó el momento en que la tormenta impuso su poderío, cuando en forma de lametazo le dejó el salitre en las entrañas. Instante, que el destino decidió salvarlo a él, para que lo pudiera contar. Loco, desde entonces, y sin echarse a la mar. Y desde tierra, en esa hora mágica en la que los dibujos de la arena se convierten en jeroglíficos, y el sol sumerge su disco antes de que las estrellas acribillen el otro azul. Él, se había ahogado en alcohol.
Ya era marinero antes de nacer.
El salón está a oscuras. En la calle, el sol vespertino de julio es implacable. Andrea parece una estatua de sombra sentada en el sofá: inerte, abismada en su vacío azul acerado y profundo.
La falta de Catalina le duele. Echa de menos sus alegres recibimientos al llegar a casa, sus miradas comprensivas, su cuerpo suave acomodado en su regazo.
Ella le procuraba la compañía afectuosa que su único hijo Lorenzo, al que tuvo que sacar adelante sola y como pudo, no supo o no quiso ofrecerle; quizá por ello su muerte le afligió menos. Incluso, si ha de ser sincera consigo misma, la deseó a veces.
Lorenzo solo tuvo para ella rechazo, silencios, gestos displicentes… Jamás le gritó. Golpes no le propinó nunca: “Pegar a una madre -decía- es de descastados”. Únicamente Catalina, la perra, recibió algún que otro revés, de los que ella, reconoce con vergüenza, en ocasiones sintió envidia.
Hoy azul…marino – sonrío mientras miro su semblante.
Asomadas al balcón, observamos por un lado , el mar mediterráneo rugiendo y rompiendo el silencio de la noche con sus olas al chocar contra la arena de la playa y por otro, la calma del mar menor susurrándonos palabras. Así pasábamos muchos ratos intentando arreglar un mundo que cada día se balanceaba más en la cuerda floja.
Admirábamos la mar, cada instante de un color según la luz de la luna ó la del sol.
– Te repito que hoy es azul …marino, la espuma de sus olas son virutillas blancas como recuerdos que vienen y se evaporan en la memoria.
– Es espectacular!!!. Parece que un puñado de estrellas ha caido sobre ella – me habla con ojos llenos de asombro en su rostro ya marchito.
-Me gustaría ser sirena – le contesto – sería algo mágico!!!.
– Pide el deseo como en el cuento – Rie mientras su mirada se pierde en el infinito.
– No puedo dejar a las personas que quiero y abandonar este mundo lleno de tantas contrariedades- le digo con tristeza.
– Entonces dejemos que el silencio y la belleza que nos rodea nos llene de bellos sueños.
Mi cuerpo rememoró otros momentos en los que fue el mar el protagonista: grandes olas espumosas galopando rabiosas hacia la orilla y mi cuerpo desnudo pegado al tuyo. Abrazados como enredaderas que nadie podría desatar. Fue un tiempo de primavera, de alegría silvestre creciendo en la arena. Como tallos surgían nuestros cuerpos, nuestras piernas; y enlazados recorríamos mundos salados llenos de amapolas azules como la hierba. Todo tenía el tinte de tu mirada, el cielo, el mar, las plantas, un mundo coloreado de añil recorría mis venas. Y jugando con la espuma fuimos deshaciéndonos, diluyéndonos hasta sólo quedar sempiterno, clavado en mi alma, el color que nunca podré olvidar y encuentro en cada rincón, en cada nueva esquina, en los escaparates o en la redonda cara de cualquier niño de mirada clara.
Hoy, con mi kayak atravieso selvas, montes, lunas. He decidido encontrarte, cueste lo que cueste mi viaje. El horizonte dibuja la línea de mi futuro, azul, tan azul como el pigmento nacarado de los ojos que me embrujaron.
(CONCURSA CAN)
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Él era ciego, ella le narraba los colores mientras estaba entre sus brazos. Era facilísimo porque lo hacía con los ojos cerrados mientras él la amaba. Eran instantes regios en los que ella explotaba entre fuegos artificiales y música de violines.
Los ojos de él eran blancos pero ella le decía que eran azules y que su mirada habitaba en la yema de los dedos. Por eso, cuando él la tocaba, ella veía, colores nuevos para describirle. Él los aprendía con gozo y sus manos inventaban otros para regalarle.
Cuentan que salían a caminar por la playa. Dicen que ella le hablaba todo el tiempo, incluso si corrían o nadaban. Guiado por su voz, él no se desorientaba. Ella le explicaba los matices del azul a partir de las temperaturas del agua.
Ahora va siempre sola, la loca del mar. Así le dicen a esa anciana que, invierno y verano, examina el oleaje desde las rocas altas. Sus ojos son negros, pero dice la gente que cuando habla de él su mirada se tiñe de azul marino.
