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Me enviaron para reconstruir aquel lugar donde los vientos del norte y del sur convergen, las cigüeñas no se atrevían a volar, las flores no crecían y el cielo mantenía un perpetuo azul marino. La tarea no era sencilla porque no encontré ninguna casa en el que el viento no hubiese hecho mella, las ratas campaban a sus anchas y los seres humanos yacían demacrados por la peste. Inicié mi trabajo: el primer día prendí fuego a todo el pueblo; el segundo día, barrí las cenizas y desempolvé el cielo para diferenciar el día y la noche; el tercer día, labré la tierra yerma y planté hortalizas, arboles y flores; el cuarto día, suministré agua creando una red de cañerías; el quinto día, construí casas, adosados, oficinas y hasta estatuas en honor a mis hermanos; el sexto día, compré una pareja de cada especie animal y los solté para que se reprodujesen; y el séptimo día, yo no descansé y me lancé a publicitar la nueva promoción por inmobiliarias, medios de comunicación e Internet. Ya en mi nube, mientras reposaba, observé como los primeros moradores ocupaban mi creación. Para mi desgracia la bautizaron como Seseña II.
Eran sus primeras vacaciones en aquella hermosa bahía, en cuyo extremo se erigía un pueblo que antaño había sido de pescadores. Una tarde alquilaron una barca a motor de cuatro plazas, con un toldo de lona. Al entregársela les indicaron que podían desplazarse libremente por el interior de la bahía pero sin salir a mar abierto, donde había bastante más oleaje y el color azul del mar presentaba una tonalidad más oscura.
Al cabo de un rato pararon el motor, con el propósito de comer unos bocadillos. Sin que se dieran cuenta, la barca se fue acercando peligrosamente a la costa. En cuanto fueron conscientes de la situación, intentaron a la desesperada poner de nuevo en marcha el motor, pero fue en vano. Para entonces, se hallaban ya a escasos metros de las rocas.
De súbito, vieron que una motora se aproximaba a gran velocidad. Al llegar a su altura, se detuvo. El hombre que la conducía, con gorra de marinero y gafas oscuras, alargó un brazo hacia el interior de la barca y, sin ninguna dificultad, consiguió poner en funcionamiento el motor, sacándolos del apuro. Acto seguido se marchó, tan rápido como había venido, sin mediar palabra.
(Concursa CAN)
RELATO FUERA DE CONCURSO YA QUE
EL AUTOR ES JURADO DE ESTE MES
Los días que el anciano pescador pasaba en el asilo lo erosionaban como olas a una vieja roca. Sentado al lado del ventanal, escudriñaba durante horas enormes trozos de infinito mientras abrazaba con firmeza su cuaderno.
Cuando el viento le trajo al fin aquella melodía, un brillo apareció en sus ojos. Abrió el cuaderno, pintó de azul hasta el último centímetro del folio y se zambulló en él. Apareció al otro lado del mundo, robusto como Poseidón. Volvió a disfrutar de su barco, volvió a luchar con titánicos peces, volvió a naufragar, y volvió a creer enloquecer cuando ella lo rescató.
Era hermosa como el reflejo de la luna y su canto nacía del mismo Paraíso. Su mitad animal no impidió que se amaran con pasión y, pese a separarse obligados por la diferencia de sus mundos, prometieron reencontrarse allá donde no existe el tiempo. Cuando llegase el momento, ella le avisaría.
Fue tal la fuerza con la que se introdujo su voz en él, que los gritos de las enfermeras se perdieron en el vacío, incapaces de evitar que aquel viejo pescador abandonase la vida con una sonrisa en la boca y un cuaderno extrañamente húmedo entre los dedos.
Juguetes con los que no jugué. Libros que no leí. Películas que me perdí. Citas que cancelé. Comidas que no deleité. Noches en las que no trasnoché. Bailes a los que no acudí.
Esfuerzo. Tesón. Ilusión. Desvelos. Más ilusión y un recurrente sueño como primera piel.
De frente un mar inmenso se besa con el cielo, se funden allá al fondo mientras me concentro. Suena el pistoletazo y estoy sola con mi valiente vela y el azul como reto. El viento –generoso- silba en mis oídos una melodía que interpreto.
