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Esta es la historia de un bosque entre dos ciudades. Antaño este bosque era vasto y hermoso, rebosaba vida, pero las dos ciudades no paraban de crecer y fueron mermándolo, echando los troncos abajo, arrancando las raíces. Cuanto más crecían las ciudades más rápido se consumía el bosque. Los ríos apenas llevaban agua en sus caudales, los pocos árboles que quedaban crecían enclenques y sin hojas (éstas se dejaban arrastrar por el viento). El bosque estaba triste. Las dos avariciosas ciudades, no conformes con diezmarle poco a poco, le habían arrebatado lo más preciado: las estrellas. Habían inundado el cielo nocturno de estridentes luces artificiales, de modo que era imposible contemplar un solo astro en el firmamento. Sin el cielo estrellado, los animales vagaban cabizbajos y las ramas de los árboles se doblaban y partían. Pero una noche el bosque entero se iluminó: la esperanza brotó de las entrañas mismas del bosque, de la tierra estéril y los ríos secos, de las hojas marchitas. Las luciérnagas les habían traído del cielo las estrellas, para deleite de todos los habitantes del bosque. Unos hablaron de “milagro”, otros entendieron que era un mensaje: ‹‹Resistid, que la pena no os venza. Resistid››.
Aquella calurosa mañana de verano salí a pasear y me dirigí al interior del bosque, en busca del frescor del arroyo. Era el segundo día de mi estancia en este pueblo perdido entre las montañas y no podía evitar comparar este paraje con mi ciudad. Iba tan enfrascado en mis divagaciones que no advertí que el sendero se volvía irregular y accidentado. Debí de tropezar con una roca; no recuerdo cómo caí pero me desperté al cabo de un rato en el suelo. Recuerdo, eso sí, que tuve un sueño desasosegante. Vi un futuro en el que no había bosques, ni árboles, ni ríos, ni montañas. Los seres humanos lo habían destruido todo, porque no creían en nada. Todo había sido conquistado por este ejército de nihilistas: donde antes había extensos valles ahora había centros comerciales, donde antes había altas coníferas ahora había escaleras mecánicas, donde antes había hermosos paisajes ahora sólo había pantallas gigantes. Desperté y, sin moverme del suelo, miré los troncos, las piedras, la hierba; se oían los cantos de los pájaros y el suave rumor del arroyo. Pensé en mi ciudad: si había que echar algo realmente de menos era la cordura humana.
He vagado muchos años por los lugares más recónditos de este bosque, de este enigmático laberinto de luces y sombras. He visto senderos trazar caminos ante mis pies, raudos ríos caer desde la montaña en busca de su océano, lluvias hundirse en la tierra fértil. He visto el sol asomarse entre las copas de los árboles e iluminar por un fugaz instante la penumbra de mi bosque. Y he llorado y he caído de rodillas a la tierra mojada. Porque entonces, sólo entonces, he comprendido algo acerca de los caminos que he andado, acerca de la soledad de todas las criaturas aquí extraviadas, que no saben de dónde vienen ni hacia dónde van. He comprendido la majestuosidad de los árboles, que con sus hojas aspiran a tocar el cielo; y la melancolía del horizonte, que suspira con tristeza cuando anochece. Si hay algo valioso en esta vida es esa belleza efímera que desaparecerá para siempre cuando el sol se marchite como hojas de otoño, cuando yo me convierta en lluvia
y duerma bajo el amparo de la tierra húmeda. Cuando yo me vaya, este bosque ya no será nada y, sin embargo, lo será todo. Cuando yo me vaya…
“Hay que afrontarlo de una vez y no asustarse. Estoy perdida”, se repitió a sí misma, en voz alta, para intentar calmarse en medio de ese frondoso bosque donde se había refugiado de los gritos de la hija y del yerno, que discutían por su culpa; vivía con ellos desde que tuvo que enfrentarse al desahucio, y sin ningún sitio donde ir, aceptó el pequeño cuarto que le ofrecieron en su granja, aunque al parecer no había sido buena idea. Cuando huyó de allí, angustiada, se internó de forma imprudente en un bosque cercano, y ahora no sabía cómo regresar.
