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Cansado por la caminata, me senté en el suelo, reclinando mi vieja espalda contra el roble más colosal del claro del bosque. Su contacto me resultó similar al abrazo de un viejo amigo largo tiempo olvidado, pues la piel del gigante había sido sutilmente moldeada por los miles de cuerpos humanos que habían realizado aquel mismo gesto a lo largo de los siglos. Alcé la vista y percibí el tronco del roble como un sendero, una escalera que crecía y se ramificaba hacia el cielo, en algún punto hacia el corazón del árbol se encontraba el anillo correspondiente al año en que nací, un poco más cerca de la superficie el del año en que la conocí, durante una lejana noche de San Juan en ese mismo bosque. La corteza sobre la que me apoyaba señalaría en el futuro el año en que ella abandonó éste mundo.
Ayer Herminio subió al bosque, como siempre que dejaba de llover, con sus botas de agua, un chubasquero y una bolsita. Quería coger unos pocos caracoles y volver a casa. Los limpiaría y prepararía como le enseñó su madre y le encantaban a su mujer Sagrario. Pero resbaló en una zona empinada del sendero, de tal modo, que se fue deslizando y paró al toparse con unos arbustos. Se levantó, maltrecho y dolorido, pero al ir a recoger su bolsa se dio cuenta de que del barro asomaba algo. Lo tocó, era metálico, comenzó a escarbar con curiosidad. Por fin logró entender de qué se trataba: una caja fuerte, no muy grande, de las que se tienen en casa. Con el corazón al galope, la desenterró, la metió en la bolsa. ¿Qué contendría? ¿Por qué estaba escondida? Corrió a su casa pensando en cómo la abriría.
Tomé la salida de la autovía en una decisión repentina, fascinado por la mancha rojiza del sol poniente sobre la ladera arbolada. Aparqué el coche en un pueblecito y me adentré en el bosque por un sendero, atento a la luz irreal, mágica, que se filtraba entre las copas de los robles. Descubrí que el horario es un invento urbano cuando la noche me sorprendió sin noción del tiempo. Más allá de las sombras atisbé un brillo amarillento y minúsculo, probablemente el rectángulo de un hueco en un lejano edificio. Me acerqué con la esperanza de que alguien tuviera a bien transportarme hasta el pueblecito. Nada más abrirme la puerta, la dueña de la casa me dijo, como si aguardara mi visita, que uno de los apartamentos estaba libre y preparado. Acepté, ¿cómo no hacerlo, ni dejarse agasajar con una buena cena? Más tarde, a solas en la habitación, probé la cama con esa consciencia recién estrenada de un niño que por primera vez se tumba en una cama como dios manda. En la mesilla había un librito que hojeé, veinte breves relatos en el índice. Escogí uno al azar: «Tomé la salida de la autovía en una decisión repentina…»En el bosque se esconden los más recónditos y mágicos lugares del planeta.
Allí, donde levantas la mirada y la vegetación recorta el cielo, donde la brisa acaricia los eucaliptales, donde la hojarasca chisca ante el trotar de los caballos. Allí donde puedes oir el río. Justo ahí aparece, según dicen, una figura que no es terrenal. Al lugar llegaba Jacinto en busca de sus lecheras. El pequeño tenía temor por lo que se comentaba respecto al bosque. Es una confusión a los sentidos.
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