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El viento “ábrego” pierde su humedad en Reinosa. Ligero, raudo, seco y salvaje baja por la sierra del Escudo, hacia la bahía santanderina.
Si llega muy cálido lo llamamos “abrilada”, si persiste por días decimos que sopló la “abriguna” y en genérico, lo llamamos “surada”.
Esos días la atmósfera pierde su habitual humedad cantábrica. La gente se acatarra y se secan el aire y los cerebros, produciendo dolores de cabeza y a los más débiles profundas depresiones.
La bahía se riza, parece que hierve y si toca “sizigia” puede inundar las riberas.
En1941 fue el responsable del pavoroso incendio que asoló la capital.
Mi prima Carmina dice que, por ignorancia, esos días solo cogen la lancha los que vienen de Castilla en el “tren playero”.
Uno de mis entretenimientos de sesentón es pasear la yema de mi dedo índice por el “Google Map” en el i-pad que me regalaron mis hijos la pasada Navidad. No sé qué busco pero siempre encuentro algo.
Entre Azores y Canarias hay un minúsculo archipiélago. Era desconocido para mí.
No se trata de la isla fantasma de San Borondón de quita y pon.
Son las islas Salvajes.
Dicen que el “ábrego” tiene allí su cuna.
Trajes de modistos famosos, relojes de marcas, viajes en avión privado y veraneos en hoteles de lujo, todo ello sin importarle el color ni la procedencia de su dinero que él mismo enjabonaba, lavaba y aclaraba en la lavadora de su conciencia.
Cuando la palabra “crisis” llegó a su vida, ni se inmutó. Su cuenta corriente había crecido tanto que necesitaría tres vidas para poderla disfrutar.
Su mujer podría seguir luciendo joyas, trajes de marca, peluqueros de élite, arreglitos en su cuerpo a manos de cirujanos famosos y abrigos de pieles de focas apaleadas. Los niños seguirían acudiendo al colegio más caro de la ciudad, seguirían acudiendo al club de tenis y la familia no tendría que renunciar a las vacaciones ni su “amiga” se vería obligada a abandonar el nidito de amor.
Por eso, cuando se vio en el juzgado, no le sirvió de nada su apelación: se descubrió el lavadero y dio con sus huesos en la cárcel, su mujer vistió de rebajas, los hijos tuvieron que ir a un colegio público y la amiga se fue con otro.
Y como tenía experiencia, durante muchos años, siguió purgando sus delitos en la lavandería de la cárcel.
Nada es igual, tu mirada ya no tiene la mansedumbre del agua, que baja cantarina de la montaña,tampoco tu voz, tiene la suavidad del terciopelo, ni el calor de un abrazo sin motivos, ni razón; tu piel, perdió la brújula para encontrarse con mi piel, y,…naúfraga navega a la deriva, sin norte ni sur hacia lo desconocido; cambiaste, como cambia el viento en el desierto, sin previo aviso y en un segundo se desató en ti, una furia descontrolada y un vendaval de palabras se atropellaban por salir de tu boca, esa misma boca, que en tantas noches de placer me besaban con pasión infinita.
Hoy es día de visita y,…te visito, estás en una habitación acolchonada y,… ya nada es igual.
En el intangible silencio que precede al ocaso
Un hecho inesperado desconcierta a los colonos e infunde temor.
Esa noche surcan el cielo potentes haces de luz.
De la ciudad vecina llegan ecos de continuos movimientos de pesadas máquinas.
La curiosidad apura a todos, temerosos acuden a informarse.
La noticia y el despliegue inusitado de militares los deja anonadados.
Grandes camiones del Ejército con misteriosas cargas, filas de tanques de guerra circulando por la ruta y cientos de soldados acantonados en las cercanías de la Fábrica Militar de armas hacen pensar lo peor.
Circulan muchos rumores y ninguna información cierta.
Aviones sobrevuelan la zona, la gente cierra temprano sus casas, temen un sorpresivo ataque.
Los soldados pasan la noche a la intemperie, la generosidad del pueblo se manifiesta de inmediato al acercarle alimentos y cigarrillos.
La terrible tensión dura dos largos días, la noche cómplice ocultó su marcha
-Un secreto a voces habla de un levantamiento militar.
