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Él era ciego, ella le narraba los colores mientras estaba entre sus brazos. Era facilísimo porque lo hacía con los ojos cerrados mientras él la amaba. Eran instantes regios en los que ella explotaba entre fuegos artificiales y música de violines.
Los ojos de él eran blancos pero ella le decía que eran azules y que su mirada habitaba en la yema de los dedos. Por eso, cuando él la tocaba, ella veía, colores nuevos para describirle. Él los aprendía con gozo y sus manos inventaban otros para regalarle.
Cuentan que salían a caminar por la playa. Dicen que ella le hablaba todo el tiempo, incluso si corrían o nadaban. Guiado por su voz, él no se desorientaba. Ella le explicaba los matices del azul a partir de las temperaturas del agua.
Ahora va siempre sola, la loca del mar. Así le dicen a esa anciana que, invierno y verano, examina el oleaje desde las rocas altas. Sus ojos son negros, pero dice la gente que cuando habla de él su mirada se tiñe de azul marino.
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A solas, mirando por las rendijas de la persiana, era su forma de pasar las siestas. Conocía horarios y costumbres de animales, vehículos y a Los Rodríguez de enfrente. Él, que en sus mejillas guardaban el salitre de lágrimas cotidianas. Era sonriente, grande y tenía alma de juglar. Aquel atardecer rojo, reunió todo el valor que en su sangre vertieron cien pueblos, y agarrado a su pequeño catamarán de vela, regalo de Reyes, se encaminó donde el mar besa la arena. Allí, donde el bullicio de niños alegraba el corazón. Desconociendo que él dejó de serlo treinta años atrás. Ellos le miraban con menos condescendencia que los adultos. Subyugado por azul marino, y con el Levante empujó al mar su barca y se fue tras ella. Sin saber que nunca le enseñaron a nadar.
(CONCURSA CAN)
Se despierta sobresaltada. Levanta a su hija. Desayuno compartido. Carrera por la Calle Soslayo hasta la escuela. La niña corre libre entre rejas y ella sobrevuela con la mirada sus pies; veloces fotogramas la transportan al trabajo. Teléfono en mano; llamadas; voces familiares; vellos de punta; espalda encorvada; refugio entre cigarrillos; algún que otro contrato; horas dilatadas y de nuevo al colegio. Con su hija de la mano, dos pasos por detrás, llegan con premura al portal llave en mano. Otea los costados; cerradura esquiva; puerta abierta; subida con tropiezos y en el piso, relajación. Juegan, ríen, se miran… cae la noche; cenan; tres pestillos; aparador de barricada y a dormir. Clavada entre sus cejas sueños de color azul… oscuro, casi negro. Murmullos insomnes, ruda cara conocida; ceño fruncido; una mano levantada y discusión. De nuevo su insignificante cuerpo al borde del precipicio. Un empujón; aire frío en la espalda; agónico descenso; cruel carcajada en estéreo acentúa la caída y ¡PLAFF!… se despierta sobresaltada…
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MARIO BENEDETTI. La tregua, 1959.
Paseando, Joel siente una punzada aguda en el pecho. Se marea. Se desploma. Una sensación caliente y placentera envuelve su cuerpo, sumergido en un mar cálido y sedoso. La impresión de ingravidez cede inmediatamente al terror. Algo, se agarra a él. Tira con fuerza hacia abajo. A lo profundo. Donde todo es frio. Es fuerte. Es feroz. Implacable. Joel se agita desesperado. No puede ver. Apenas sospecha un leve resplandor azul, difuso, casi imperceptible. La sombra de una sombra se desliza frenética entre la negrura. No puede, no quiere ver. Tampoco distingue sonido alguno. Sólo su propia voz ahogándose en un gemido desgarrado y suplicante. Un grito que no proviene de su garganta. Que resuena dentro de una cueva angosta y cerrada. Intenta zafarse. Callarse. No puede. Su boca ya está cerrada. Sellada. Por momentos el fulgor azul parece acentuarse. Joel no puede verlo, no tiene ojos, arrancados por el miedo. Pero ¡sí!, es un punto de luz blanca. Oh, Dios mío,
entonces está… La luz no le espera, se acerca, se abre hasta abarcarlo todo en un destello insoportable. –dilatación pupilar normal. Parece que su novio va a contarla esta vez, pero la próxima ¡qué mastique bien el perrito!
Me despertó la sed, una sed como jamás había sentido. Accioné el interruptor de la luz de mi camarote pero no sucedió nada. Como no podía ver nada busqué a tientas la puerta y Salí al pasillo. En cuanto comencé a andar me di cuenta de que solo se escuchaba el sonido de mis pasos y sobresaltado, me detuve en seco. Reinaba un silencio sobrecogedor.
Me dirigí apresuradamente al restaurante y cuando entré, un sudor frío recorrió mi espalda.
Los cubiertos estaban puestos, la cena estaba servida en las mesas, pero allí no había ni un alma. ¿Dónde estaba toda la gente que viajaba en el crucero?
— ¿Hay alguien ahí? —grité aterrado con todas mis fuerzas.
La respuesta fue una descarga eléctrica que convulsionó violentamente mi cuerpo oscureciéndolo todo de golpe.
Al abrir los ojos me encontré tumbado boca arriba con un medico inclinado sobre mí. En sus manos todavía sostenía el desfibrilador con el que me había devuelto a la vida.