Avalancha de abrazos que saboreo. Gloria que rozo con los dedos. Vítores que esbocé apenas en mis sueños.
Felicidad circular, deslumbrante oro colgando de mi cuello. Alguien me pregunta de qué color son los sueños. Miro el horizonte y contesto: azul, azul intenso.
Se sentía cansado, sin vida. Forzó el paso del caballo y recorrió por unas horas más el camino, hasta que a lo lejos vio aparecer la franja fronteriza entre el cielo y el mar. Recortó con sus ojos la silueta del acantilado desde donde divisó la aldea; ya no era la misma, no la que había abandonado años atrás. Ni su hijo, ni su esposa, ni padres, ni hermanos esperaban su regreso. Sus cuerpos yacían solitarios en algún lugar esperando sepultura. Su pasado moría enterrado entre las ruinas de un pueblo fantasma, quebrado por la mano ensangrentada de soldados que como él luchaban sin comprender la razón. Dos años de guerra en el nombre de algún dios, en el nombre de la justicia ensalzada por un rey ambicioso, le habían arrebatado todo cuanto poseía. El cielo se pintó de luto. Vio en los ojos vidriosos de sus compañeros el reflejo del mar, que lloraba con ellos. La rabia inundó sus entrañas y sintió la punzada del odio. Avanzando hacia la orilla, gritó hasta que el azul profundo de las aguas reconfortó su alma. Y allí mismo, frente al inmenso mar, juró que volvería a levantar su pueblo.
Se acerca el día, no puedo volver a fallar, debo ser preciso. No entiendo cómo pude equivocarme aquella vez… ¡esta vez no pasará! Ella, no volverá a mirarme despectivamente, no lo consentiré. Quiero que me vuelva a mirar con respeto, como lo hacía cuando nos conocimos, con esos ojos verde-oliva, brillantes y húmedos por la emoción de sentirse entre mis brazos… ¿Qué nos pasó? ¿Cómo pudo degenerar tanto nuestra relación? ¡Éramos tan felices, tan dichosos! ¿Qué decía…? ¡Ah, ya! No, esta vez no fallaré… la tengo justo enfrente, hermosa, radiante, fresca y perfumada… “Espero no sorprenderla demasiado, asustarla o hacer que desconfíe de mí… pero no, esta vez será diferente, comprenderá que nuestro amor está por encima de chiquilladas y absurdas monotonías. ¡Mírala, es tan hermosa…! ¡Dios! ¿Y si cree que lo hago porque hay “otra”? Ellas son tan desconfiadas… no soportaré tener que darla de nuevo explicaciones… ¿Las entendería? Pero no, ella… ¿me ama? ¡Malditas dudas! No me lo pienso pensar más, es tan bella y azul… Que es imposible que ella no la acepte como la rosa mar-azul, más bella y más hermosa.
Allí estaba, después de tantos pasos, de tantos días y de tantas lunas opacas. Inmóvil, con sus últimas fuerzas empujando su espalda hacia atrás, con su mirada escupiendo todos los reproches. Ante ella, inmenso y negro, el mar mecía mentiras. Ni azul, ni marino, sólo colores robados al cielo, con puntillas de encaje bordadas por los vientos. Falso, como el amor eterno, como la paz, como las manos dulces, como la risa y la esperanza.
De nuevo le dolieron los huesos, acarició los cardenales de sus brazos y se dejó caer sobre la arena.
Las olas se acercaban, cada vez más osadas : «Tengo un lecho de algas que te espera, para abrazarte eternamente, un ballet de corales, de movimientos lentos y sutiles hará vibrar tus sueños, bandadas de pececillos de colores, cual serpentinas ingrávidas y alegres arrullarán tu cuerpo. Un paraíso donde el color no importa«.
Sólo paz.
Cuando el juez autorizó el levantamiento del cadáver, el mar vestía de azul, azul robado al cielo, azul de paz.
– Cada noche sueño lo mismo: el mar me atrapa en su fondo azul… marino, al principio es placentero, me gusta. La angustia comienza cuando intento salir y una mano grande me lo impide… ni siquiera lucho… me siento derrotada-.
– ¿A quién cree que pertenece esa mano? – indaga Samuel garabateando un folio.
