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¡Jamás aprendí a volar! Perdida en un bosque de ilusiones me ahogo en mil lágrimas saladas. Confundida en la soledad de un día sin luz remiendo los descosidos de mi alma rota. Tu ausencia ha dejado mudo al corazón y no puedo creer que volverás. Estoy atrapada en un laberinto de dudas y soy incapaz de hallar la salida. El viento me trae tu recuerdo y aquel tronco de árbol que marcamos con un beso robado de tus labios me devuelve al mundo real ¡ya no estás! Palabras derramadas sobre un manantial de sueños se hunden y tocan fondo. Tus alas volaron como las del colibrí hacia tierra de fuego y yo no pude seguir tu vuelo. Intenté elevarme contigo pero caí y mis manos tocaron tierra firme. Tuve miedo a volar de nuevo, a reunirme contigo en ninguna parte y así te perdí. Ahora me pierdo en un bosque de ilusiones y me ahogo bajo una tormenta de lágrimas de sal. El viento me trae tu recuerdo y se lleva consigo los trocitos k no pude coser de mi alma rota.
Había leído los suficientes libros como para saber que el amanecer es anaranjado y que desdibuja haces de fotones produciendo la más placentera de las sonrisas. Había conocido en aquellos libros que cuando el día acecha, se comienzan a esparcir sombras por bosques plagados de vegetación y de fauna. Sabía, pero no por cuenta propia, que cuando llegaba la noche, aquel lugar cálido y cercano se convertía en una zona sombría y quizás para muchos tenebrosa, o para otros pocos en un lugar mágico, en el que la fantasía hacía sus estragos sobre la realidad. Había escuchado hablar de un claro de luna que se reflejaba sonriente en las pacíficas aguas de un lago que albergaba el más misterioso de los páramos, un lugar en el que los lamentos iban a parar como lamentos de las almas descarriadas, el lago de lágrimas de plata. Suspirando terminó la última página de aquel libro y repasando con las yemas de sus dedos la última línea, suspiró y cerró la tapa. Entre lamentos dos lágrimas aterrizaron en el lago y perdiéndose entre las sábanas, una vez más deseó que aunque fuese solo por un instante la ceguera no le acompañase.
La senda se estrechaba y, de repente aparecia un hermoso bosque de sauces llorones, que rodeaban un pequeño lago de aguas cristalinas, en el que se reflejaban sus largas ramas , que caían como lagrimas sobre aquel espejo tranquilo. En aquella laguna que permanecia quieta como un plato brillante donde se reflejaba la luna llena, la muchacha se miró en las aguas y en ellas vio la nostalgia del amor perdido. Se había refugiado alli buscando un lugar tranquilo donde llorar a su enamorado. Este, la había abandonado aquella tarde, al quedar atrapado en los brazos de otra mujer más madura, enredado en sus tiernas palabras.
San Chico Mendes no es un chico. El abuelo dice que es inmortal. El abuelo es viejo, no controla bien esto de los años. Yo sí soy chico. Todos los días, el abuelo y yo, caminamos unos kilómetros para llegar a nuestra jungla llena de encinas y matorrales. El abuelo lo llama bosque mediterráneo. Yo quiero al abuelo, y lo que él dice siempre es verdad. Dice que a Chico Mendes lo mataron por defender su bosque; un bosque que era selva. Todos los amaneceres Chico, desde que era tan chico como yo, extraía látex de las heveas, unos árboles que se dan en el bosque de Brasil, y con él hacía caucho. El abuelo dice, y ya os he dicho que nunca miente, que lo mataron unos hombres malos que querían cortar las heveas de su bosque. Y, bueno, que los árboles no se deben cortar lo sabe todo el mundo, los chicos y los grandes. Por eso para nosotros Chico Mendes es nuestro patrón. El vela desde un cielo muy verde por nuestras encinas, nuestros álamos, y hasta por nuestros cipreses que son unas agujas verdes y altas que al abuelo, no sé porqué, no le gustan mucho.
Simplemente abrí los ojos y no vi nada… Recorriendo las calles sin rumbo alguno, como si de un títere se tratase, un hilo invisible me arrastró lentamente hasta un prado oculto de ese bosque misterioso. Resulta curioso darse cuenta de cómo no nos percatamos de las cosas. ¿Cuántas veces habría pasado por sus inmediaciones, sin ser consciente de lo que era realmente? Ahora que mi vida se iba deteniendo poco a poco veía las cosas hermosas que me habían rodeado durante tanto tiempo…
Me tumbé en el frondoso pasto, respirando lenta y profundamente, procurando que todos los aromas penetraran e inundaran mis pulmones insuflándoles un poco de vida. Acaricié con manos abiertas la húmeda hierba, deslizándola entre mis dedos… suave… fresca…
Comenzó a llover como si el cielo fuese conocedor de mi tristeza… Lloraba las lágrimas que a mí ya no me quedaban. Una brisa cálida me reconfortaba mientras el canto de los pájaros me hacía evadir, de nuevo, del mundo.
Cuándo ya nada me quedaba, cuando ya nada esperaba, fue cuando me sentí más libre para volar. El bosque me abrazaba con ternura y amor, protegiéndome como una madre protege a su hijo. Estaba en casa…
Dejaron pasar al caminante, casi sin mirarlo, notaban el vaho que soltaban sus jadeos y como resonaban sus pasos en el silencio espectral del bosque. Sus andares eran bruscos y no tenían ningún respeto por la flora del lugar. Según los paseantes, les daba por comportarse de un modo u otro, era una de sus distracciones, tenían pocas, y nadie contaba que cambiaran un poco. Entrelazaban sus ramas entre congéneres haciendo el bosque impenetrable. Este, tardaría en salir.
Siendo niña la habían apodado «Caperucita Roja» por la linda capita encarnada y con capucha que su abuela le había regalado para defenderse del frío. Ocurrío que con ella se sintió tan linda y tan hermosa que núnca más quiso quitársela. Aquella capita llamó la atención de un lobo fiero y astuto un día que atravesaba el bosque y fué su desdicha. El lobo la sonsacó hacía dónde se dirigía y, entreteniéndola y engañándola, consiguó llegar primero al destino de la niña,la casa de la abuelita,zamparse a ésta y a la ingenua nieta.Pese a la experiencia nefanda de la niñez «Caperuza», como todos la llamaban ahora, consiguó sobrevivir gracias a un leñador que por allí pasaba y continuó utilizando capa con capucha.Esta vez eligió color y destinos nuevos:el marrón dentro del monasterio de las clarisas.
La soledad inevitable le da la mano, desde el alba hasta la noche, desde la risa alegre hasta la sombra de nube oscura que amenaza un chaparrón de cenizas. No quiere jugar con ella al escondite absurdo de negar que está adosada al corazón de cada hombre. Ella la auspicia a pasear al ritmo y por el paisaje que el bosque y sus piernas le sugieren.
Cada paseo por el bosque, en ese invierno de su vida, es una aventura que se instala en la mirilla de su corazón de loba. La umbría y los olores desatados se convierten, para ella, en páramo de inspiración, sabor a sueño y asombro íntimo.
A su regreso a casa lleva las botas embarradas, las manos sucias y la mirada ahíta de susurros de la madre tierra.
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