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Mi destino como el viento es libre, abierto, atravesando caminos, desviando por atajos. Sólo parando cuando la pausa es necesaria, receso merecido para el descanso del guerrero. Marchando rápido para llegar con anticipación y aventajar a lo inesperado.
Hoy mi viaje acompañando mi destino se libró sobre dos raíles que atravesaron el camino hacia donde estás, para unirme a ti para siempre. No hubo atajos, ni anticipación; el pequeño vaivén fue como sentir el viento, libre, abierto, condiciéndome casi sin pausa y en completa armonía, hasta cuando al bajar me esperabas en la estación y nuestros labios se fundieron en uno.
Abrí la contraventana de mi buhardilla y miré la línea perfilada sobre el horizonte. Cielo azul intenso, mar en calma, trinos madrugadores, montaña solitaria. Siempre idéntica estampa. Mi editor apremiaba con urgencia: misterio, miedo, algo terrorífico. Amor, ternura, y sueños es todo cuanto yo era capaz.
El vigésimo día, observé unas cordilleras de nubes cabalgando sobre el horizonte. Las más negras eran arrastradas con violencia por rachas de viento huracanadas, las más grises flotaban errantes cambiando sus formas. Giraron su rumbo bruscamente aproximándose hacia mi caserío, y descubrí en sus masas evanescentes: rostros de pupilas huecas y bocas deformes, guadañas y patéticos cuerpos. La inspiración me sobrevino al tiempo que la errante nube negra cernía su oscuridad sobre la montaña. Cerré la ventana y tomé mi cuaderno para escribir durante tres días seguidos sin pausa. Escuchaba el viento mojado arrasando los pétalos de mis rosas. Tras cien páginas y un agotamiento interior que apenas sentía, abrí triunfante las contraventanas. Un aire endiablado penetró por una de ellas y mis cuartillas volaron por los aires dejándose arrastrar por el viento. Gaviotas de hojas blancas de las que sólo conseguí atrapar el título : “Ladrón de historias”.
Nos conocimos en la bisectriz de 1991, y la atracción que sentimos fue directamente proporcional a la intensidad de las miradas.
Al principio nos inundaron las dudas, pero logramos despejar y resolver la incógnita.
Vimos pasar años en conjunto, perteneciendo al mismo destino y existiendo por el otro.
Pero algo cambió.
Un día me dijo que la raíz de su amor se había secado, que necesitaba restar monotonía y dividir los caminos, fraccionándome con un denominador de incontables cifras.
Todo cambió.
Hoy cargo trece julios de recuerdos en la nuca y en los hombros, siete primaveras invernales, cientos de madrugadas de oídos desconcertados, sin solución, por la falta de latidos bajo la fría piel de la almohada, e impares navidades que no encuentran circunferencias de burbujas en mi copa vacía.
Vivo entre una constante y el valle profundo de una parábola, garabateando el dolor con ochos tendidos y multiplicando oraciones para que vuelvan esa sonrisa simétrica, las pestañas paralelas y su corazón obtuso.
Y mientras busco un límite para esta desesperación, deseo fervientemente que me extrañe con igual intensidad de cálculo o, aunque sea, con un pequeño segmento de su recta solitaria.
En esto descubrieron treinta o cuarenta gigantes que había en aquel campo sembrándolo de caos, y así como Don Quijote los vio dijo a su escudero: Ves amigo Sancho, que en verdad estoy curado, que ya no veo gigantes donde solo se descubren acobardados molinos de viento. ¿Qué molinos? Dijo Sancho Panza, tirando tan fuerte de las riendas del rucio que a punto estuvo de arrancarle la quijada. Aquellos que allí ves, respondió su amo, observa bien sus aspas volteadas por el viento para hacer andar la piedra de molino ¿Acaso no los oyes? Y diciendo esto se adelantó al aterrorizado Sancho. En el estudio de la CBS, Orson Wells relataba la caída de las naves marcianas invasoras de la que habían surgido unos gigantes de brazos largos, de casi dos leguas, que todo lo arrasaban a su paso, cuando vio, a través de la ventana, cómo se desintegraba el Empire State Building. En el limbo, Cervantes discutía con H.G.Wells, ante la atenta mirada de Carver, sobre la coherencia de las ideas y su relación con el mundo real.
– Abuela, el viento puede cambiarlo todo y llevarse cosas.
