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Tomé la salida de la autovía en una decisión repentina, fascinado por la mancha rojiza del sol poniente sobre la ladera arbolada. Aparqué el coche en un pueblecito y me adentré en el bosque por un sendero, atento a la luz irreal, mágica, que se filtraba entre las copas de los robles. Descubrí que el horario es un invento urbano cuando la noche me sorprendió sin noción del tiempo. Más allá de las sombras atisbé un brillo amarillento y minúsculo, probablemente el rectángulo de un hueco en un lejano edificio. Me acerqué con la esperanza de que alguien tuviera a bien transportarme hasta el pueblecito. Nada más abrirme la puerta, la dueña de la casa me dijo, como si aguardara mi visita, que uno de los apartamentos estaba libre y preparado. Acepté, ¿cómo no hacerlo, ni dejarse agasajar con una buena cena? Más tarde, a solas en la habitación, probé la cama con esa consciencia recién estrenada de un niño que por primera vez se tumba en una cama como dios manda. En la mesilla había un librito que hojeé, veinte breves relatos en el índice. Escogí uno al azar: «Tomé la salida de la autovía en una decisión repentina…»En el bosque se esconden los más recónditos y mágicos lugares del planeta.
Allí, donde levantas la mirada y la vegetación recorta el cielo, donde la brisa acaricia los eucaliptales, donde la hojarasca chisca ante el trotar de los caballos. Allí donde puedes oir el río. Justo ahí aparece, según dicen, una figura que no es terrenal. Al lugar llegaba Jacinto en busca de sus lecheras. El pequeño tenía temor por lo que se comentaba respecto al bosque. Es una confusión a los sentidos.Las primeras luces del alba empezaban a dibujarse en el cielo cuando Ángel e Isabel aparcaron su coche al final del camino. Caminaron por el sendero que se adentraba en el bosque. Las gotas de rocío iban mojándoles la ropa, el pelo, las manos, la cara. Se acordaban del lugar, habían pasado cuarenta años, pero ninguno de los dos se había olvidado de aquello. Por fin, la encontraron. Junto a un riachuelo que ahora parecía seco, no como entonces, seguía el haya junto a la que se besaron y escribieron A x I, aún se distinguían las iniciales. Un beso prohibido antes de que sus vidas tomaran rumbos diversos. Cada uno con una historia destinada a fracasar. Un reencuentro casual hace cinco años que despertó los recuerdos y avivó las brasas. Se miraron a los ojos y, sin mediar palabra, se besaron de nuevo.
El último otoño debió transcurrir en blanco y negro, pues no recuerdo haber percibido los colores. ¿Te lo imaginas?
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