Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

MAY06. LA GUARDIANA DEL JARDÍN, de Carmen Guzmán Ortega

La grava del sendero crepitaba bajo mis pies apenas visibles bajo la tenue luz de la Luna. Un búho  me observaba y un sauce reflejaba sus ramas en  un charco. El camino se estrechaba a mis costados por ambos setos poblados de enormes flores blancas. Mi primer impulso fue arrancar un ramo, pero algo me decía que estaba prohibido, y durante un rato se estableció dentro de mí una lucha, la eterna batalla entre la curiosidad por lo desconocido y el miedo a los tabúes.
     Alargué la mano, decidida a arrancar las flores, cuando de repente, por entre los arbustos apareció  una niña de unos cinco años de edad, vestida con una túnica blanca. En sus manitas portaba un gran ramo de flores, como las que yo había intentado robar. La niña me miró entre altanera y tierna.
—Detente, persona mayor– me dijo con su vocecita de plata— tú no puedes arrancar estas flores.
— ¿Y tú sí?
—Yo sí, claro.
— ¿Por qué no puedo yo?
—Podrás, persona mayor, pero antes, debes crecer hasta mi altura.

MAY05. ¿VIDAS DE CINE?, de Rebeca Gonzalo López

Se preparó para ir al cine. Hizo cola hasta conseguir su entrada en taquilla y se dirigió hacia su butaca. En el interior de la sala el silencio resultaba abrumador. Algo desconcertante en los momentos previos a la proyección de una película.
Miró curiosa a su alrededor y descubrió horrorizada que a todos allí les faltaba algo: un ojo; un brazo; la facultad de habla… Personas aparentemente incompletas que seguían adelante sus vidas haciéndose duras en la desgracia. La única flor rara de aquel macabro jardín era ella. Tan débil, ínfima y solitaria como siempre. Tan triste como una flor mustia.
Se sintió ridícula junto al ramo de rosas rojas que había decidido regalarse esa tarde de sombrío aniversario para ella, y que ocupaba la segunda de las localidades que había pagado. Se levantó y su boca floreció con una sonrisa que llevaba cinco largos años dormida. A continuación se puso a regalar a todas las parejas una de aquellos capullos fragantes. Cuando las flores se agotaron siguió repartiendo páginas de la novela que acababa de comprarse esa mañana.
«Las tristezas mejor mantenerlas aisladas. Las alegrías siempre conviene compartirlas», les decía.

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MAY04. TENGO QUE IR, de Rosa Maria Iglesias Yañez

 El día que decido acercarme el corazón me da vueltas en el pecho.
Nerviosa, se me nubla la visión.
Quisiera ir más a menudo. Pienso, para que, para no oírle, ni verle. Se me rompe el alma en mil pedazos. Intento armarme de valor, sacar fuerzas de lo mas hondo, no lo consigo.
Me siento al borde de la cama, miro sus fotos, lloro, le busco pero no le veo, está tan lejos. En esas fotos su sonrisa reclama mi atención y en sus ojos me pierdo, descubro mi razón, y vuelvo a la cordura.
Tengo las flores, son tan bonitas, que adornan todo lo que está cerca, y es feo. Las dejaré a su lado, para que esté a gusto y acompañado, que le den alegría a esa morada triste y desalentadora en la que descansa.
El último día, las flores estaban marchitas. Las hago desaparecer. Lo mismo que en otoño, las flores parecen ocultarse de repente, dejando sus pétalos por el suelo.
He decidido no ir, mi corazón no lo resiste, las flores las dejaré aquí, en la mesilla, aunque la pena amenace mi ser por no poder, hoy no habrá flores.

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ABR.109. ME TRAJO ABRIL, de Ana Gómez Quevedo

Mis recuerdos provienen de un lejano mes de Abril.
Por entonces vivía sola en un sitio diminuto y ruidoso lleno de humedades. Apenas podía moverme, mis débiles huesos parecían poder quebrarse con el más leve temblor.
Estaba yo arrugadita como un níspero olvidado en el fondo de un frutero y apenas tenía cuatro pelos, mis encías estaban desiertas y me alimentaba de una miserable y aburrida dieta por sonda.
Lo días se sucedían sin novedad. Hasta que de pronto algo extraño rompió mi monotonía: sentí una pequeña sacudida y las paredes de mi casa se contrajeron. Luego tranquilidad. Al poco tiempo volvió a ocurrir lo mismo. Tuve miedo. Mi ritmo cardíaco aumentó.
De pronto me sentí atraída por una luz que intuían mis ojos casi ciegos y me desplacé hacia ella aprovechando una nueva y extraña contorsión de las paredes de mi hogar.
Atravesé un camino estrecho y sentí un frío espantoso. Mi llanto histérico se apoderó del momento y unos cálidos brazos me envolvieron protegiéndome. Era mi casa por fuera.
Abril me recibió con el tenue sollozo feliz de mi madre, con leche tibia, lluvia pertinaz y flores de interior. Cada abril recuerdo quién soy y de dónde vengo.

