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La mujer que tenía delante, sentada en una butaca, que me miraba con los ojos emborronados por las cataratas, la memoria desangelada y el cuerpo desarmado era mi madre. Cuando me preguntó aquella tarde, por tercera vez, dónde estaba su hija, sentí como si el mundo me hubiera expulsado de él. Intenté contener el dolor que me acuchillaba y las lágrimas que se agolpaban en el borde de los ojos a punto de despeñarse.
Inútilmente quise hacerle entender que su hija era yo, la que tenía delante, que no había ninguna otra. Mi madre me decía que sí con la cabeza aunque, al mismo tiempo, insistía en saber dónde estaba su hija. Su gesto de impotencia doblegó mi testarudez.
Me sequé las lágrimas, respiré hondo y le contesté que su hija se había marchado al colegio. Cerró los ojos y su sonrisa relajó mi desamparo.
Desde aquel día regresé a mi lejana infancia, me desdoblé en dos personas, concediéndome el privilegio de hacer feliz a mi madre por partida doble.
Los ojos muy abiertos. Un golpe de volante.
Un hospital, mil personas que hablan, un cuerpo inanimado. Ojos cansados que derraman dolor, miradas que no ven y movimientos apagados.
Una brisa que acarició cabellos y susurró silbantes melodías le dejó su lugar a un huracán violento y destructor que llegó perfumado de ginebra y de prisa.
Después ya no hubo brisas, ni vientos ni tornados, solo el aire que envuelve los latidos.
Sobre una vieja señalización de madera he escrito tu nombre.
Observo como sale el sol. Siento como un rayo de esperanza me alcanza mientras el viento despeja los grises nubarrones que atormentan mis días y, poco a poco, se va disipando la espesa niebla que me envuelve. Noto que puedo caminar erguida, sin esconder mi rostro bajo las gafas de sol que eternamente me acompañan ocultando mis sufridos ojos encogidos por la eterna humedad que desprenden.
Percibo como mi pie da un paso titubeante y se adelanta despacio. Hago un gran esfuerzo y otro le sigue un poco más lejos y, aún con miedo, compruebo como cada vez se van haciendo más ligeros. Me sorprendo de conseguir caminar sola y me pongo mis zapatos de charol, aquellos que me compré antes de casarnos.
Ahora, el cambio del viento me impulsa a andar con la cabeza alta. Miro hacia delante y guardo en mi interior todo lo que necesito para volver a empezar, tan sólo una sonrisa y un paquete de esperanza. Porque sobre una vieja señalización de madera he escrito tu nombre con letras efímeras que ahora se desvanecen y ya no eres más que un recuerdo.
Tradición es en nuestra familia que una pareja recién instalada ponga una veleta en el tejado de su casa.
Escogimos una damisela con vestido largo y melena suelta, giraba y se balanceaba emocionada al más mínimo soplo de aire y, entre la neblina del alba, sorprendí un viento de verano que se enredo en su vestido blanco desvelando sus piernas.
Al llegar el otoño yo estaba tan cansada por mi estado de gravidez, tan sumergida por mis obligaciones ínfimas e infinitas, que poco a poco deje de mirarla como todas las mañanas…
En noviembre a mi marido se le hizo bien claro: “¡Esta veleta ya no sirve de nada!”… en efecto la damita medieval permanecía varada mirando a lo lejos por más que cambie el viento…
Este se complacía en abofetear los transeúntes, romper tejas y golpear con furia las contraventanas de nuestro hogar …pero ella no reaccionaba…
Al llegar la navidad nació nuestra primera hija, al volver de la clínica con ella en brazos levante la vista y se la enseñe a la veleta toda roñosa como petrificada… …venteaba… salio de su sueño e inicio un primer movimiento… nunca mas se paro…
A través de Junio, danza el céfiro, retornan las brisas incandescentes, los cambios de viento…
Braceaba contra el bramido de las olas, rizadas en zafiro, con las pupilas embrazadas al último hálito de vida. Allí saltó la madre en su ayuda, no sabiendo cimbrearse ni tampoco patalear, y menos permitir que el cuerpo flote. Cambió como el viento.