– Algunas veces, el del norte es el que más fuerza tiene.
– Se llevó el viento la cabeza del abuelo? – me pregunta llena de asombro.
– No, él se fue lentamente, de otra manera, primero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta, sus pasos comenzaron a mostrarse inseguros y finalmente sus ojos perdieron la luz y el brillo que tenían antes.
Ella me observa mientras yo me dirijo a él y con mimo y ternura arreglo su pelo fuerte, negro y alborotado que le cae desordenado sobre su cara. A continuación le acaricio con dulzura su rostro surcado por el paso de la enfermedad y del tiempo.
Sonrío, mientras la vida me va colmando de minutos, segundos y horas de felicidad y de saber que aunque él se esté alejando poco a poco de mí, su corazón permanece a mi atado.
-Ha parado la lluvia- dije.
-Siempre habrá un momento en el que volverá a llover- contestó y siguió remendando el viejo pantalón.
-Parece que ahora empieza el viento.
-Sí, como aquel año, después de la lluvia vino el viento y con el viento empezó a desmigajarse la vida. El viento volvió hambrientas a las olas que se tragaron a tu abuelo. Quizás cuando cambie el viento, las olas nos lo traigan de vuelta …- hablaba como para sí misma, mientras seguía cosiendo aquel nuevo remiendo en el pantalón del viejo, como cada año, cuando el viento empujaba a la lluvia y alargaba las olas, cuando volvía la tormenta del marinero muerto.
En mi pueblo, una tarde calurosa de verano se desliza suavemente hacia una noche cálida plagada de estrellas o bien, se vuelve helada en un abrir y cerrar de ojos. Todo depende del caprichoso viento del Norte, que a modo de presentación nos trae un olor inconfundible a mar. La nariz de la Josefa es experta en detectarlo antes incluso de que comience a moverse la primera hoja. –¡Huele a sardinas! -anuncia. Y no se equivoca. A los dos minutos justos hace su aparición un viento bruto y frío procedente del Cantábrico que nos obliga a entrar en casa y colocarnos ropa de abrigo, dando por finalizada la jornada veraniega. Mañana, Eolo dirá.
Pedro sube la persiana del bar nada más amanecer. Cerca, Sagrario la panadera, coloca el mostrador con esmero. Como una flecha atraviesa mi campo de visión Fernando el cartero sujetando con una mano el manillar de su bicicleta y, con la otra, un puñado de cartas sedientas de recepción. Mosén Esteban, aguarda con la puerta de la iglesia medio entornada, la llegada de algún feligrés. Y como de costumbre, “Salchichas” el perro pastor, mantiene a raya al rebaño en lontananza.
Una repentina ráfaga de viento me obliga a abrir los ojos. Ya no quedan ni las sombras del pasado.
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El viento que doblegaba las ramas, que batía los troncos, que arrancaba las hojas, no podría contra su vida.
Había decidido levantarse, afirmar sus pies en tierra, enfrentarse con la decisión de un gigante a la desdicha. Mil voces no la callarían, mil gritos no ahogarían sus sentidos, todos los convencionalismos, los miedos, las conveniencias no frenarían su decisión de caminar siempre erguida, con la mirada fija en el futuro, suyo, nuevo, naciente en un horizonte aun oscuro, pero en el que empezaba a vislumbrar el primer punto de una luz que a no tardar sería un amanecer de esperanza.
Sintió que algo mojaba su cara, quizás fueran lágrimas, pero prefirió pensar que la lluvia la acompañaba esa mañana.
Cuando le dijeron que lo contratarían si arrancaba una sonrisa al pétreo rostro del Jefe, él aceptó el reto. Como presentación corrió sin rumbo con su Temporal duro, y lo que hizo fue arrancar grandes árboles a su paso. Serafines y querubines temblaron ante los estragos.
Lo intentó con un Frescachón, y los animales, que por entonces eran enormes, tuvieron dificultad para moverse. Arcángeles y demonios detuvieron sus apuestas.
Esta vez mudó intensidad y dirección, deleitando a los océanos con una débil Brisa flojita que mantuvo las crestas de las olas vítreas, sin romper. A los dorados cabellos de la Corte Celestial en un leve vaivén. Entonces el rostro de Dios cambió. Y el Viento fue contratado por toda la eternidad.
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