Buscó entonces una salida y se propuso seguir el sendero que vislumbraba entre la espesura. Incapaz de calcular el tiempo que llevaba caminando le sorprendió un atrayente aroma y se dio cuenta del hambre que tenía. Siguiendo su rastro apareció en un pequeño claro, frente a una casita de cuya chimenea salía un humo espeso y oloroso, y suspiró aliviada por haber encontrado ayuda y posiblemente algo de comida: ¡era capaz de comer cualquier cosa!
En el interior, contemplando cómo se acercaba la mujer, Hansel y Gretel sonrieron cómplices, y empezaron a relamerse.
Detrás de las cordilleras se ocultaba un bosque donde convivían árboles de todo tipo, eran felices menos uno. El viejo árbol quien un otoño perdió sus hojas. A diferencia de los demás, la primavera no le devolvió su verdor. Los más jóvenes se burlaban de su desnudez. Sintiéndose triste imploró a Dios su ayuda. Quien viendo su aflicción, mandó una gran parvada de pavorreales. Las aves trataron de posarse en los árboles jóvenes, pero estos por tener tantas ramas y hojas, no permitían la libertad de movimientos de los recién llegado, por el contrario, arrogantes les maltrataban sus hermosas plumas. Sucedió que viendo al árbol sin hojas, lo encontraron idóneo para descansar sin lastimarse. Las aves batiendo sus alas al aire, se dejaron llegar a él. De un momento a otro éste se vio cubierto por tan elegantes visitantes. Los árboles del bosque al ver tanta dicha sintieron envidia. Desde la distancia se podía ver su gran follaje tornasol. Las aves se sintieron tan cómodas que decidieron quedarse a vivir en él. Desde entonces al ocaso del día, las aves reacomodan las ramas tornasol de formas caprichosas, emitiendo destellos de verdor a la vista de todos los habitantes del bosque.
Gerard Wild solo tenía siete años, pero las circunstancias en las que había vivido le habían hecho madurar demasiado pronto. Ese día tenía muy claro lo que debía hacer. Abrió la puerta de su casa y se marchó hacia el bosque. Sus pequeñas piernas nunca habían corrido tan deprisa. Sin mirar atrás, siguió adentrándose en el entramado de árboles, huyendo de unos padres de los que solo conocía gritos, golpes y amenazas.
Cuando consideró que ya estaba a salvo se paró y, cansado de tanta travesía, se arrodilló para recuperar el aliento. Entonces pudo comprobar la naturaleza en todo su esplendor. Escasos rayos de luz entraban por los huecos que dejaban las hojas de los arboles, pero suficientes para poder ver a los pájaros revolotear por las ramas y a los animales pequeños moverse por las raíces buscando algo de alimento. Ya casi había olvidado por qué estaba allí. Las preocupaciones habían desaparecido.
Allí, arropado por el susurro de las hojas acunadas por el viento, acostado en un manto de hierba, y con un puñado de hojas secas como almohada, se durmió. Por primera vez en su vida, se sentía seguro. Ahora podía ser un niño.
Cuando la clara luna asciende alegre entre las sombras de la oscuridad, la magia latente se nota de verdad, en medio del bosque criaturas maravillosas surgen alegres y bailan sin parar no notas naturales, que la flora les brinda sin condición aparente.
Sabiduría y eterna paciencia guardas en tu corteza, siempre atento junto a tus cercanos compañeros que saben lo mismo que tu. Cambias sin quejarte con las estaciones, das el abrigo y sobrevivencia a muchos tipos de animales, y a nosotros los humanos, aire fresco que respirar. Aunque no todos te damos la importancia que mereces por tu edad y función mundial, hay quien aún te cuida, te venera y adora, o te deja en tu hábitat natural. Reflexiona persona de cualquier edad, que los arboles son importantes para en el mundo mantenernos, se feliz junto a el y no lo tales por todo nuestro bien.
Un suspiro largo resuena con eco infinito, se torna en jadeo mientras una joven reposa unos segundos en un árbol, de loa que despiertan al caer la noche. Su vestuario es distinto, hecho a mano, sus largas piernas, su plano vientre y sus fuertes brazos están desnudos, un chaleco de piel animal cubre las zonas prohibidas por el pecado original.
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