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Algunas veces, cuando menos me lo espero, siento la necesidad de salir a la calle y expresarme, entonces voy a la habitación de los trastos y busco mi vieja guitarra con su funda de cuadros, me pongo lo primero que encuentro en el armario y bajo al portal, se que si cierro su puerta a mis espaldas ya nada me detendrá. Busco un autobús que me traslade a la otra punta de la ciudad y allí camino mirando al suelo avergonzada buscando alguna placita o parque que me agrade. Cuando encuentro mi lugar me da por llorar y surgen sentimientos a flor de piel, entonces saco la guitarra de la funda y me pongo a cantar aun con lágrimas en los ojos. Mi canción preferida es “Vientos de cambio”. Muchos me dicen que al día siguiente todo será otra vez igual, pero yo no les creo.
Es horrible vivir sin amor. Daniela lo sabe. Cada noche simula afectos y cobra por sus caricias. Algunos de sus clientes son amables. Pero otros,borrachos de angustia,descargan toda su frustración sobre esta mujer pequeña y frágil,casi etérea. Cuando Daniela llega a casa no puede respirar. Está cansada. Se aproxima a la ventana y la abre; el cielo es de un color azul intenso, la tramontana sopla vehemente. Se despoja de la ropa y cierra los ojos,quiere sentirse libre, olvidar. El viento al verla se detiene, juega con ella, refresca sus penas. Se torna cálido y suave explorando su cuerpo.Y enredado en su pelo, le susurra al oído hasta hacerla estremecer. A partir de esa mágica noche, la ventisca no la abandona y la visita en el ocaso.Daniela se siente amada y no quiere despertar de ese enigmático sueño. Se perfuma de azahar para deleite del aire, y deja que la recorra lentamente cada noche, hasta llevarse su aroma con él. Pocos pueden sospechar lo que sucede en esa casa cuando termina el día. Pero murmuran contrariados por el cambio del viento. La tramontana es ahora un soplo tórrido y ligero…perfumado de azahar.
RELATOS MENCIONADOS (orden alfabético)
Los relatos elegidos como «mencionados«, que podrían ser incluidos en la edición final como finalistas mediante la repesca que realice el jurado de la final son:
A gracias a todos los que seguís participando.
Ya estamos esperando que el viento nos siga trayendo otra bonita colección de historias…
Cuando la veleta del campanario cambió de dirección, en el pueblo pasaron cosas muy extrañas. La madre de Juan, el maestro, se le murió dos días seguidos a pesar de gozar de buena salud, y Pili, la peluquera, embarazada de ocho meses, parió tres veces sin dolor ni complicaciones a su futuro bebé. La mujer del alcalde le fue infiel con Paco, el tabernero, aunque él no se enteró de nada, porque se había mudado a Madrid, para presidir el Gobierno de la Nación. Otras parejas también cometieron adulterio, sin que sintieran por ello, ni pizca de remordimiento. Los adolescentes volaban libremente sobre los campos y los niños pequeños, jugaban con los regalos que les traían los Reyes Magos casi todos los días. Incluso el cura, de hábito raído, llegó a ser nombrado Cardenal, y se paseaba muy ufano dejándose besar el anillo.
Pasada una semana, el viento volvió a cambiar de rumbo, y los sueños regresaron a las almohadas. Los vecinos volvieron a sus anteriores rutinas ojerosos, melancólicos, y mirándose con pudor si se encontraban por la calle. Solo Martín, el pastor, pudo suspirar aliviado. Al fin y al cabo, a él, el lobo siempre le comía las ovejas.
Mientras te miro, pienso: ¡Si supieras! . . . Fuiste el dueño de mi amor, aquel invierno de hace tantos años. Acostumbrados a corretear por el campo de tu abuela, la amistad con tu hermana me había unido a ti. Recuerdo, y sonrío: Habíamos concluido la primaria y ese año comenzábamos un nuevo ciclo. ¡Por Dios, qué orgullo! Ya nos sentíamos grandes. Ese domingo de invierno, fuimos al campo; ya no corríamos tanto, hacíamos juegos de ingenio y tú trajiste el de magia. Eso sí, a lo que no podíamos sustraernos, era a las escondidas. Precisamente, jugando a ellas fue cuando me robaste el primer beso, en el galpón de las herramientas, mientras tu hermana trataba de encontrar nuestros escondites. Para ti no fue nada, para mí, todo. Te amé en secreto hasta el próximo verano, en el que esperaba verte. Pero, de premio de cumpleaños –catorce- mis padres decidieron llevarme al mar. Y allá, querido mío, mi sentimiento cambió como el viento, así de rápido, como cuando llega el viento del sur y despuebla la playa. En ella, conocí a Ricardo y me enamoré de él. No me sentí mal, porque afortunadamente, tú jamás te enteraste de nada.
