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Cuando cansados de caminar, y la noche empezaba a presentarnos sus respetos, después de admirar el paisaje del lugar, regresábamos a la casita, era entonces cuando nos tumbábamos sobre la yerba donde ahora tocaba observar ese cielo limpio donde una luna le prestaba su claridad, donde podíamos mirar las miles de estrellas que lucían de una manera espectacular, y era entonces cuando descubríamos una belleza incomparable, donde el silencio y el murmullo del río eran los principales protagonistas aunque a veces, algún que otro búho se saltara las reglas.
La casita estaba situada en un entorno natural privilegiado, entre montañas y bosque, delante un pequeño río se podía observar desde las ventanas y hasta escuchar su canto, que a veces transmitía una melodía alegre, vivaracha, risueña, y otras, su canto se tornaba triste, apagado, como apesadumbrado por algo; ese río tenía alma y poseía el don de trasmitir sus emociones. Era un sitio ideal, parecía que estabas en otro mundo, allí todo podía suceder, la magia se podía palpar en el ambiente. Y nosotros estábamos dispuestos a no perdernos ni un segundo de ese encantamiento.
El árbol habló con voz potente. Venía el hombre a invadir el bosque, a llevarse la madera, a dejar sin casa a los animales. Era justo que ante el enemigo, se prepararan para lo peor. Convocaron al viento y a las nubes. Prepararon trampas con disimulo. Aguardaron al acecho por si había que hacerle retroceder. El hombre llevaba una mochila en la espalda. Caminaba con cuidado, se paraba a olisquear el aire. Hizo algo más. Se abrazaba a los troncos y éstos, sobresaltados rugían de gusto. Intercambiaron sus energías durante mucho rato. El hombre lloró, porque sabía que en pocas semanas llegarían las máquinas para derribarlo todo. Esa madera se iba a convertir en unos pocos euros para los políticos. El árbol lo supo porque leía dentro de los corazones puros. Preguntó si había escapatoria y el hombre negó con la cabeza; a no ser que sacaran las raíces del suelo y cruzaran las fronteras en busca de una vida mejor.
Roberto era un escritor novel, iba caminando por el frondoso bosque ensimismado en sus pensamientos, la inspiración le había abandonado y trataba de recuperarla en aquel paraje .
Llegó hasta un claro del bosque, una preciosa pradera llena de flores silvestres sentándose debajo de un árbol para disfrutar un rato de aquellas maravillas .
No habían transcurrido ni cinco minutos cuando de pronto delante de él se presentó un hada del bosque, era pequeñita, toda ella lila, su vestido, sus alas, su pelo…
En sus manos traía algo se fue acercando a él muy despacito y comenzó a hablarle:
-Mira , esto es una pluma mágica , es la pluma de las hadas del bosque , nos la regaló un mago, esta hecha con las ramas del árbol mas antiguo y sabio del bosque, muy pocas personas poseen una porque muy pocas lo merecen, pero todo buen escritor que se precie debería tenerla y solo sirve si su dueño realmente tiene imaginación, amor y un corazón limpio.
– Gra….gracias
llego a balbucear Roberto sin terminar de creérselo aún, recogiendo de las minúsculas manos una extravagante pluma verde con adornos dorados.
Volvió a casa, su musa estaba con él.
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