– Le pago cien euros la hora, ¡no pretenderá que haga yo su trabajo!-.
Roberta se levanta del oscuro diván dedicándole una mirada de fatua displicencia.
Samuel suspira asqueado. Al terminar psicología, nunca pensó que acabaría siendo el paño de lágrimas de clientes que jamás se involucran.
¿Cómo explicarle que el mar en el que se ahoga son sus propias emociones? ¿Cómo aconsejar a una joven engreída y vacía?
Roberta abandona la consulta ansiosa por llegar a su lujoso ático; su caminar es extremadamente erótico, ineludible. Ella lo sabe, y no puede evitar una honda satisfacción a cada paso.
Cuando llega, Lucas increpa enfadado:
– ¡Siempre tarde! Estoy casado, ¿recuerdas?, no puedo perder tanto tiempo contigo-.
Agarrándola por la nuca la acerca a su rostro. Roberta se ahoga en esos ojos azules… marinos; se angustia… pero no puede zafarse… porque los labios de su amante se aplastan contra su boca entreabierta, derrotándola.
Tres días llevaba aquel espantoso mendigo acechando frente a las puertas de la ciudad. Detrás de las contraventanas, la viuda trataba de ahogar sus latidos.
Apresurada, bajó al sótano. Desprendió del telar la inmensa tela azul y la desplegó en el suelo.
Entre estas olas yacen bordados mis pálidos recuerdos: el éxodo de los navíos, la figura de mármol de mi marido, su pérdida en el laberinto del mar… Durante veinte años mis fantasmas crecieron en ellos, como las conchas en un pecio podrido… De mis angustias nacieron monstruos marinos, de mis desengaños – voces de sirenas, de mis deseos – apasionadas noches de amor, de mis celos – maldiciones de brujas, de mis renuncias – narcóticas flores de loto… Calipso, Nausicaa, Circe… todas soy yo… Salieron de las tortuosas entrañas de mi alma. Y él, amándonos cada noche, permaneció joven, hermoso, valiente… Siempre adorado, nunca encontrado…
Acarició por la última vez la suave tela. La enrolló y la selló en un ánfora. Llamó al esclavo más devoto y le mandó a echarla en el más hondo abismo del mar.
Rompió el alba. Se puso el velo negro y abrió la ventana, para enfrentar los ojos de aquel nuevo día.
Manos sucias, llenas de azul… el azul del añil que impregna la ropa que lavo contra la piedra apoyada en el borde del río, igual que lo hacían antes las mujeres del pueblo. Sábanas que han cubierto camas viejas de jergones ruidosos y colchones de lana. Esas camas que cobijaron en su día a mis padres, a los suyos y a los padres de aquellos… y que esta noche han cobijado el cuerpo de mi madre… muerta entre sábanas blancas que ahora golpeo contra la piedra con la fuerza que me da la rabia de saber que fueron las últimas en disfrutar las caricias de sus manos. Su vida no fue azul… más bien transcurrió entre negros, y yo que podría haberlo evitado, no lo hice, consentí que siguiera atada al carcelero que osucrecía su horizonte… el agua diluye el añil, lo clarea… azul marino… azul celeste.
No quedan días de verano para pedirte perdón… Una bella letra de una canción con múltiples significados para mí. Otro agosto más, diferente al del año anterior. Nunca sabes las vueltas que puede dar tu vida…nunca sabes que puedes regresar a un camino que abandonaste hace mucho. Nunca un atardecer me ha parecido tan hermoso. Sentada en las rocas, notando la brisa mover mi pelo, respirando el aroma del mar… Sentada viendo el azul más hermoso que jamás soñé que mis ojos podrían ver. Que bello me parece ahora todo. A mi lado esta él. ¿Y quién es él? No es más que la otra parte de mi alma la cual perdí hace ahora un año y que nuevamente el destino le ha puesto en mi camino. Hoy es un día cualquiera, no tiene nada de especial. Una caña de pescar, las olas romper contra las rocas, la luna y las estrellas iluminando una noche de verano y a mi lado la mejor compañía que jamás pensé que podría volver a tener. Simplemente es un sentimiento ñoño de una tonta enamorada que nunca creyó en los cuentos de hadas. En mi corazón, un azul marino que nadie me podrá arrebatar.
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