Este hecho real fue un cambio de vientos devastadores para nuestro amado país, Argentina.
El fuerte viento que mecía las mieses de los prados cercanos, trajo a su memoria aquella terrible noche, que acabaría marcando el resto de su vida.
Después de cumplir con sus tareas rutinarias, la mujer se acercó, como cada noche, a la cercana playa, apremiada por el imparable deseo de contemplar la naturaleza con toda su fuerza y su crudeza. Ella sabía que acabaría asombrándose, como le ocurría siempre, por la inagotable fuerza del temporal.
Lo que no esperaba, es que aquel malnacido que solía merodear por apartados parajes, aprovechara la soledad de la playa y la terrible tormenta desatada, para someterla en contra de su voluntad.
Con esa afrenta, además de mancillar su cuerpo, aquel desgraciado apremiado por el mandato de sus más bajos instintos, lograba atemorizarla para siempre.
Ahora, pese a sus largos años, se sentía como una niña indefensa, cada vez que estallaba la tormenta.
Entonces procedía a refugiarse en casa, buscando protección, mientras se tapaba los oídos para no oír el fragor de los truenos y cerraba sus ojos para evitar ver el estallido de los relámpagos, fenómenos que identificaba con aquella aciaga noche.
Cuando soplaba el viento de levante se volvía irascible y agresivo. Todo le parecía mal. A ella, los insultos y amenazas se le clavaban en el alma como golpes racheados de arena en la piel. Una atmosfera de impotencia, pena y dolor invadía la casa.
Después, reinaba el silencio, una tensa calma lo acallaba todo y minúsculas partículas de serenidad se iban colando por todos los rincones.
Se podía respirar y hasta vivir.
Al poco tiempo llegaba el aire fresco de poniente y toda su persona se transformaba en ternura: la llenaba de mimos y caricias, le enviaba delicadas orquídeas, preciosos ramos de rosas rojas y le compraba joyas muy caras. El paraíso soñado y días felices…
Pero cuando todo parecía ir bien, el maldito levante volvía con fuerza calcinando el ambiente y convirtiéndolo todo en un infierno de incomprensión y locura.
Demasiadas lágrimas, demasiado sufrimiento…
Y un buen día, fue ella la que cambió como el viento y empujada por un suave y templado viento del sur, puso un nuevo rumbo a la nave de su vida.
Las primeras luces matutinas se cuelan por las rendijas de la persiana de la habitación y dejan la misma en una penumbra que, por momentos, se aclara.
Fuera, los mirlos con sus particulares trinos, dando los buenos días al débil rayo de sol, que se filtra entre las hojas de los árboles, se empiezan a hacer cansinos por lo insistentes.
Respiraciones acompasadas a media luz en la alcoba sólo interrumpidas por alguna que otra esporádica vuelta en la cama para recomponer y acomodar la postura .La mañana no es fría, pero el fresco del amanecer impregna el ambiente y se agradece acurrucarse bajo el cálido edredón.
Javier, en el sopor y la semiinconsciencia lamenta amargamente los excesos de la cena anterior que ciertamente le ha revuelto los entresijos y le está boicoteando el sueño. Los cambiantes aires intestinales que a cada vuelta en el lecho se trasladan de una parte a otra y de la otra a la una de la tripa con dolorosas punzadas, acaban tomando la dirección de “Toledo”.
De repente tocan diana abruptamente en forma de sonoro, chirriante, áspero, vibrante, cavernoso, profundo, carraspeante, salvaje, irracional, prolongado, trompetero, húmedo y burbujeante…………………………………………CUESCO.
Tras bastantes años sin volver al pueblo donde pasé los veranos de mi infancia, este año lo haría. En este viaje me acompañaban mi marido y mis hijos que preguntaban ya ansiosos “Mamá cuándo llegamos”.
Desde lo alto del monte ya se comenzaba a ver el azul del mar y la carretera empezaba a serpentear hasta el puerto lleno de barcos inundando de color el agua.
