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Es una hoja de plátano caída en el barro. Es un viejo tronco hueco para jugar al escondite. Es la Procesionaria de los pinos. Es un abeto que se adorna con luces de colores por Navidad. Es un par de palmeras junto a mi escuela, con cuyas palmas barremos el suelo. Es un acebo con bolitas rojas. Es un manzano caído que usamos de asiento en verano. Es un chopo junto al río, que da sombra cuando vamos a la hierba. Es un tejo bajo el que esperamos el autobús. Es un nogal al que trepamos. Es un “ocalital” que desde casa se oye si sopla el sur. Es un avellano tras el cual se entra a la fuente…
…son los árboles de mi niñez.
Tenía la cabeza y el cuerpo pequeños, comía poco y andaba a saltitos. Por eso, y porque se distraía en la clase de Matemáticas, siguiendo el vuelo de los pájaros a través de la ventana, lo apodaban “gorrión”. En todas las familias hay un vago y en ésta eres tú, dijo su madre cuando lo expulsaron del colegio. Lo dejó por imposible. Y él se internaba todos las mañanas en el bosque cercano. Volvía a casa con la caída de la tarde, para comer algo y dormir. Cuando fue mayor, se ofreció a José “el rata” como espantapájaros por un cuenco de arroz y un jergón en el cobertizo. Pasaba los días en mitad del sembrado, cubierto de pájaros que comían de sus manos, cada día más ave y menos humano. Un atardecer de primavera, dejó de hablar, movió los brazos y desapareció en el cielo junto a una bandada de vencejos.
…¡Uhmm! Ya casi es la hora. Creí que nunca llegaría el momento, pero ahora ya veo la luz. Tras varios meses de espera, la salida está al alcance de la mano. Ahora, la tierra que me ha rodeado todo este tiempo, ya no me parece tan negra y tan fría. Es más, ya no me siento tan solo como al principio, cuando mi madre adoptiva, Ardilla, lanzó un fruto de su agujero, desde la copa de mi padre. En unos días brotaré, y tras unos meses, creceré a su sombra, hasta que los gorriones puedan anidar entre mis ramas. La espera habrá merecido la pena, así que ya estoy tranquilo. Pronto seré como mi padre: un castaño…
María corría entre los árboles. Ya casi oscurecía y no podía dejar de buscarlo. ¿Cómo era posible que estuviera tan desorientada? ¡Con la de veces que había ido allí a verlo!
Las grúas se ven a varios kilómetros de distancia: una nueva urbanización. Conduzco en la misma dirección cuatro veces al día desde hace ocho años y, por primera vez, siento la necesidad de pisar el terreno. Aparco el coche en una pista forestal al lado del segundo desvío. Empiezo a caminar por el sendero fijándome en las ramas de los árboles y en las piñas caídas en el suelo. Un paso y luego otro me alejan del ruido del tráfico. Por unos momentos, sólo silencio. Luego una rama cruje y se rompe, y a mis oídos llegan a tropel diferentes sonidos que no llegó a identificar. Quizá el canto de un pájaro o el movimiento arrastrado de un reptil. El bosque es poligloto.
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