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Cuando el sol se besa con el horizonte el bosque se torna misterioso, la humedad recela de los helechos y las oquedades de los árboles parecen terribles ojos, el lobo aúlla y la lechuza ve lo invisible. La noche se nos había echado encima, haciendo imposible encontrar el camino de regreso. Te miré asustada, pero ni te vi ni me viste.
Hacía frío allí y nuestros cuerpos temblaban bajo las ligeras ropas de verano como pequeñas hojas otoñales empujadas por el viento, pero ése no era el único motivo. Uno buscaba a tientas la mano del otro para infundirnos seguridad y un poco de calor, mientras lamentábamos no haber aprendido a trepar como enredaderas.
Un ruido sonó a nuestras espaldas y nos separamos. Corrí, tropecé, me arañé, me levanté, lloré y rodé… Debí de perder la consciencia.
Amanecimos en el fondo de un barranco a escasos metros el uno del otro. Me encontraron de madrugada aferrada a un tronco y cubierta de musgo, tierra y hierbas, pero al fin y al cabo… ilesa. Lo poco que quedaba de ti, apretaba con fuerza en su mano un pequeño amuleto que yo solía llevar conmigo y del que siempre te burlabas.
Es una hoja de plátano caída en el barro. Es un viejo tronco hueco para jugar al escondite. Es la Procesionaria de los pinos. Es un abeto que se adorna con luces de colores por Navidad. Es un par de palmeras junto a mi escuela, con cuyas palmas barremos el suelo. Es un acebo con bolitas rojas. Es un manzano caído que usamos de asiento en verano. Es un chopo junto al río, que da sombra cuando vamos a la hierba. Es un tejo bajo el que esperamos el autobús. Es un nogal al que trepamos. Es un “ocalital” que desde casa se oye si sopla el sur. Es un avellano tras el cual se entra a la fuente…
…son los árboles de mi niñez.
Tenía la cabeza y el cuerpo pequeños, comía poco y andaba a saltitos. Por eso, y porque se distraía en la clase de Matemáticas, siguiendo el vuelo de los pájaros a través de la ventana, lo apodaban “gorrión”. En todas las familias hay un vago y en ésta eres tú, dijo su madre cuando lo expulsaron del colegio. Lo dejó por imposible. Y él se internaba todos las mañanas en el bosque cercano. Volvía a casa con la caída de la tarde, para comer algo y dormir. Cuando fue mayor, se ofreció a José “el rata” como espantapájaros por un cuenco de arroz y un jergón en el cobertizo. Pasaba los días en mitad del sembrado, cubierto de pájaros que comían de sus manos, cada día más ave y menos humano. Un atardecer de primavera, dejó de hablar, movió los brazos y desapareció en el cielo junto a una bandada de vencejos.
…¡Uhmm! Ya casi es la hora. Creí que nunca llegaría el momento, pero ahora ya veo la luz. Tras varios meses de espera, la salida está al alcance de la mano. Ahora, la tierra que me ha rodeado todo este tiempo, ya no me parece tan negra y tan fría. Es más, ya no me siento tan solo como al principio, cuando mi madre adoptiva, Ardilla, lanzó un fruto de su agujero, desde la copa de mi padre. En unos días brotaré, y tras unos meses, creceré a su sombra, hasta que los gorriones puedan anidar entre mis ramas. La espera habrá merecido la pena, así que ya estoy tranquilo. Pronto seré como mi padre: un castaño…
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