Aparcamos y caminando nos dirigimos hasta la parte más baja del pueblo que se levantaba empinado en la falda de una ladera. Al llegar no reconocí mi querido recuerdo, las calles atestadas de turistas se pegaban por el protagonismo, se daban codazos para atraer a más curiosos a sus tienditas de souvenir o a más comensales en sus tascas. ¿Dónde habían quedado esas callejuelas empedradas con las mujeres de los pescadores en la puerta de sus casas cosiendo las redes, dónde estaban las solitarias gaviotas comiendo los restos de pescado en las inmediaciones del muelle? Se habían desvanecido como la noche en el día, era como si el viento se hubiera llevado los recuerdos de mi infancia.
Un viento cálido cargado de humedad marcó el momento: la gata dejó de amamantar a sus crías.
Al más pequeño le costaba renunciar al tibio alimento y aún la seguía a todas partes… hasta que una noche despertó aterido y empapado: El viento que trajo la lluvia, se llevó a su madre definitivamente.
Vagabundeó por las calles hambriento y sin rumbo, asustado, sin fuerzas pero con vida, hasta que, atraído por un campo magnético diferente, llegó a un portal lleno de macetas que rodeaban a un niño. El instinto le empujó a llamar su atención con aquella voz que jamás usaría con sus congéneres: el maullido. Cuando el niño le miró a los ojos, reconoció su destino. Se arrimó sin miedo y le adoptó, para siempre, frotando su cabecita contra él. Era el comienzo de una nueva vida confortable y segura.
Al caer la noche, aquellas manos amables le instalaron sobre una manta en un rincón, pero trepó sigiloso hasta la cama para enroscarse a sus pies cuando apagaron la luz, después de que la madre leyera un cuento sencillo, de final feliz e imágenes hermosas que no provocaban pesadillas, sino dulces sueños.
Como deberían ser todos los cuentos nocturnos.
Alberto eligió un puesto directivo en una importante empresa de ingeniería en el norte del país y eso le supuso tener que abandonar a Susana. Ella no ha querido volver a hablar con él. A él la conciencia le hurga detrás de las orejas cada noche, y ha provocado que aflore su extravagante lado romántico e idee un mensaje de amor para la lejanía. Ha llenado un pequeño globo de helio, le ha atado una bolsa hermética con un mensaje y lo ha soltado una mañana de domingo que el viento era favorable… hacia el sur.
Desde la plaza hasta el magnífico altar no hubo flores. Tampoco grandes adornos, ella sólo permitió que se colocasen simples lazos de tul en las sillas. Un rumor de descontento general llenó la catedral cuando las señoras, engalanadas con sus mejores joyas, y los caballeros, con su colección de relucientes medallas, tomaron asiento. No hubo flores en las manos de los pajecillos que precedieron a la llegada del novio, vestido con el uniforme militar y con la espada reluciente por único adorno. El disgusto general se hizo audible cuando ella entró del brazo de su padre, con un vestido simple de gasa, el precioso pelo suelto debajo del velo y la sencilla corona que llevaba desde los quince años. Miró al que en breves minutos sería su marido y él le sonrió, tranquilo, haciendo oídos sordos a la indignación general. Había sido idea de ambos el donar el dinero que costaría la ceremonia habitual para construir el nuevo orfanato.
Todos los días antes de irse a trabajar, papá dejaba un clavel sobre la almohada. Al despertarse, mamá cogía la flor con delicadeza y la olía durante varios minutos hasta que una sonrisa se dibujaba en sus labios. Luego se reía a todas horas, jugaba con nosotros, nos preparaba tartas y nos bañábamos en la piscina del jardín. La vida puede ser maravillosa, nos decía. Un día dejó de haber flores. Papá y mamá empezaron a dormir en camas separadas. Cesaron los besos, los abrazos y las cenas románticas con velas, champán, ostras y mousse de chocolate. A veces, yo tenía la impresión de que aunque ambos vivían en la misma casa sus corazones se encontraban a millones de kilómetros de distancia. Era como si un muro infranqueable se hubiese abierto entre los dos; como si una alambrada hubiese aprisionado para siempre su amor. Una tarde al abrir un tomo de la enciclopedia, mamá encontró un clavel marchito, aplastado. Se lo llevó a la nariz, pero para entonces la vida ya no olía a nada.
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