¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


El día que la vida perdió su firmeza yo nacía viento, flotaba por las calles arremolinando palabras secretas que nunca nadie había de decir. Me vestí de irrealidad y nadé sobre los días sin premura, sin temor. El tiempo había perdido su sentido para mí, transcurría ajeno a mi existencia y la vida flotaba a mi alrededor como una brisa suave que no podía unírseme.
Fui aire para los demás o los demás lo fueron para mí y de esa misma solitud nacía mi naturaleza etérea, mi locura, mi vida.
Aunque escasamente habitada, es una región de tierras fértiles, batida durante buena parte del año por los húmedos vientos alisios procedentes del este. No hace todavía un mes que ambos se vinieron hasta aquí, abandonando sus empleos en la ciudad: deseaban iniciar una nueva etapa de sus vidas, dedicándose al cultivo de hortalizas y a la cría de animales.Si el viento amaina yo la abrazaré bien fuerte y me la llevaré conmigo. En cuanto alcance con dos brazadas a esa Vírgen Inmaculada con el niño tallado en madera, flotando entre las ropas y los restos de equipajes.
No puedo ver el mástil, ya se hundió del todo.
¡Vaya, alguien agita los brazos entre aquellos toneles! Quizás podamos llegar juntos hasta la costa.
No podían creer lo que tenían ante sus ojos: el ángel negro había sesgado el alma de aquella niña. En el rincón de lo onírico, los juegos habían perdido su esencia; las canciones se habían tornado mudas. Se preguntaban quién balancearía ahora aquella batuta responsable de convertir sus fantasías en realidad. Poco a poco lo inerte se fue adueñando de la habitación hasta hacer de ella un mundo asolado por la oscuridad; sin embargo, olvidaron lo que la niña tantas veces les había enseñado: «siempre seréis testigos de mis caminos». Suspiros de luz agitaron las cortinas del juego entre vientos de dolor. El cuerpo había desaparecido, pero su alma permanecería para siempre en el centro de aquella habitación.
Había malgastado la adolescencia en las calles, militando en una banda.
Al llegar la hora del servicio militar, se declaró objetor de conciencia. Cualquier cosa mejor que hacer instrucción. El tribunal médico le dio dos opciones: limpiar desechos industriales o trabajar en un centro para enfermos terminales. Escogió esto último sin mucha convicción. Le pareció simplemente, más limpio.
Cuando conoció a su primer paciente, cambió como el viento.
Era un anciano sin esperanza de salvación, pero con un gran apego por vivir.
El joven no había conocido a sus abuelos, por lo que aquel hombre asumió el papel. Despertó en su alma perdida, el amor por la lectura. Hablaban durante horas, mientras el enfermo tomaba las comidas o realizaba el aseo matinal.
Una mañana lluviosa, el anciano partió, rompiéndole el corazón.
Lloró amargamente, encerrado en los aseos de la planta.
Maldijo al mundo y la mala suerte. Pensó escapar y tirar todo por la borda. De pronto, alguien golpeó la puerta del baño. Era el jefe de planta.
Un nuevo enfermo acababa de ingresar. Le necesitaban.
Aún con los ojos llorosos, acudió a su encuentro. Era una anciana menuda, de pelo blanco como la nieve. Su abuela había llegado.
A nadie se le había ocurrido antes. Una noche, la primera que dormía fuera del frenopático, se me «apareció» la idea: convocar a todos los vientos del mundo en un campeonato internacional para determinar cual era el que más influía sobre la mente humana. O, dicho de otro modo, ver quién era capaz de hacer perder las entendederas antes a un sujeto expuesto a su influencia.
Desde las Rocosas llegó el chinook, todo un mito que, desafiante, miraba al legendario föhn, como si la cosa fuese solamente entre ellos dos. Los “desérticos” formaban grupo aparte, sintiéndose élite: siroco, pampero, sonora, simún… y no dejaban acercarse a ellos al devastador mistral. Mirando a todos con altivez, desde la cercana colina de las dos cruces, estaba el xaloc, que competía “en casa”.
El ambiente se tornó extraño, tenso; la atmósfera, eléctrica. Entre el público empezó a verse algún síntoma de vesania cuando, de pronto cesó el aire y una insoportable calma chicha se adueñó del medio. Descorazonadora, a los tres minutos había conseguido ahuyentar todos los vientos e inducir al suicidio a la mayor parte del jurado, declarándose el premio desierto y aplazándose su convocatoria para el próximo mes de julio.
