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Despertó aturdido hasta que comprendió que había tenido otra pesadilla: un día un incendio asolaba el rascacielos de su empresa, otro una enfermedad degenerativa acababa fulminantemente con él, otro moría calcinado en un choque en cadena. Probó distintos remedios para acabar con esa tortura, pero ninguno funcionó. Incluso decidió no dormir para hacerlos desaparecer, pero también fracasó. Ayer comprendió que en su trabajo estaban todos sus problemas, así que fue allí para acabar con ellos. Al poco de llegar cientos de papeles volaban desde un vigésimo piso, tras ellos sus problemas. Fueron tan rápidos que llegaron antes al suelo.
Desde la ventana otea la plaza: nada, nadie, como si el mundo hubiera abierto un paréntesis. Su mirada descubre, sobre los adoquines, un sombrero que zigzaguea arrastrado por el viento. También distingue la sombra de la muchedumbre agolpada en las esquinas, esperando su turno. Asoma una mujer a la carrera. Emboscado, decúbito y con la culata apoyada en su hombro, inspira profundamente. Mantiene sus pulmones quietos mientras apunta y, luego, dispara. La mujer cae abatida. Un niño corre; se escucha el grito ahogado del gentío. Aprieta el gatillo de nuevo. El cuerpo menudo del chaval se estrella contra el pavimento. Absorto, mira el sombrero que voltea caprichoso, como si una batuta incorpórea lo hiciera danzar entre los acordes del viento. Desde la ventana ojea la plaza. Luego, cierra los ojos: quizás cada bala lleva escrito el destino de un hombre; tal vez despierte y la guerra sólo sea una terrible pesadilla. Se queda ahí, ensimismado en sus pensamientos. Luego regresa a la vida, pero nada es mentira. Su vista se pierde persiguiendo el serpentear del sombrero. El viento transporta un olor repulsivo, mitad miedo, mitad muerte, que densa el aire hasta hacerlo irrespirable. Corre un hombre. Dispara.
Acudí a llorar, yo que nunca lloraba. Y fue el viento el que me deshizo. “Como cada vez que puedo contemplarte me haces sentirme pequeño, mar. Mar de Plencia, de Bermeo, mar desconocido de mis antípodas, mar de enfrente de mi casa, inmensamente mar. Tu inmenso fuerte viento que vuela mis cabellos, desnudándome, tu furia, tu bravura, inmensas. Las inmensamente tuyas crines blancas de tus olas doradas, la ira y el odio con los que amorosamente lames la roca y mis manos en tu orilla”
El día que el vendaval se llevó a Germán, la vida empezó a ser otra. Mamá se varó en el lamento de haberlo subido con ella a tender a la azotea. Y allí se quedó. Papá, que había salido a buscarlo, volvió con una grulla, dos palomas, una cometa y un racimo de globos descoloridos. Pero no era lo mismo. Germán había dejado un vacío muy grande difícil de llenar. A veces, asomados a la ventana, lo veíamos pasar volando. Lo llamábamos a gritos y él saludaba como si fuera en autocar.
Una tarde otoñal el viento lo dejó en la puerta. Lo abrazamos todos. Menos papá, que se había ido de nuevo a buscar cosas que volaran. Germán había crecido un palmo y estaba despeinado. Nos contó como era el mundo, pero desde arriba. Altanero. Mamá seguía lamentándose de lo de la azotea. De nada servía que Germán diera saltos ante ella diciéndole que había aterrizado. No volvió a ser la misma. Él tampoco, se creía muy volátil. Y alardeaba de ello. Pero el que más cambió fue nuestro padre, que nunca regresó y nos conformamos con un señor que vivía enfrente. Y no se parecía en nada.
Cambió como el viento. La mujer, recatada y discreta, se transformó a sus cuarenta años en otra distinta, llamativa, vital, deseosa de probar el sabor picante de la existencia. Guardó en cajas con antipolillas los viejos atuendos, tan anodinos. Llenó una maleta con prendas modernas que destacaban las formas voluptuosas de su cuerpo y en junio se embarcó en un crucero por el Báltico. Decidió que durante esa semana iba a disfrutar de la gran aventura de su vida. Conoció al hombre en la primera cena. Un cincuentón, aficionado al golf, con el físico de un actor de cine. Se miraron. Se entendieron. Por primera vez, rió con otro y brindó con cava en la cubierta bañada por la luz de la luna. Durante ese tiempo se entregaron sin recato. Fueron días de charlas profundas en las que dos solitarios desgranaban su pasado, cargado de tedio; noches de lujuria y sexo, arañando cada minuto porque sabían que todo era pasajero. Al arribar al puerto, prometieron verse de nuevo, con la tristeza de la duda pintada en sus rostros. Un día de pleno invierno volvieron a encontrarse. Y esta vez, juraron compartir su soledad.
Ese día todo cambió. Junto a mi mejor amigo aguardábamos los resultados de los exámenes médicos de rutina. El doctor Morales se acercó y confirmó la peor noticia. Yo tenia un tumor en mi pecho, padecía de un cáncer mortal.