Se casaba el sábado siguiente con un novio serio, de los de bigote y sombrero, ya algo mayor, pero es que a su edad necesitaba ser práctica. Solo le pesaba no haber tenido alguna aventurilla que le hubiese servido para olvidar la rutina a la que se consagraba. Sin esperar nada ya, sucedió de repente, dos días antes de la boda. A la vuelta de una esquina, de improviso, chocó contra él, que casi sin querer le alborotó el pelo, se enroscó entre los botones de su blusa y, juguetón, silbando admirado, le quiso levantar la falda, haciéndole sonrojar como nunca antes le había ocurrido. Y esa misma noche, bramando de deseo como un huracán, se coló por una rendija de la ventana que ella había dejado abierta esperando lo imposible.
La boda se celebró, pese a todo —ya dije que necesitaba ser práctica—, en medio de un inmenso aguacero derramado por el viento, y aunque ella también lloraba, se mantuvo firme y no le tembló la voz cuando tuvo que decir “Sí, quiero”.
Han pasado ya algunos años, pero ahora se siente feliz cada vez que ve cómo su hijo juega con su padre, haciendo volar una cometa.
Cambió como el viento cambia el rumbo de un velero en un mar de tormentas y sin siquiera sentirlo, cambiaron de sentido las arenas de aquel reloj que da la vida y la muerte. Fue entonces cuando se rasgó el velo y las almas dejaron de vagar entre la bruma que separa lo finito de lo infinito.
Tras ello, el caos. Enfermedad, hambruna, guerras…
Se desprendieron las utopías de los sueños atrapados y se hicieron realidad aquellas pesadillas que aguardaron durante lapsos eternos, enfrascadas en lágrimas de terror.
No hubo más flores. Los nimbos trajeron el veneno con aquella lluvia constante y radiactiva.
Nunca más jugarían niños en los parques, unos parques devastados en un planeta que ya no era más que un páramo desértico.
Los más mayores aguardaron encerrados en sus cobertizos llenos de esperanza, a la espera de una nueva luz, de un nuevo comienzo.
Y llegó aquel día profetizado. Y las catástrofes se desencadenaron en medio de aquel firmamento desteñido y tormentoso.
Casi sin tiempo a pestañear, aquel manto espeso pobló la tierra. Y aquella inmensa niebla opaca y oscura se apoderó de cada partícula de vida existente.
Tras ello, la calma.
Aquella mañana amaneció como tantas otras. En el estómago aún permanecían revoloteando las emociones del día anterior. La despedida había sido idéntica a otras tantas acaecidas en los últimos años; un túnel, dos coches, un par de horas compartidas y una inevitable bifurcación en el camino
Pero el proceso no había hecho más que comenzar. Primero fue el despliegue de un velo de silencio que parecía frágil y quebradizo, ya había ocurrido antes; no parecía un enemigo peliagudo de combatir. La esperanza y el amor eran muy poderosos. Pero el velo no se rasgó por ninguna parte.
Al contrario, el velo se endurecía más hasta convertirse en un cristal oscuro, rígido e inflexible. Las tentativas para atravesarlo resultaron inútiles y dolorosas. El tiempo transformó el vidrio en muro y la esperanza fue lo único que se quebró.
Con la esperanza hendida construyó un armario amplio donde abrigar las palabras no dichas y las carcajadas mudas; donde clavar los recuerdos engendrados y las nostalgias forjadas; donde instalar los besos embrionarios y las caricias incipientes.
Cuando todo estuvo en orden y apilado, su corazón se sintió libre de maraña y comprobó que, a la vez, había quedado seco, áspero, esquivo y huraño.
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