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El árbol habló con voz potente. Venía el hombre a invadir el bosque, a llevarse la madera, a dejar sin casa a los animales. Era justo que ante el enemigo, se prepararan para lo peor. Convocaron al viento y a las nubes. Prepararon trampas con disimulo. Aguardaron al acecho por si había que hacerle retroceder. El hombre llevaba una mochila en la espalda. Caminaba con cuidado, se paraba a olisquear el aire. Hizo algo más. Se abrazaba a los troncos y éstos, sobresaltados rugían de gusto. Intercambiaron sus energías durante mucho rato. El hombre lloró, porque sabía que en pocas semanas llegarían las máquinas para derribarlo todo. Esa madera se iba a convertir en unos pocos euros para los políticos. El árbol lo supo porque leía dentro de los corazones puros. Preguntó si había escapatoria y el hombre negó con la cabeza; a no ser que sacaran las raíces del suelo y cruzaran las fronteras en busca de una vida mejor.
Roberto era un escritor novel, iba caminando por el frondoso bosque ensimismado en sus pensamientos, la inspiración le había abandonado y trataba de recuperarla en aquel paraje .
Llegó hasta un claro del bosque, una preciosa pradera llena de flores silvestres sentándose debajo de un árbol para disfrutar un rato de aquellas maravillas .
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando de pronto delante de él se presentó un hada del bosque, era pequeñita, toda ella lila, su vestido, sus alas, su pelo…
En sus manos traía algo se fue acercando a él muy despacito y comenzó a hablarle:
-Mira , esto es una pluma mágica , es la pluma de las hadas del bosque , nos la regaló un mago, esta hecha con las ramas del árbol mas antiguo y sabio del bosque, muy pocas personas poseen una porque muy pocas lo merecen, pero todo buen escritor que se precie debería tenerla y solo sirve si su dueño realmente tiene imaginación, amor y un corazón limpio.
– Gra….gracias
llego a balbucear Roberto sin terminar de creérselo aún, recogiendo de las minúsculas manos una extravagante pluma verde con adornos dorados.
Volvió a casa, su musa estaba con él.
Según cuentan las leyendas escritas incluso antes de que viviera el Rey Arturo, y tal y como está escrito en todos los libros de hechizos y conjuros, las hadas que fabrican los sueños viven en los bosques.
Encontrarlas es muy sencillo. Sus casas se esconden tras la séptima piedra con forma de caracola, contando a partir del centro exacto del bosque. Y los talleres de sueños, absolutamente todos, están ocultos en la hoja más pequeña de cada roble, entre sus ramas más bajas.
Las hadas de los sueños se diferencian del resto de hadas en que no tienen alas. Sus cabellos son, sin excepción, del color de la noche. Y, si se fijan bien, verán que sus ojos tienen forma de estrella.
Aunque no lo crean, las hadas comienzan a fabricar los sueños cuando el sol se encuentra en su punto más alto. Recogen todos los ingredientes básicos: deseos, pensamientos, supersticiones, amores, anhelos, rayos del sol y pétalos de flores. Solo cuando la luna es la única luz del atardecer, las pócimas de los sueños están listas. Entonces, desde el caldero bajo la hoja de roble sale el humo que llena nuestras almohadas de los sueños que solo las hadas y nosotros conocemos.
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