Fuera sopla el viento de forma agresiva, casi voraz. Son las tres de la madrugada y el ruido del las tejas tintineantes no me deja dormir. Me asomo a la ventana y abro la persiana para ver mejor lo que pasa fuera. Las fuertes ráfagas arrastran hojas, arenilla y algunas bolsas de plástico, los árboles se agitan como movidos por una fuerza infernal, parece un huracán. Yo en cambio siento paz, me siento como una de esas motas de polvo, pequeña e insignificante, y siento envidia, me gustaría ser arrastrada por el viento como una mota más. Nunca conseguí nada de valor en esta vida, soy mediocre en todos los aspectos y lo que más daño me hace es no poder perder la esperanza de encontrar mi lugar. Este sentimiento me lleva a vestirme y calzarme, salgo a la calle. Quiero dejarme arrastrar por el aire y desaparecer. Empiezo a correr sin rumbo notando como el frío se mete en los huesos y llego a un descampado donde el viento sopla casi de forma cruel contra la arena desnuda. Me tumbo en el suelo, siento que me elevo y, ahora sí, soy una mota de polvo más.
El mar ha crecido en deseo por la acogida entre sus aguas de una sugerente chica llamada Venus, que navega desnuda en una concha color marfil, mecida por el viento del oeste. Las aguas cristalinas reflejan la piel tersa y rosada de la joven, que inocente deja entrever sus pechos. Su educación le advierte que no debe insinuarse, pero rebelde sólo quiere desobedecer prohibiciones.
Céfiro y Cloris son pareja desde hace años. Ante la llegada a la orilla de la fémina, observan atónitos su belleza y se regalan miradas cómplices. Saben que ella avivará el fuego de su relación consumida. Céfiro, Dios del viento, sopla pícaro, con la intención de jugar con la abundante melena de la chica que se desliza entre sus piernas.
La perfección carnal de Venus provoca sentimientos opuestos a la ninfa Primavera, que la mira con tristeza a la par que se marchita. Acostumbrada a embelesar a los hombres, no puede reprimir sus celos e intenta ocultarla con un manto púrpura.
Venus se arropa y derrama una lágrima al comprender que ha nacido en ella una mujer. A pesar de sus sollozos, Botticelli esboza una sonrisa al contemplar desde la ventana su sueño lúbrico.
El viento “ábrego” pierde su humedad en Reinosa. Ligero, raudo, seco y salvaje baja por la sierra del Escudo, hacia la bahía santanderina.
Si llega muy cálido lo llamamos “abrilada”, si persiste por días decimos que sopló la “abriguna” y en genérico, lo llamamos “surada”.
Esos días la atmósfera pierde su habitual humedad cantábrica. La gente se acatarra y se secan el aire y los cerebros, produciendo dolores de cabeza y a los más débiles profundas depresiones.
La bahía se riza, parece que hierve y si toca “sizigia” puede inundar las riberas.
En1941 fue el responsable del pavoroso incendio que asoló la capital.
Mi prima Carmina dice que, por ignorancia, esos días solo cogen la lancha los que vienen de Castilla en el “tren playero”.
Uno de mis entretenimientos de sesentón es pasear la yema de mi dedo índice por el “Google Map” en el i-pad que me regalaron mis hijos la pasada Navidad. No sé qué busco pero siempre encuentro algo.
Entre Azores y Canarias hay un minúsculo archipiélago. Era desconocido para mí.
No se trata de la isla fantasma de San Borondón de quita y pon.
Son las islas Salvajes.
Dicen que el “ábrego” tiene allí su cuna.
Trajes de modistos famosos, relojes de marcas, viajes en avión privado y veraneos en hoteles de lujo, todo ello sin importarle el color ni la procedencia de su dinero que él mismo enjabonaba, lavaba y aclaraba en la lavadora de su conciencia.
Cuando la palabra “crisis” llegó a su vida, ni se inmutó. Su cuenta corriente había crecido tanto que necesitaría tres vidas para poderla disfrutar.
Su mujer podría seguir luciendo joyas, trajes de marca, peluqueros de élite, arreglitos en su cuerpo a manos de cirujanos famosos y abrigos de pieles de focas apaleadas. Los niños seguirían acudiendo al colegio más caro de la ciudad, seguirían acudiendo al club de tenis y la familia no tendría que renunciar a las vacaciones ni su “amiga” se vería obligada a abandonar el nidito de amor.
Por eso, cuando se vio en el juzgado, no le sirvió de nada su apelación: se descubrió el lavadero y dio con sus huesos en la cárcel, su mujer vistió de rebajas, los hijos tuvieron que ir a un colegio público y la amiga se fue con otro.
Y como tenía experiencia, durante muchos años, siguió purgando sus delitos en la lavandería de la cárcel.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