Regurgitado por los abrillantados rizos azules y espumosos, él se salvó; ella descansó como una sirena inerte bajo techumbres de agua. El mar repitió su melodía de ninfa marina así una y otra vez.
Teníamos claras todas las posibilidades, estábamos seguros del lugar al que queríamos llegar, de la luz con la que emprenderíamos el vuelo, encontramos la fórmula para mantener a flote el bote y navegar y de repente, todo cambió como el viento; aumentaron las posibilidades de uno quedando el otro en la más absoluta miseria, los lugares de interés del uno carecían de importancia para el otro, se hizo la oscuridad y se rompieron las alas, se hundió el bote y ninguno de los dos sabía nadar. El viento fue alejándonos tanto… que cuando cesó volvíamos a estar juntos, de la mano, camino de volver a barajar las posibilidades.
Como una amable y balsámica brisa llegó al barrio hace años, revestido de un halito de bondad que cautivó a todos por igual.
Hace meses cambió como el viento. Todos estaban atónitos.
A soplos se alejo de aquellos que le necesitaban. A ráfagas modificó su opinión. Al socaire de la ambición traicionó a sus amigos. A rebufo de los poderosos medró. Con el aire se ubicó en otros lares. Como un torbellino destrozó todo buen recuerdo.
Parecía otro… Nunca nadie advirtió que su gemelo le reemplazó.
El viento, como la suerte, tiene rachas. Eso pensé cuando la pelota con la que jugábamos en el jardín cambió súbitamente de dirección y entró en la casa, destrozando de un golpe el jarrón chino del siglo XVIII. Era el único vestigio de la antigua riqueza familiar y que inexplicablemente la abuela se negaba a vender, a pesar de las penurias que pasábamos. Temiendo una buena reprimenda, Marcos y yo corrimos hasta el armario donde papá guardaba sus herramientas y escogimos el pegamento ultra rápido. Aun así la tarde se nos hizo eterna procurando juntar las piezas. Nunca supimos si fue a causa de los vahos que desprendía el potente adhesivo o era el jarrón el que se negaba a recomponerse. Nuestras manos se volvían torpes al intentar atrapar los dragones azules que escapaban de los trozos de porcelana, y que giraban enloquecidos por la habitación, junto con el espíritu del abuelo, aguardando a que una ráfaga de viento se los llevara.
Todo el pueblo estaba al corriente. Fueran ciertas o no las afirmaciones, poco importaba. Ni el más valiente de la zona hubiera osado rozar aquel árbol, mucho menos trepar a lo alto. Los más viejos afirmaban que las ramas agarraban al intrépido y le impedían bajar, transformándolo en fruto. Más de un leñador intentó talarlo, pero al segundo tajo las hachas se quebraban y el tronco les disparaba astillas hasta abatirlos. El ciruelo crecía solitario en lo alto de un cerro, sin que nadie se atreviera a probar las frutas que rodaban loma abajo. Se decía que quien lo hacía perdía el juicio y acababa ahogado en el río o saltando del campanario.
Cuentan que un día la comitiva real atravesó aquella aldea, y que al infante don Carlos le entró un hambre atroz. Era un joven gallardo, amante de las ciencias. Lanzó una mirada desdeñosa a los lugareños que le advertían sobre aquel árbol maldito. Supersticiones de plebeyos, repuso altivamente, y se metió varias piezas en la boca. Lo cierto es que algo cambió desde entonces. Llegó a ser rey, sí, aunque nada quedó de su lucidez o hermosura. La historia olvido el ciruelo, pero no al rey hechizado.
Nadie fue a su entierro. Ni las nubes, ni el sol, ni siquiera la luna con la que solía jugar al escondite. No hubo plegarias de duelo. Ese día además, los pájaros extrañamente se despistaron, y tampoco se vieron flores por allí.
Sólo un rígido ciprés fue testigo del adiós para siempre del viento.
Lejos de allí, apuntando en dirección contraria al camposanto, la veleta sonreía.
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