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Desde tiempos inmemoriales, el río dividía el bosque y separaba dos pueblos. También separaba a Sara de un joven llamado Omar. El río era bravo. Nadie antes lo atravesó, así que Sara se resignaba contemplando a lo lejos a su amado Omar. Ni siquiera podía comunicarse con él, ya que el aislamiento extrañó las lenguas.
Un viejo del lugar consoló a la joven: “Ten paciencia. Una antigua leyenda dice que un amor verdadero unirá los dos lados del bosque”.
También el joven Omar se desesperaba. Él amaba a Sara, al igual que amaba al bosque y a su río. “Vosotros calmáis el hambre y la sed de mi pueblo, pero no podéis calmar el ardor de mi corazón”. Un día Omar tuvo una idea. Talló en una tabla su nombre y todos los caracteres de la lengua de su pueblo. Luego la lanzó al río. Sara rescató la tabla y procedió de igual manera. Los jóvenes entregaron las tablas a los sabios de sus respectivos pueblos. Cuando los sabios las estudiaron y llegaron a un conocimiento de las lenguas, los habitantes de ambos lados pudieron construir un puente de madera.
Los primeros en cruzar fueron Omar y Sara.
El cangrejo, rápidamente cruzó el agua para defenderlas. Desigual batalla donde el cangrejo murió en su intento. Pero quienes lo molestaban un rato antes con su alborozo, salvaron su vida.
Cerré dando un portazo, quería que desde la planta de abajo mi madre no dudase de la inmensidad de mi enojo. Aún nervioso, sintiéndome acorralado entre las cuatro paredes del cuarto, opté por tumbarme sobre el blanco edredón nórdico, sin descalzarme a propósito, deseando que mi madre entrase y se enfadase conmigo por manchar el cobertor con los zapatos. Cerré los ojos y con la mente retrocedí a esta misma mañana, cuando tras desayunar con rapidez me escabullí hacia el bosque, mi paraíso, ese en el que por una vez me perdí y lejos de asustarme me sedujo de tal manera que los caminos de tierra cubiertos de ramas rotas y crujientes hojas, custodiados por robustos y altivos árboles, me incitaron a adentrarme cada vez más en la espesura. Al encontrarme, mi madre me abrazó y cubrió de besos mi rostro creyéndome asustado, aunque la asustada era ella. Yo me eché a llorar al verme alejado de mi edén particular. Me prohibió volver solo al bosque. Dijo que
era peligroso. Yo no entiendo qué puede haber de comprometido en la inmensidad del bosque, donde no existen el ruido ni los humos de los coches, donde todo es paz y tranquilidad…
El río estaba seco antes ya de empezar el verano; en primavera no había llovido prácticamente nada. El bar estaba lleno antes incluso de empezar la mañana, los hombres tenían prisa por abandonar sus casas. El bosque estaba solo desde antes de que el río se secara y continuaba estándolo cuando los hombres abandonaban el bar. Solamente un niño, disfrazado de niño, iba todos los días con una botellita de plástico llena de agua para verterla a los pies de un pequeño pino, que sobrevivió aquel verano gracias a eso.
¬Cuando sea mayor, te regalaré mi sombra -le prometió el pino.
Esa tarde, al llegar a casa, el niño escondió el hacha de su padre.
Se adentró en el bosque cercano a la casa de sus padres sin permiso. Corrió sin pensarlo atraída por el inquieto ladrido del perro, que salió por la cancela como cuando veía un gato. Eran contadas las veces en las que se veía enfurecido al san bernardo.
La niña corrió tras él sin pensar que papá o mamá podían reñirle por no avisarles, como cada vez que quería jugar fuera. Corría, pero se iba haciendo más difícil perseguir al animal. La espesura del bosque iba poniéndole más obstáculos en forma de gruesas raíces de árbol a cada paso que se adentraba.
