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Mis recuerdos de niñez son azules. Creí haberlos perdido en los entresijos de mi existencia. Los embotellé junto a un puñado de arena en mi botella de fantasía. No había vuelto a visionarlos hasta que ayer, ordenando el desván, se deslizaron envasados en la transparencia de su cristal rodante. Se estrellaron contra el suelo mezclándose con el vidrio fragmentado. Me senté junto a ellos observándolos desde la templanza que proporcionan los muchos años vividos. Instantáneas marinas se agolparon una tras otra sobre un mullido lecho de arena. Fui capturándolas una a una memorizando su esencia: el pato flotador, los abrazos de las sonrisas, los castillos sin almenas.
Fuera de la botella también eran azules. Por la noche me acerqué al mar y los lancé con mucha fuerza. Ahora flotan desperdigados para que otra persona pueda encontrarlos. Si es huérfano de buenos recuerdos se los podrá quedar y hacerlos propios. Yo tengo suficiente con haberlos vivido tan intensamente y poder recordarlos con tanta nitidez. Fueron todo un hallazgo para mi frágil memoria.
Al abrir la ventana del dormitorio para que ingrese aire fresco le llaman la atención las cortinas del departamento de enfrente. “Son azules como las aguas del mar”, dice, mientras una mujer joven y curvilínea las descorre un par de palmos. El hombre se alegra de no haber encendido la luz cuando instantes después la muchacha se aleja de la ventana, se desviste y comienza a peinarse parsimoniosamente en la cama. Tras un largo rato la mujer se levanta, abre los vidrios de la ventana y se queda de pie entre las cortinas que una imprevista racha de viento agita como si fueran olas. Su rostro ovalado se vela y se desvela en ese vaivén azul. Al fin el aire se amansa y ella mira hacia el departamento del hombre, sonríe y comienza a cantar. Su voz se le antoja a él poblada de madréporas, hipocampos y delfines. Absorto comienza a bracear.
Cuando la sirena enloquecida de una ambulancia ahoga momentáneamente aquel dulce canto, al hombre le parece distinguir —justo antes de llegar al fondo del mar— la cola de un pez entre las cortinas.
-¿Nos vemos en la roca?, preguntó un pulpo.
-No, mejor, en el sebadal, contestaron las samas.
Allá se fueron todos.
Se movían las algas en una danza lenta y sensual, azul y salada. Los peces jugaban a enroscarse entre ellas, y los pulpos, con sus ojos enormes, escribían a ocho manos sobre el fondo marino.
Los hombres, silenciosos, se acercaban.
Terminó la fiesta, acabó el juego, pulpos y samas brillaban al sol, donde nunca pensaron encontrarse.
Renault 12 ranchera, verde pino. Cuando hacíamos autostop siempre nos recogía un coche de esos. Aquel verano estaban por todas partes, como Georgie Dann. Calimocho para emborracharnos, piscina por las mañanas, confidencias por las noches, bajo la farola estropeada de la Fuente del Barco, a las afueras del pueblo. Dieciséis años y el mundo por delante, llamándonos a gritos. Me quedé sin saber a qué sabían sus labios.
Anoche te vi en el chiringuito, treinta años después, en la barra, hablando con una de las camareras. Todo el azul del día finalizado estaba en ti, resumido en tus ojos: mar y cielo. Te pusiste entre la luna y yo para decirme:
–¿Te acuerdas de mí?
–Me acuerdo, todos los veranos me acuerdo de ti. Estás tan azul como entonces.
Nuestras copas se pusieron nerviosas enseguida, buscando una y otra vez las bocas. Recordamos aquel verano; reímos, hablamos, callamos… y al final fuimos juntos a la cama, casi de día, casi sin querer.
La mañana corrigió el sueño con esa luz mediterránea para mostrarnos que tú ya no eras tú (o tal vez yo ya no era yo). El verano, azul y loco, acababa de empezar.
A mar, sabían a mar.
Alberti está sentado a la puerta del café Tortoni. La Avenida de Mayo es a esa hora un hervidero de gente, bonaerenses que vienen y van con sus rutinas a la espalda. Un cigarro a medio acabar o a medio encender, quién sabe, descansa en un cenicero, una libreta y un lápiz dormitan juntos posados sobre la mesa, el cafecito italiano eleva todavía su voluta de calor y la voz de alguien se
eleva entre el ruido para preguntar:
Rafael ¿por qué siempre una raya azul al final de la página?
Es el color del mar de mi tierra. Lo garabateo para no olvidar. Es la tonalidad que siempre diviso al fondo.
Unos días éramos sirenas; otros, estrellas de mar; la mayoría de las veces gigantescos cefalópodos, ballenas o tiburones. Y a bordo de las olas, recorríamos entusiasmadas los siete mares buscando nuestras incautas presas.
