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Eran las cuatro de la mañana. Una fría brisa corrió por el fino cuello de Ágata, que de repente se levantó a causa de ella. A pesar de todo, sus párpados no se abrieron del todo pues la pesadez de la noche lograba que así no fuese. La pequeña tuvo ganas de ir al lavabo y se dirigió en un estado semi drogado hacia la puerta. Lo que no esperaba es que al traspasarla se encontraría en un insólito bosque que lo abarcaba todo. Ágata anduvo torpemente mirando hacia un lado y otro, observando como los conejos salían de sus madrigueras, atendiendo al calmoso sonido del río…Pero, poco a poco, mientras se iba adentrando más y más, notó en falta a la gente, en especial a sus padres. Con un sentimiento de congoja, corrió por el brumoso bosque hasta que al final se encontró con una hermosa ninfa de pelo rubio. Esta última le dijo suavemente “¿Qué haces aquí, Ágata? ¡Despierta…! ”
Al final Ágata fue al lavabo sin problemas con ayuda de su madre, que estaba allí para guiarla. Instantes después ya se había dormido, olvidando por completo aquel lugar.
De niña, el bosque me daba miedo. Procuraba evitarlo, y cuando no me era posible recorría el sendero deprisa, con la vista clavada en el suelo, ajena a cualquier sonido que no fuera el de mi propia respiración. Al fin y al cabo, eso era lo que se esperaba de mí. “No te pares, no te distraigas, no hables con extraños”, me decían. La vida parecía llena de peligros, y el bosque una representación de todos ellos.
Pero todo cambió aquel día en que alcé la mirada, sorprendida por el canto de un pájaro desconocido. Descubrí entonces que el crujido de una rama podía anunciar la presencia de una ardilla, y no una amenaza. Que era el viento el que hacía temblar las hojas en las copas de los árboles, y no el temor. Que la llegada de las nubes no tenía más consecuencia que la lluvia, y que esta no iba a dañarme, sino a llenar de vida cuanto me rodeaba. Que, al explorar otros nuevos, estaba trazando mi propio sendero. Todo lo que soy, todo lo que he sido se lo debo a ese día. El día en que olvidé ponerme aquella estúpida caperuza roja.
Mis centenarios árboles hablan de tu crueldad. Mis cristalinos ríos se enturbian con tu suciedad. Polución, tala, incendios… ¿hasta dónde llega tu locura? Dime hombre, dime, ¿Por qué quieres matarme? ¿Qué te hicieron todas mis criaturas que las cazas y enjaulas? ¿Y tú eres el rey de la creación? ¿Es que no sabes que atacarme a mí es atacarte a ti mismo? ¿Qué harás cuando me seque, cuando ya no puedas respirar? Dime, ¿Tu tecnología te permitirá producir agua, oxígeno? ¿Podrás hacer magia como mis duendes?
Te lo advierto hombre, te queda poco tiempo. Aprende de mí, del constante fluir del rio, de la fortaleza de mis árboles, de la previsora ardilla, de la comunidad de hormigas… tienes tanto que aprender… eres una oruga, no te quedes en capullo, yo que se que puedes ser una bella mariposa. Sal de la crisálida…
La puerta de la Sala de Espera se abrió. “Álvarez” y un anciano con paso cansino se dirigió donde estaba la enfermera.
La Sala de Espera estaba repleta de personas de edad muy avanzada, salvo un joven bien vestido que destacaba en aquel lugar. La señora de su lado le preguntó directamente qué le pasaba. Era vieja y no tenía tiempo ni vergüenza que perder. El joven respondió que era Visitador Médico. La señora sin contemplaciones murmuró, otro vendedor de matarratas y siguió con sus quejas y dolores.
El joven se puso en pie y con una voz suave que hacía que todos se callasen para escucharle, les habló:
Vengo de un bosque de hadas en el que hay una fontana llena de vida y esperanza. Quería ofrecérsela al doctor pero pienso que ustedes la necesitan más que él. No tienen obligación de tomarla. Si quieren acérquense y beban. Y uno a uno se iban acercando en silencio e iban saliendo más erguidos, más rectos, menos encorvados, con una sonrisa de felicidad, tirando en la puerta antes de irse las muletas, bastones y sillas de ruedas. Cruzaron la puerta y corrieron con todas las fuerzas de sus veinte años…
Por precaución había dejado transcurrir un mes desde la última pieza cazada. La gente ya empezaba a decir que era mucha casualidad dos chiquillos desaparecidos tan seguidos. Pero ahora estaba allí, esperando entre la oscura madera del bosque. Siendo algo más. Porque en los bosques había cosas y él era una de aquellas cosas. Era el hombre que espera. El coco, el hombre del saco.
Era el lobo del cuento y el bosque, sobre su hombro, susurraba. La noche había caído casi por completo. La niña se acercaba, ajena a todo lo malo. Podía escuchar sus pasos muy cerca, sobre el camino, correteando y deteniéndose súbitamente, agachándose para coger algo. Podía notar su olor a chicle y el corazón comenzó a golpearle cada vez más fuerte. Podía verla. Oírla. Su respiración de conejo confiado. Una sombra entre las sombras. Tan solo una silueta inocente entre lo oscuro de los árboles. Era Caperucita en el Bosque y yo era el Lobo…
Giré en redondo con brusquedad y me adentré en la espesura del bosque con la rapidez que mi dañado cuerpo me permitió, zigzagueé entre los árboles sabiendo que cada segundo ganado era un instante más de libertad mientras en mi cabeza se agolpaban las imágenes que anhelaba borrar para siempre. Con cada huella impresa en la tierra dejaba un rastro rojizo que se diluía lentamente intentando camuflarse entre los colores del bosque y que sin embargo me delataba ante mi cada vez más veloz perseguidor ya acostumbrado a desplazarse entre el follaje… El disparo retumbó en mis oídos a la vez que un agudo dolor se apoderaba de mí. Esta vez había acertado de lleno, mi maltrecho cuerpo cayó al suelo y mis ojos empezaron a cerrarse, justo en ese momento vi la cara del cazador que unos minutos antes había acabado con la vida de mi madre. Este fue el verdadero final de la historia, aunque a los niños no les cuenten lo que realmente le pasó al cervatillo…
No me importa que se tiendan encima de mí, ni que las lagartijas vengan aquí a tomar el sol o que las hormigas me rasquen la espalda. Soporto el calor, el frío, el viento, la lluvia, la nieve o el hielo. Hasta los terremotos resisto. Soy inquebrantable y nunca me quejo por nada. Me encanta la vida que llevo, siempre en el bosque y por la noche contemplando como adquieren vida seres que los humanos no creen que existan. Veo a las hadas danzar, a los faunos enfadarlas haciendo cabriolas, a los gnomos con sus sempiternas riñas, a las ninfas siempre tan bellas, a las náyades que asoman de los pequeños riachuelos y del lago, a las oceánidas que vienen a visitar a sus primas y a las nereidas que dejan el mar mediterráneo para acudir a la fiesta en época de mareas bajas. No permutaría un solo átomo de mi cuerpo por tener otra vida distinta o por durar otros tiempos de los que vivo o por sentir diferente. Solo una cosa me disgusta, solo una desde la Prehistoria y es la CANTIDAD DE BASURA QUE DEJAN LOS HUMANOS!!! Por esto sí, por esto cambiaría, cambiaría y aplastaría…
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