ABR.108. FRANCOTIRADORES, de Xavier Blanco

Llueve. Se escucha el repique de las gotas sobre los barrizales y el lamento invisible de los caídos. Hay un hombre agazapado, está herido. Le encañono tembloroso mientras me observa. Resplandecen, como luciérnagas en la noche, sus ojos color miedo. Sólo se ausculta el silencio que precede a las tragedias, el silencio de los mataderos. Tirito. Tengo frío, la puta guerra que cala hasta los huesos. Llueve sobre el rostro aterido de los muertos, sobre sus guerreras gastadas, sobre sus manos. Llueve sobre el olvido de las viudas, sobre el futuro de los niños huérfanos, diluvia sobre la razón de los hombres. El agua sabe a desasosiego. Revolotea la sombra de los cuervos. Se escucha el trino equivocado de un pajarillo. Sigo mi camino. Me persigue el eco amargo de los fusiles disparando extremaunción. Me apoyo en un roble y enciendo un pitillo. Inspiro hondo iluminando con mis pulmones la espesura de la noche. Se escucha el chasquido de un percutor y el silbido de la muerte que penetra en mi cabeza. Me desplomo como una estatua de barro que el agua deslíe. Llueve sobre mi rostro, sobre mis manos. Se acerca un hombre, me mira: esboza una sonrisa. Llueve.

ABR.107. LOS DOS ACEBOS, de María Milagros López Fernández

Le miró mientras daba su clase y comprendió que el momento de hablar con él había pasado. Salió en estampida con el coche poniendo dirección hacia el hotel, tal y como había planeado.
La lluvia fue su compañera durante todo el trayecto. Se paró en la gasolinera para repostar y comprar un  alijo de todo aquello que contravenía las normas del equilibrio nutricional.
Continuaba lloviendo cuando la puntillosa cordialidad del recepcionista le indicó donde estaba su habitación. Recogió de su coche la caja que transportaba y se encerró en la habitación.
Desde el balcón vislumbraba las sombras opacas de los árboles del bosque cercano  circundado por la persistente lluvia que cobijaba todo. El sueño, a pesar del atracón, había desertado de su compañía.
La lluvia dejaba entrever tibiamente el amanecer, cuando salió del hotel y se dirigió hacia el interior del bosque con su bagaje a la espalda. Se adentró y buscó un lugar adecuado para comenzar a cavar. Cuando consiguió la profundidad deseada sacó un tarro y volteó su contenido en el fondo del hoyo bajo los dos acebos. Era todo lo que quedaba de Marina y así cumplía su último deseo: sobrevivir en el bosque. La lluvia retornó.

ABR.106. HASTA ESE DÍA, de Alicia Hermida

Apoyó el rostro contra el frío cristal e intentó distinguir alguna figura en  medio del aguacero, pero no hubo caso. Se resignó a salir y, enfundado en su impermeable, echó a correr por el camino. No tardó mucho en encontrarla, de pie en medio de la nada. Era una criatura extraña, pensó, sin darse cuenta de que ya se había detenido a su lado y miraba en la misma dirección, hacia la entrada del bosque, esperando, sin saber a qué. Había llegado un día como aquel, empapada y helada, incapaz de pronunciar palabra, de sabe Dios dónde, llena de barro. Ahora, igual que entonces, el pelo mojado dejaba entrever sus orejas, ligeramente puntiagudas. La atrajo hacia sí y la cubrió con el chubasquero. Era consciente de que en algún momento tendría que dejarla ir, pero no sería hoy. Con el agua calándoles hasta los huesos, empezaron a caminar despacio hacia casa.

ABR.105. PRODUCTO DE LA LLUVIA, de Mª José Gª Varela

Fuera llueve, pero dentro…, siento como te acercas a mí, como tu pecho se funde con mi espalda y tus brazos me rodean.
Me besas dulcemente susurrándome al oído tu deseo y tus labios recorren mi cuello con una dulzura infinita. Cierro los ojos para sumergirme, aún más, en las intensas sensaciones que me producen tus manos recorriendo suavemente mi cuerpo. Tu boca se desliza buscando mis senos que te esperan impacientes.
Te busco. Mis labios pronuncian tu nombre en un grito silencioso, pero la angustia se apodera de mi pecho mientras la locura que produce el miedo va ocupando gran parte de mi mente.
La habitación se ilumina por un momento y no te encuentro, un fuerte ruido retumba en mis oídos, tan cerca, que mi cerebro por fin reacciona y comprendo que todo ha sido un sueño.
Fuera sigue lloviendo, oigo como las gotas de agua chocan contra el asfalto cada vez con más fuerza. Por entre las rendijas de mi persiana se cuela un intenso resplandor que lo ilumina todo a mi alrededor y casi, inmediatamente, un gran estruendo me estremece. Mi habitación vuelve a quedarse a oscuras y yo me acurruco, sola, entre mis sábanas.

