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Ese día, un día húmedo y maravillosamente perfumado, a causa de la brisa y proximidad del mar, amanecieron corriendo uno detrás del otro.
Por la enorme carretera gris que magullaba poco a poco sus desnudos pies, parecían cantos planos saltando en un río, tras haber sido lanzados hábilmente por un niño.
La noche anterior la pasaron salivando, jadeando a escasos veinte metros el uno del otro, acurrucados entre la espesura de los bosques del norte, a la espera de un encuentro fortuito, que les arrastrarse a la más noble de las persecuciones, y a su correspondida evasión.
-Es maravilloso ser amado, pero saber que he sido amado por ti, dios de los vulpinos, me hace sentir el ser más afortunado de toda la tierra.
Dijo tristemente la liebre, mientras miraba en la carretera el cuerpo recién atropellado del zorro.
-Ahora, las primeras luces del alba sólo traerán mi sombra.
El plan no me gustaba. Fin de semana con mis padres y sus amigos en una casa rural. Íbamos a la Reserva de Caza del Saja.
El domingo nos levantamos temprano. Paramos a desayunar. Los cazadores de agruparon en dos coches y no esperaron. Yo me quedé con las mujeres. Como no me había traído nada para leer, no les pareció mal que me fuera sola a dar un paseo.
Las casas se fueron distanciando hasta desaparecer. El asfalto se convirtió en camino de tierra. Al poco dejó de haber sitio para los prados. El bosque se espesaba. Era de hayas, acebos y abedules. Al salir de una curva quedé inmóvil. A pocos metros había un cervatillo, también quieto, que me miraba con ojos brillantes como caramelos de café con leche. Cuando se dio la vuelta yo también lo hice. No podía esperar un premio mejor.
Regresaron tarde a comer. No habían cobrado ninguna pieza. Yo me alegré. A nadie quise contar lo que había vivido. Era mi venganza.
Antes de acostar -como en el soneto de Lope- conté las palabras escritas, mientras imaginaba la voz del profesor: \»Itziar, sal a leer tu relato\».
Hoy amaneció despejado. Decidí ir al Centro de Datos. Me puse la máscara y cogí el primer transportador de la mañana. Dentro, busqué con la mirada aquellos pasquines pegados al metal con palabras y dibujos. Nada. Ya no había tiempo, enseguida llegabas a cualquier sitio. Cuando salí, estaban fumigando la vía. Me dieron el traje y avancé, algo pesado, hasta mi destino. En el Centro, el androide me dio la tarjeta sin que yo se la pidiera. Guardaba en su memoria mis anteriores visitas. Entré en la cabina. Al momento se llenó del sonido de la alondra, del petirrojo, del crujido de las hojas bajo el paso de las jinetas, las ardillas, el gato montés, la liebre… Y entró, como empujado por la brisa primaveral, el olor de la resina, de las setas, de las jaras… Mientras perdía la mirada en las copas de los pinos, de los sauces y de los olmos, el manantial dejó escapar su hilo de agua. Saqué la lengua, pero no sacié mi sed. Sed de bosque perdido, sed de otro mundo que ya nunca será. Me limpié las lágrimas antes de salir. Prohibido llorar.
Los árboles, la hierba, la tierra y hasta el cielo son de color verde, con matices diferentes. Por entre las montañas de un verde negruzco un riachuelo de un verde manzana culebrea con reflejos plateados. El cielo es de color turquesa, y los árboles lucen todos los verdes posibles.
Algo se mueve entre la fronda, pero con tanto follaje no distingo bien si se trata de un animal o simplemente es la brisa que hace mover la hierba de un rabioso verde esmeralda. De pronto, y ante la sospecha de encontrarme con un gigantesco lagarto verde, un dragón de Comodo o algún otro monstruo, un escalofrío me recorre la espalda. siento frío en mi piel pegajosa por el miedo. Unos rayos entre amarillo limón y verde desvaído se abren entre los celajes de unas nubes. Mi terror también es verde y viscoso, como un sapo.
Y allí está. El Hombre Verde, el gigante verde y terrorífico. Se acerca, se acerca. Sus pasos hacen temblar la jungla y yo, dando un respingo, me despierto sobre la mesa del ordenador.
Sobre la pantalla, se extiende un paisaje verde. Sobre la mesa una lata de guisantes que espera ser abierta.
Estoy acostumbrada a la soledad. Por eso vivo en el bosque. Ella es mi amiga, confidente, hermana y maestra, aunque algunas veces se convierta en la peor madrastra, como aquel día en que se puso tan pesada que necesitaba quitármela de encima aunque fuera por unas horas. Así que descolgué el teléfono y empecé a llamar a mis amigos.
¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Era quizás una conspiración de silencio contra mí?
Cuando llegó la noche a la soledad la acompañó el silencio y al silencio la oscuridad. Se fue la luz y un compañero más apareció en escena: el terror.
Allí, en aquella cabaña del bosque rodeada de pinos donde sólo llegaban los pájaros, nada se oía, sólo un silencio oneroso, ni siquiera el rumor del viento.
Poco a poco empecé a oír como una música muy tenue, como un canto que paulatinamente iba subiendo de volumen .Un coro de voces en la noche, maravilloso, sí, pero al mismo tiempo terrorífico. Salí de la cabaña dispuesta a enfrentarme con lo que fuera y me quedé estupefacta: un grupo de unas cien personas cantaba una bellísima canción…y entonces comprendí por qué no me habían contestado mis amigos.
Eran ellos. Todos.
El cielo se va tornando azul oscuro, verde, violeta y, cuando está a punto de volverse negro, comienza a volverse anaranjado. El bosque crepita. Ahora son más perros los que ladran. El ganado muge. Algo ocurre en el pueblo. El hombre acelera el paso. Huele a humo. Ahora lo ve !El poblado arde! Corre, corre con desesperación !Su familia!
La aldea es una bola de fuego. Gente y animales que huyen. Gritos de terror. El rojo de las llamas resalta sobre el cielo del anochecer. Su casa carbonizada. Su familia ¿Dónde está su familia? De las entrañas del hombre sale un grito que hace temblar el bosque, el grito de un león herido.
Las piñas, pequeñas granadas de mano salen despedidas y hacen extender el fuego más allá de los límites del bosque. La gente corre por entre las rocas que conducen al río, el río que los salva de las mordeduras del fuego. Están vivos, sumergidos en el agua casi helada, tiritando de frío, pero dando gracias a los dioses de las aguas.
Se ha perdido todo: cosechas, viviendas, algunos animales, no todos, pues ellos también chapotean en el río.
Pero la vida renace gracias al río benefactor.
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