Luego de lamentar la situación Morales, se dio media vuelta y se retiró sin más.
Abrumados por la noticia y con una tristeza indescriptible, nos abrazamos fuertemente con Martín, compartimos lagrimas y me transmitió todo su apoyo incondicional.
Al salir de la clínica nos dirigimos al río donde siempre. Allí me regaló una pulsera de mucho valor sentimental para él, y me dijo que esa pulsera me ayudaría con mi enfermedad.
Varios soles se escondieron en el horizonte sin sentir cambio alguno, hasta que una noche el teléfono sonó, era mi amigo contándome que había vomitado sangre reiteradas ocasiones y que el doctor Morales había confundido los resultados, él tenía los míos y yo los suyos.
Días mas tarde Martín fue derrotado sin piedad por el cáncer.
Me acerqué a aquel rió y le devolví su pulsera arrojándola, mientras le dije: «Que paradoja querido amigo, me has devuelto una vida entera»…
Esta mañana el viento que entra por mi ventana es distinto, hoy huele a mar. Acaricia mis mejillas y me alborota el pelo a su antojo sin que pueda evitarlo.
¿Recuerdas amor amor mío cuando tu y yo caminábamos por la playa cogidos de la mano?
Las olas nos besaban los pies mientras entre besos y abrazos jugábamos a elegir los nombres de los hijos que ya nunca tendremos.
Hace mucho tiempo que no vienes a verme. Quizás te cansaste de esperar a que despertara, quizás otra ocupa mi lugar.
No imaginas cuantas veces he deseado haberme muerto en aquella curva, cuantas veces he deseado que desconecten los cables de la maquina que me mantiene con vida mi cuerpo.
Puedo oír todo lo que me dicen pero nada más. Por mucho que lo intento no puedo mover ni un musculo ni tampoco hablar.
Alguien me pone la mano en la frente , me dice que estoy muy fría y que va a cerrar la ventana. Reconozco la voz de mi madre.
Algo cambia en mi interior, como un vendaval desatado que me insufla fuerza.
—No la cierres —consigo decir y me sorprende el sonido ronco de mi propia voz.
Natalia estaba cansada de seguir la corriente. Miraba a su alrededor y observaba a los demás que, como ella, avanzaban a favor del viento.
Todos los días a la misma hora tomaba un café en el bar de siempre, compraba el periódico de siempre que leía en el Metro, esquivando pisotones y codazos. De nueve a cinco intentaba convencer a los clientes de un producto en el que no creía. A la tarde unas cañas en el bar del manco. Por la noche al cerrar los ojos se sentía extraña, vacía; se prometía que mañana todo seria diferente. Así día tras día.
Al salir de casa esta mañana Natalia ha apretado los dientes. Ha enfilado el viento en dirección contraria. Ha pedido tortilla con pimientos en un bar nuevo. Ha comprado el periódico que arremete contra el poder. Ha ido andando a la oficina. Por supuesto ha llegado tarde. El jefe la ha mandado llamar. Natalia ha aprovechado para decirle cuatro cosas que tenía guardadas para él. El jefe la ha despedido.
Al volver a casa con un fuerte viento en la cara que dificulta su avance Natalia se siente ligera, feliz, y fuerte, mucho más fuerte.
Soy la cuerda rota de la que tiraron los asesinos, sin embargo eso no me detiene, hijo. Con el rostro vuelto hacia las tierras cálidas del norte tomo aire, una inspiración profunda hasta sentir que la vida se me ha impregnado de sol, y giro. —El movimiento es cuidadosamente descuidado, como hecho al azar: no confío en el cese de hostilidades del enemigo—. La dirección ahora es el sur, esas Malvinas heladas que hiciste tuyas con tu sangre. Y ahora, qué importa si tengo la entrada a las islas prohibida, vigilada o regulada, lentamente, desde esta Córdoba donde cada baldosa se llama rebeldía, soplo el sol que aspiré sobre esa cruz que te recuerda.
Ocurrió durante la celebración del sexto cumpleaños de Luis, cuando apagaron las luces uno de nosotros le levanto el hábito y… ¡zas!. El grito de la Hermana Sara resonó por toda la finca. “El tocamiento de la monja” como llamaríamos todos al asunto a partir de entonces no debió pasar de simple chiquillada, pero Tía Virtudes lo convirtió en asunto de Estado y se nombro una comisión de investigación. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos los cuatro implicados pactamos no confesar nunca jamás quien fue el autor, culpasen a quien culpasen, y culparon al primo Jaime. El viento de la culpa soplo fuerte en su dirección durante mucho tiempo, pero en la celebración del vigésimo sexto cumpleaños de Luis, Tío Anselmo volvió a sacar el asunto
– Os acordáis de… dijo entre risas
– Pues yo creo que no fue Jaime, dijo mi hermana Alicia
Y la culpa cambio como el viento, de forma inesperada y caprichosa; viro ligeramente hacia mi hermano Héctor, soplo indeciso hacia Luis y tras algún titubeo arrecio claramente en mi dirección; ya son tres años soportando un vendaval continuo de culpa, en cualquier momento cambiará.
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