Nos hicimos mayores y ya no somos nada. Dejamos que nuestros
recuerdos floten ingrávidos como nuestros cuerpos en el agua. No nadamos, solo hablamos y recordamos. Con nuestros sombreros bien atados a la cabeza, como entonces, sentimos que el tiempo no pasa y no pesa y seguimos foltando y charlando. Los pececillos nos mordisquean los pies, pero les dejamos hacer, estamos acostumbradas, nos creemos que son los mismos de siempre, aquellos de cuando éramos niñas…
No miraban la profundidad azul marino del agua como dos turistas más. Desplegaban promesas, acariciándose los oídos, mientras la amargura ondulaba el llanto caudaloso de la separación. La luna cruzaba turbia. Un visillo espeso, palidecía sus bocas de amapola. Los abrazos al relente y el veneno del amor derramado que, bebían sorbo a sorbo, agonizaron después del amanecer. El cielo liberó un día amargo, ensombrecido por despedida de adioses. Les aguardaban caminos distintos.
Los derrotó la hora de la marcha, creció el silencio. Agitaron las manos; alejándose del mar por separado. Temblaban sus pasos malheridos. Pronto la soledad perfiló la espera, empapándola de recuerdos.
Alejados del otro, la nostalgia desgranaba días. Inundaba de amarras los ojos; surcados de melancolía. Solo el recuerdo endulzaba el implacable amargor de la piel, donde el amor caló hondo. Aprendieron a morderse los labios secos; sin fuente que apagara su sed. Sus manos amontonaban soledad, sin candorosas caricias.
El alba les aguardaba en sus embozos. Soñaban con su tímida luz, trasformada en relámpago, cuando de nuevo desfallecieran sus cuerpos enredados. Se vestirían el uno al otro. Pero continuaron sin tenerse cerca. Un contrato tras otro, en ese destino lejano, los replegó. Hundió sus corazones, ahogándolos.
– Vete a tomar por saco, Derek – dijo Mía mientras colgaba el pequeño auricular que llevaba en las manos.
Sabía que lo que estaba haciendo podría ser peligroso pero no quería ver a su hermano Derek, sobretodo tras aquella fuerte discusión. Caminaba sin rumbo por aquella calle de Nueva York, la cual se encontraba vacía a excepción de ella. O eso creía Mía. Una mano la tapo la boca para evitar que gritara y la arrastro hasta un pequeño callejón oscuro. Mía se balanceaba intentando escapar pero le fue imposible. Pudo oler la fuerte colonia masculina de su atacante y, antes de sentir como dos colmillos se clavaban en su cuello, vio dos ojos azul marino entre la oscuridad. Y entonces, en esa noche de verano, nació un nuevo ser de las tinieblas creado por el vampiro de ojos azul marino.
GIANI STUPARICH. La isla.
Si mi cabello fuera azul lo dejaría crecer y crecer, y parecerían sus ondas las olas plácidas que preceden a las mareas.
Si mi cabello fuera azul los peces nadarían en él y tendría un mapa del firmamento dibujado por las estrellas.
¡Cuánto daría por tener un cabello azul como el océano y romper en las rocas mil puñados de espuma!. Me mirarían con simpatía los barquitos del puerto, y un albatro confundido me seguiría tierra adentro. Si mi cabello fuera azul no tendría esta nostalgia de mar que se me ha quedado en la garganta.
Cada mañana miro el espejo por si mi cabello se hubiera vuelto azul. Nunca es azul. Nunca volverá a serlo.
Oigo en el mar, a lo lejos, los gritos de mis hermanas. Cierro los ojos y suspiro. Saboreo con una sonrisa la sal de mis lágrimas.
Si mi cabello fuera azul…
Nubarrones, lluvia. Gris y húmedo el cabello despeinado. Caminaba despacio dejando que el agua empape su traje. No le importó perder su perfume caro en la calle embarrada. No le importó el frío que lo entumecía. Miró su caro reloj y apuró el paso. Llegaría puntual, como siempre. Dobló la esquina y alzó la vista. Allí estaba ella. Su impermeable azul marino realzaba la rubia belleza. Y sus ojos… ¡Dios! Sus ojos eran el mar en el que siempre deseaba sumergirse, el mar que alguna vez perdió y ahora rencontraba. La dulce mirada de la que amó. Atrapado por ese abismo azul marino, escuchó su propia voz susurrar el breve saludo:-¡Hola, hija!- Y tiernamente la abrazó.
La observo desde lejos. No quiero romper la magia de este primer encuentro. Veo cómo se acerca poco a poco, con pasos temblorosos. Sigue con los ojos el rítmico movimiento de las olas y calcula para detenerse en el punto exacto. La espuma del mar llega hasta apenas unos milímetros de sus pies. Me preguntó en qué estará pensando. No se mueve. Mira hacia el horizonte y, aunque desde mi posición no puedo verle la cara, imagino una leve sonrisa que viene y va con cada ola. Saco el móvil de la bolsa de la playa para inmortalizar el momento. Hago la foto. Todo azul. El cielo y el mar unidos por el horizonte. Una línea de arena y ella. Subo la imagen a facebook.
– Mi abuela y el mar.
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