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A solas, mirando por las rendijas de la persiana, era su forma de pasar las siestas. Conocía horarios y costumbres de animales, vehículos y a Los Rodríguez de enfrente. Él, que en sus mejillas guardaban el salitre de lágrimas cotidianas. Era sonriente, grande y tenía alma de juglar. Aquel atardecer rojo, reunió todo el valor que en su sangre vertieron cien pueblos, y agarrado a su pequeño catamarán de vela, regalo de Reyes, se encaminó donde el mar besa la arena. Allí, donde el bullicio de niños alegraba el corazón. Desconociendo que él dejó de serlo treinta años atrás. Ellos le miraban con menos condescendencia que los adultos. Subyugado por azul marino, y con el Levante empujó al mar su barca y se fue tras ella. Sin saber que nunca le enseñaron a nadar.
(CONCURSA CAN)
Se despierta sobresaltada. Levanta a su hija. Desayuno compartido. Carrera por la Calle Soslayo hasta la escuela. La niña corre libre entre rejas y ella sobrevuela con la mirada sus pies; veloces fotogramas la transportan al trabajo. Teléfono en mano; llamadas; voces familiares; vellos de punta; espalda encorvada; refugio entre cigarrillos; algún que otro contrato; horas dilatadas y de nuevo al colegio. Con su hija de la mano, dos pasos por detrás, llegan con premura al portal llave en mano. Otea los costados; cerradura esquiva; puerta abierta; subida con tropiezos y en el piso, relajación. Juegan, ríen, se miran… cae la noche; cenan; tres pestillos; aparador de barricada y a dormir. Clavada entre sus cejas sueños de color azul… oscuro, casi negro. Murmullos insomnes, ruda cara conocida; ceño fruncido; una mano levantada y discusión. De nuevo su insignificante cuerpo al borde del precipicio. Un empujón; aire frío en la espalda; agónico descenso; cruel carcajada en estéreo acentúa la caída y ¡PLAFF!… se despierta sobresaltada…
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MARIO BENEDETTI. La tregua, 1959.
Paseando, Joel siente una punzada aguda en el pecho. Se marea. Se desploma. Una sensación caliente y placentera envuelve su cuerpo, sumergido en un mar cálido y sedoso. La impresión de ingravidez cede inmediatamente al terror. Algo, se agarra a él. Tira con fuerza hacia abajo. A lo profundo. Donde todo es frio. Es fuerte. Es feroz. Implacable. Joel se agita desesperado. No puede ver. Apenas sospecha un leve resplandor azul, difuso, casi imperceptible. La sombra de una sombra se desliza frenética entre la negrura. No puede, no quiere ver. Tampoco distingue sonido alguno. Sólo su propia voz ahogándose en un gemido desgarrado y suplicante. Un grito que no proviene de su garganta. Que resuena dentro de una cueva angosta y cerrada. Intenta zafarse. Callarse. No puede. Su boca ya está cerrada. Sellada. Por momentos el fulgor azul parece acentuarse. Joel no puede verlo, no tiene ojos, arrancados por el miedo. Pero ¡sí!, es un punto de luz blanca. Oh, Dios mío,
entonces está… La luz no le espera, se acerca, se abre hasta abarcarlo todo en un destello insoportable. –dilatación pupilar normal. Parece que su novio va a contarla esta vez, pero la próxima ¡qué mastique bien el perrito!
Me despertó la sed, una sed como jamás había sentido. Accioné el interruptor de la luz de mi camarote pero no sucedió nada. Como no podía ver nada busqué a tientas la puerta y Salí al pasillo. En cuanto comencé a andar me di cuenta de que solo se escuchaba el sonido de mis pasos y sobresaltado, me detuve en seco. Reinaba un silencio sobrecogedor.
Me dirigí apresuradamente al restaurante y cuando entré, un sudor frío recorrió mi espalda.
Los cubiertos estaban puestos, la cena estaba servida en las mesas, pero allí no había ni un alma. ¿Dónde estaba toda la gente que viajaba en el crucero?
— ¿Hay alguien ahí? —grité aterrado con todas mis fuerzas.
La respuesta fue una descarga eléctrica que convulsionó violentamente mi cuerpo oscureciéndolo todo de golpe.
Al abrir los ojos me encontré tumbado boca arriba con un medico inclinado sobre mí. En sus manos todavía sostenía el desfibrilador con el que me había devuelto a la vida.
Gire la cabeza para mirar por la compuerta abierta del helicóptero y vomité una bocanada de agua salada mientras contemplaba como, cincuenta metros por debajo de nosotros, la quilla del barco era engullida por el inmenso mar azul.
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