Cuando le alcanzó el perro estaba en un claro del bosque que no había visto antes. La gran charca que lo presidía parecía un espejo en el que se reflejaban todas las nubes del cielo. El san bernardo parecía hacer frente a alguien pero no había nadie. Corrió con él pero al llegar, ella también pareció percibir la presencia y subió a un viejo tronco para intentar escuchar mejor. El perro, atemorizado ahora, gemía. Se escuchó un golpe seco al caer al suelo. El perro ahora sí, ignoró la presencia extraña e invisible y correr a pedir ayuda.
Cuando me perdí tenía diez años. Nadie creyó mi historia al encontrarme sano y salvo al día siguiente y contarles que había dormido en casa de Fergui y Rune, dentro de un roble.
Duendes, gnomos… fantasías de chiquillo, dijeron todos.
Continué yendo con mi padre a buscar setas todos los otoños al mismo lugar, pero jamás volví a ver a mis amigos. Con el tiempo, crecí y abandoné el pueblo, aunque en verano o navidad, cuando visitaba a mis padres, siempre iba a perderme entre los robles. El mes pasado regresé para siempre: faltaron mis padres, en un mes los dos. Y ayer fui al bosque; buscando a Rune y a su marido Fergui. Cuando llegué al roble que fue su casa, solo hallé un tocón con el aspecto de haber sido cortado hace tiempo. Desconsolado, me senté en él sin ganas de hacer nada. Quería perderme para siempre, volver a tener diez años…
Quizá tenían razón y todo fue una fantasía de niño, estaba pensando cuando escuché golpear (toc, toc) bajo mis posaderas. Me levanté sobresaltado para ver a Fergui saliendo del tronco cortado y decirme:
-¿Por qué no entras a nuestra casa? Está empezando a caer la noche…
El veintisiete de octubre mis botas se impregnaban a cada paso de más y más barro mientras las espesas hojas me impedían ver más allá de mis narices. Llevaba dos horas perdido en aquel bosque desconocido. Desistí. Decidí rendirme. Me senté en una roca y por primera desde la muerte de mi padre, lloré. Lloré por sentirme huérfano, por Lola que tanto me había sabido querer y a la que había dejado escapar, por mi amigo Mario y la distancia que ahora había entre nosotros y por el peso de los 46 años que se me antojaba imposible de transportar en el camino de mi vida.
Y de pronto, la voz de un diminuto duendecillo pálido y compasivo me dijo “Vamos arriba, arriba una vez más”.
Qué extraño, pensé, si yo jamás he creído en duendes…
Mi origen fue una gran masa de agua. Cuando nací ya tenía millones de hermanas.
‘Hermana Mayor’ nos contaba misteriosas historias sobre nuestro destino.
– “Pronto viajaremos”. – Aseguraba nuestra ‘Hermana Mayor’
– “¿Dónde iremos?”. – Preguntábamos ansiosas.
– “Nunca lo sabemos”. Sonreía mientras nos estrujaba. “No tengáis miedo. Casi siempre somos bien recibidas. “ .
– “Ha llegado la hora “. – Gritó ‘Hermana Mayor’.
Nuestro recorrido duró unos días. Fuimos rápido, nuestro primo ‘Viento’ nos ayudaba. Contemplamos mares grises, playas devoradas, extrañas formaciones en el cielo recortadas…
– “Es aquí.” – Tronó su voz. “Preparad la formación.”
La formación ordenada de mayor a menor empezó a saltar. Nosotras, las ‘peques’, nerviosas y charlatanas nos afanábamos por ver el sitio mientras esperábamos nuestro turno. Todavía era de noche y no se vislumbraba casi nada.
Con un apretón cariñoso me despidió ‘Hermana Mayor’.
– “Disfruta. Es el bosque”, me dijo empujándome con determinación.
Empecé a caer lentamente mientras el sol empezó a asomar detrás de las montañas.
– “¡ Ooooh! – Mi boca chilló.
El paisaje era turbador. Mis hermanas habían dejado todo resplandeciente. Árboles naranjas, botones multicolores, verde terciopelo, cadenas plateadas… Miles de arcoíris aparecían con nuestro roce.
¡¡¡ Splash !!!
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