ABR. 104. SALVADO POR LA LLUVIA, de Jose Vicente Pérez Bris

Acodado a una barra de tugurio, rumiaba penas con la copa vacía. El bolsillo rebosaba telarañas y el tabernero lanzando  miradas suspicaces,  alejaba la posibilidad del crédito. En el aire flotaba la desconfianza.
Para terminar de confabular las meigas, el cielo descargó un tremendo aguacero que no invitaba a pisar la calle. Cuando amenazaba con derrumbarme sobre el  mostrador, la puerta del antro se abrió.
Lo que trajo la lluvia fue un ser insignificante, empapado. Sostenía una cartera ajada de contable. El tasquero se volvió para atender el pedido. Descafeinado, corto de café. El doberman tras la barra  espetó que no ponía cafés. El lechuguino, protestó con voz chillona. Cuando estaba a punto de perder los dientes de un guantazo, agitándose mecido por el puño del dueño, descubrí un papel azulado pugnando por abandonar el bolsillo de su impermeable.
Entornando los ojos por la cogorza, lo atrapé con dedos temblorosos. Ajeno a la timba, lo desdoblé,  descubriendo un talón por quinientos euros. ¡Y al portador!
Mientras me retiraba prudentemente a la esquina, el parroquiano abandonaba el local  derrotado. El dueño me miró, retándome a un segundo round. Alargué el cheque con mano inocente y sacié deuda y sed por igual.

ABR.103. EVOLUCIÓN, de Mar González Mena

Todas mis cosas cabían en una mochila. Cada vez que llovía, mamá nos obligaba a recogerlo todo y, en cuanto escampaba, teníamos que marcharnos. No me gustaba la lluvia. A ninguno de nosotros nos gustaba la lluvia. Ellos salen después y arrasan con todo. Por eso teníamos que marcharnos y buscar otro lugar para vivir.
Eramos nómadas, pero mi papá es muy listo y encontró la solución. Nuestra nueva casa tiene el tejado rojo con unos puntos blancos muy divertidos. A mí me encanta, pero a ellos no, por eso es tan segura. Después de nosotros, todos los demás se mudaron a casas como la nuestra.  Desde entonces, a los gnomos no nos molesta la lluvia.

 www.losjardinesdepuck.blogspot.com

ABR.102. LLUVIA DE CRUCES BLANCAS, de Laura Garrido

Habían practicado el asalto durante meses. Escalarían el escarpado acantilado, sorprenderían al enemigo y junto al abrigo del apoyo aéreo conquistarían ese maldito enclave.
Las torrenciales lluvias malograron la hora decisiva del combate. A  dieciocho kilómetros de la costa, en una nave de guerra confundida en la penumbra de la noche, se agolpaban en cubierta doscientos soldados camuflados, con sus mochilas llenas de desasosiego. El ataque se hacía inminente, el viento rugía y las olas del miedo batían incansables. Jonhatan se frotaba los nudillos con fuerza, temiendo el momento de su escalada. Con sus reumáticas manos dibujó el acantilado en la última carta que escribió a su madre : “Estamos bien. El momento ha llegado y sólo rezo para que no llueva. Hazlo tú también mamá, ya sabes que la artrosis debilita mis articulaciones y en mojado todo es más complicado. La pared es muy vertical. Debo llegar arriba. Treinta metros. Te quiero.”  A las 5:30 de la madrugada, Jonahtan, de diecinueve años, se aferró a la cuerda que perpetuaría  sus apellidos en una cruz blanca junto a  miles de muertos. Aquel día fue su primer combate, todo ocurrió como estaba previsto, ni siquiera llovió.

http://demispalabrasylasvuestras.blogspot.com.es

ABR.101. AGUA SABOR CHOCOLATE, de Verónica Santamaría

Y ahí estaba, enmarañada entre las malas hierbas de la acequia desbordada. El agua cubría ya medio pie de mis katiuskas, así que la cogí rápido y me metí  a casa a resguardarme de esa fuerte tormenta.
Lo dejé sobre el cuenco del taquillón y me senté en el sofá, tapándome con la manta hasta las orejas hasta que Nala saltó sobre mí, sedienta de caricias.
Con los ronroneos me quedé dormida, sumida en un profundo sueño…
-Sí, de chocolate, gracias.
Estaba saboreando un delicioso helado mientras contemplaba la primera del Sardinero sentada en el reborde de la nívea farola, hasta que un fuerte golpe en la puerta me despertó sobresaltada.
Miré por el cristal pero no ví a nadie, y al abrir me encontré a un pequeño de no más de 9 años enfundado en un ceñido chubasquero naranja.
Y entonces dilucidé: fuí a buscar la pelota y se la devolví.

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