Gire la cabeza para mirar por la compuerta abierta del helicóptero y vomité una bocanada de agua salada mientras contemplaba como, cincuenta metros por debajo de nosotros, la quilla del barco era engullida por el inmenso mar azul.
Nos hicimos amigos casi sin darnos cuenta, entre mañanas de playa y tardes de cerveza y de verbenas. Le conté mi afición por escribir historias y me prometió una. Me narró su niñez de tierra adentro; envidié que él jugara con trenes, mientras yo escribía poemas cursis a sirenas de largas cabelleras.
Aquella tarde nos decíamos adiós. No sé a cuento de qué le conté que mi madre cosía redes. El repondió que su madre nunca había visto el mar, que le llevaba una pequeña caracola para que lo escuchara. Su ingenuidad me conmovió y, fatídicamente, le apunté:
– Pero el mar es un todo, no basta con sus ruidos. Es movimientos, es ese azúl que no sabes si es verde, si es claro, si es oscuro.
– Azul marino, dijo, como si resumiera.
– Azul como los ojos de la chica del bar de al lado de las duchas- sentencié.
No entendí el balbuceo de su última frase hasta el día siguiente, al leer el periódico:
«Tienes razón, también le llevaré el color«.
Azul marino cristalino sus ojos clavados en los míos, cavilantes y enigmáticos.
Clara como mar calmada era su sonrisa, despampanante, divertida y aún así sumisa.
Tensa ahora su garganta, roja de de sufrimiento.
Su mano era firme, apretando la mía y constantes los movimientos tirantes y sufridos.
Fue el momento de los aspavientos, los chillidos y de algunas palabras que mejor no mencionar.
Sin darme cuenta, llegó la calma, esa calma tan deseada. Llegó entre suspiros y llanto, apareciendo sin espanto y enamorando los sentidos.
Y entonces, la sostuve entre mis brazos. No puedo describir la sensación que fue sentir su tacto.
Con varias lágrimas describí en mi memoria su trazo, su forma y fui grabando en mi retina, ese premio que te da la vida.
Por un sólo momento, despertó. Y aún tengo grabado a fuego aquel momento en que sus ojos, azul
cristalino, se clavaron en los míos.
Ahora mismo frente a la inmensidad del horizonte azul, nutrido por un extenso mar, casi infinito, desde esta posición privilegiada adornada con verdes árboles, frondoso litoral marino con arena blanca donde los cangrejos corretean por ella y los pelícanos revolotean en el aire, limpio, tan amplio como ese extenso mar, y ambos frente a mí me hacen sentir tan dueño del lugar que no tengo más opción que parar esta larga frase y disfrutar a cal y canto, mejor a tierra, mar y aire, porque de lo contrario nunca acabaría de decir y preguntarme por qué volver adonde no hay azul, ni verde, más que un horizonte lleno de gris, plástico, desechos y sobre todo incomprensión, y lo que es peor indiferencia y conformismo, mucho.
Hoy la tristeza se ha instalado en mi casa. El tedio se descuelga por las paredes de mi salón como pequeñas e incómodas arañas. Me siento en el sofá intentando entretener a mis fantasmas y enciendo la televisión. La mar, inmensa, azul y misteriosa, desborda la pantalla. Así está mi alma, como una profunda fosa oceánica. La cámara baja, ya no sé si explora el mar o está explorando mis entrañas. Todo está frío, desolador e inquietante paisaje marino lleno de oscura nada. Leves formas pasan ante el pequeño foco de luz, dibujan extraños espectros frente a la cámara. Entonces, primero un punto, luego otro que le sigue, ¡y un tercero!, pequeñas luces que surgen de la nada. Poco a poco una fiesta en luces de colores descubren excepcionales seres, como ideas brillantes en la mente de un genio que divaga. Bioluminiscencia encantada que espanta los fantasmas que me rondaban. En las profundidades abisales hay hermosa vida, como en mi alma. Hoy hay esperanza.
Por las noches, las sábanas rayadas de Hugo —un taheño pecoso de diez años— se transformaban en las velas de un drakkar, y él en un jefe vikingo dispuesto a hacerle frente al más bravo mar. Junto a sus remeros se embarcaba en expediciones feroces y protagonizaba brutales abordajes. En un incesante resonar de hachas y espadas, el gélido azul marino de las aguas se teñía del rojo implacable de la sangre.A la mañana siguiente, a la hora del recreo, Hugo presumía ante sus amigos de aquellas hazañas, exhibiendo como trofeo sus múltiples heridas.
Su día transcurría en una continua espera de ese mágico momento, después de la cena, en que se encerraba en su cuarto, se sentaba en la cama y desenvolvía el tapiz donde guardaba las runas. Era entonces cuando Hugo invocaba a Odín barajando las piedras y se transportaba a otro lugar y a otro tiempo. Y a su vez Harek, un poderoso vikingo del Mar del Norte, se convertía en un niño.
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En Ibiza, enganchada entre sus redes, un pescador ha recuperado un ánfora fenicia llena de lágrimas. Lo supo por el aroma de llanto. Son de las mujeres de los pescadores que la mar se quedó. En una de ellas, la más grande y cristalina, le ha parecido ver el rostro de su padre y ha sentido la fragancia de su madre.
Después de abismar la vasija en el azul y empujado por brisas de gaviotas, ha remado rápido a puerto con deseos de abrazar a su mujer y decirle a su madre, con voz afable, que ya no hace falta que vuelva a llorar en el acantilado.
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