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Lo que amortiguó la caída fue su abultado traje de plumas y la alfombra con que la estación había cubierto el suelo, así que solo se llevó un buen susto y algunas contusiones. Herido en su orgullo se alejó de allí a pasitos y se adentró en el bosque.
Después de atravesar el bosque solitario, acompañado solamente por el lamento de algún pájaro nocturno, al entrar en la habitación, la oscuridad lo paralizó. A pesar de ello, avanzó unos pasos. De pronto, divisó una figura frente a él, percibiendo una mirada amenazante.
Un hada estaba estatuificada en una cadenita que llevaba Cora. Estaba a la espera de un apuesto príncipe que la liberaría…
Cansado por la caminata, me senté en el suelo, reclinando mi vieja espalda contra el roble más colosal del claro del bosque. Su contacto me resultó similar al abrazo de un viejo amigo largo tiempo olvidado, pues la piel del gigante había sido sutilmente moldeada por los miles de cuerpos humanos que habían realizado aquel mismo gesto a lo largo de los siglos. Alcé la vista y percibí el tronco del roble como un sendero, una escalera que crecía y se ramificaba hacia el cielo, en algún punto hacia el corazón del árbol se encontraba el anillo correspondiente al año en que nací, un poco más cerca de la superficie el del año en que la conocí, durante una lejana noche de San Juan en ese mismo bosque. La corteza sobre la que me apoyaba señalaría en el futuro el año en que ella abandonó éste mundo.
Ayer Herminio subió al bosque, como siempre que dejaba de llover, con sus botas de agua, un chubasquero y una bolsita. Quería coger unos pocos caracoles y volver a casa. Los limpiaría y prepararía como le enseñó su madre y le encantaban a su mujer Sagrario. Pero resbaló en una zona empinada del sendero, de tal modo, que se fue deslizando y paró al toparse con unos arbustos. Se levantó, maltrecho y dolorido, pero al ir a recoger su bolsa se dio cuenta de que del barro asomaba algo. Lo tocó, era metálico, comenzó a escarbar con curiosidad. Por fin logró entender de qué se trataba: una caja fuerte, no muy grande, de las que se tienen en casa. Con el corazón al galope, la desenterró, la metió en la bolsa. ¿Qué contendría? ¿Por qué estaba escondida? Corrió a su casa pensando en cómo la abriría.
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